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| Zoraida Nava, trabajadora social y perita en Guerrero, especializada en acompañamiento en contextos de violencia y decisiones institucionales. Foto: cortesía Zoraida Nava. |
Zoraida Nava, trabajadora social y perita en el Poder Judicial de Guerrero, reflexiona sobre lo que implica acompañar a personas en contextos de violencia, enfermedad y decisiones institucionales. Entre la ética, la gestión y la cercanía, su práctica revela una dimensión del trabajo social que rara vez se ve: la de sostener lo humano dentro de sistemas que muchas veces lo olvidan.
Hay profesiones que operan en los márgenes de lo visible. No porque sean menores, sino porque su trabajo ocurre ahí donde los sistemas comienzan a fallar: en la grieta entre la norma y la vida.
El Trabajo Social es una de ellas.
En esta conversación, Zoraida Nava —trabajadora social y perita en el Poder Judicial del Estado de Guerrero— nos permite asomarnos a una práctica que se despliega en escenarios atravesados por la violencia, la desigualdad y la urgencia. Desde su experiencia, el acompañamiento no es una categoría técnica, sino una forma de estar: escuchar, gestionar, insistir y, en muchos casos, traducir vidas complejas para que las instituciones puedan comprenderlas.
Su trayectoria cruza el ámbito judicial, el trabajo con mujeres víctimas de violencia feminicida, la intervención en crisis de salud y la gestión de traslados hospitalarios. En todos ellos aparece una constante: la necesidad de sostener lo humano en contextos donde predomina la deshumanización.
Pero también hay una dimensión menos visible: la del desgaste, la insistencia y la lucha cotidiana dentro de estructuras que no siempre responden. En Guerrero —un estado marcado por profundas desigualdades—, su testimonio también evidencia el rezago institucional y la falta de reconocimiento hacia el Trabajo Social, incluso en espacios donde su intervención resulta clave.
Lejos de una narrativa heroica, lo que Zoraida plantea es una ética del acompañamiento: no se trata de “rescatar”, sino de caminar al lado; no de decidir por otros, sino de generar condiciones para que las personas puedan hacerlo.
En tiempos donde las instituciones parecen cada vez más distantes, su voz recuerda algo esencial: que incluso dentro de esos sistemas, todavía hay quienes insisten en mirar de frente la vida de las personas.
AC: Para comenzar, me gustaría ir antes del cargo y la institución: ¿quién es Zoraida más allá del nombramiento profesional?
Soy una mujer que lucha cada día por ser reconocida por su esencia como persona, con valores, sensibilidad social y una convicción auténtica de contribuir a un mundo más justo y humano.
Cada experiencia en mi vida ha sido una oportunidad para aprender, crecer y fortalecer ese compromiso con el bienestar de quienes me rodean, siempre guiada por la empatía, el respeto y la responsabilidad social.
AC: ¿En qué momento decidiste que el Trabajo Social sería tu camino?
En medio de ese proceso, había algo que tenía muy claro: no podía soltar la responsabilidad de sacar adelante a mi hijo y de construir para ambos un futuro digno.
No fue un camino sencillo. Estudiar mientras asumía la maternidad y enfrentaba mis propias luchas personales implicó esfuerzo, desvelos y muchas dudas. Hubo días en los que parecía que todo era demasiado difícil. Sin embargo, no estuve sola.
Mis padres fueron un pilar fundamental, y en especial mi padre, quien siempre creyó profundamente en mí. Él me decía que quería verme titulada, que ese era uno de sus mayores sueños. Sus palabras se convirtieron en un impulso constante para no rendirme.
Mi hijo y mi padre se transformaron en mi mayor inspiración. Cada paso que daba —cada clase, cada examen— llevaba en mi mente y en mi corazón el deseo de cumplir ese sueño que también era suyo.
Un año antes de mi graduación, mi padre falleció. No pudo estar físicamente el día en que logré alcanzar esa meta que tanto anhelábamos. Pero en mi corazón sé que estuvo conmigo. Sentí su presencia en cada emoción de ese día.
Ese logro se lo dediqué con todo mi amor. Porque detrás de ese título no solo estaba mi esfuerzo, sino también la fuerza de su confianza y el amor profundo que siempre me dio.
Mi historia está marcada por ese aprendizaje: que incluso en medio del dolor y la incertidumbre, el amor, la familia y la esperanza pueden convertirse en la fuerza que nos impulsa a seguir adelante y a transformar nuestras vidas.
AC: Nos compartiste que te has desempeñado como perito en el Poder Judicial del Estado de Guerrero. ¿Cómo se vive, desde dentro, la responsabilidad de emitir un dictamen social que puede influir en decisiones judiciales?
No se trata solo de elaborar un documento técnico. Se trata de comprender que detrás de cada dictamen hay historias de vida complejas, contextos sociales específicos y decisiones que pueden marcar el rumbo de una persona o de una familia.
Por eso, el ejercicio del peritaje exige una gran responsabilidad. Cada valoración debe estar sustentada en la ética, en la metodología y en un compromiso claro con la dignidad humana.
AC: ¿Qué significa acompañar cuando el Estado está por decidir sobre la vida de alguien?
Entiendo que no estoy frente a un expediente, sino frente a una historia de vida. Muchas veces, además, se trata de personas que atraviesan uno de los momentos más difíciles de su existencia.
Acompañar, para mí, significa escuchar con respeto, observar con sensibilidad y analizar con profesionalismo. Es acercarme a la realidad de las personas con empatía, pero también sostener una mirada objetiva que permita aportar elementos claros y fundamentados para la toma de decisiones.
En esos momentos recuerdo que mi trabajo puede contribuir a que una autoridad comprenda mejor el contexto familiar, social y comunitario en el que viven las personas. Por eso procuro que cada palabra que escribo y cada observación que realizo esté sustentada en la ética y en el compromiso con la dignidad humana.
También significa humanizar los procesos institucionales. Reconocer que detrás de cada decisión del Estado hay emociones, vínculos, esperanzas y temores.
Mi papel es ayudar a que esas realidades sean visibles dentro de un sistema que, muchas veces, se encuentra deshumanizado.
AC: En este punto, la figura de la trabajadora social deja de ser únicamente técnica y se vuelve una especie de mediación entre dos mundos: el de las instituciones y el de las vidas concretas.
ZN: Sí. El dictamen, entonces, no es solo un documento: es una traducción. Una forma de hacer comprensible, para el Estado, aquello que normalmente no alcanza a ver.
Y es ahí donde aparece una tensión constante: ¿cómo sostener la objetividad sin perder la humanidad?, ¿cómo intervenir sin borrar la complejidad de las historias que se acompañan?
AC: Hiciste mención en nuestro primer intercambio sobre tu trabajo con mujeres víctimas de violencia feminicida y procesos de empoderamiento económico. Sin mencionar datos sensibles, ¿qué te han enseñado estas experiencias sobre la resiliencia, el miedo y la reconstrucción de vida?
He aprendido que la resiliencia no siempre se manifiesta como una fortaleza visible. Muchas veces aparece en gestos pequeños, en decisiones cotidianas, en el simple hecho de levantarse cada día y seguir intentando reconstruir la vida.
También he comprendido que el miedo es una presencia constante en estos procesos. No es solo el miedo al agresor, sino al futuro, al juicio social, a la incertidumbre económica y a la posibilidad de empezar de nuevo prácticamente desde cero.
Sin embargo, incluso en medio de ese miedo, emerge una gran capacidad de resistencia. Cuando esa resistencia encuentra acompañamiento y redes de apoyo, puede transformarse en una fuerza que permite cambiar la propia historia.
Desde mi experiencia, los procesos de empoderamiento económico son fundamentales en esa reconstrucción. Recuperar la autonomía no solo tiene que ver con lo material, sino con la posibilidad de volver a tomar decisiones sobre la propia vida.
También he aprendido que la reconstrucción no es inmediata ni lineal. Es un proceso con avances y retrocesos, donde cada mujer transita a su propio ritmo.
Por eso, el acompañamiento implica escuchar sin juzgar, respetar los tiempos y comprender que cada historia es única. Más que “rescatar”, se trata de caminar al lado de las personas mientras recuperan su voz, su dignidad y su proyecto de vida.
AC: También hablaste de intervenciones en contextos de crisis de salud y traslados hospitalarios de tercer nivel. ¿Qué papel juega el acompañamiento psicosocial en momentos donde la vida está en riesgo?
Cuando la vida está en riesgo, las personas y sus familias suelen encontrarse emocionalmente desbordadas: hay miedo, incertidumbre y una carga de angustia que muchas veces les impide pensar con claridad o tomar decisiones.
Mi papel consiste en ayudarles a comprender la situación que están atravesando, orientarles sobre las opciones disponibles y acompañarlos para que puedan tomar decisiones con mayor tranquilidad.
Se trata de ofrecer presencia, información y apoyo en un momento en el que todo parece incierto.
También considero que el acompañamiento no termina cuando se logra el traslado o se resuelve el momento crítico. En muchos casos, por decisión propia, continúo acompañando a las familias, brindando orientación y fortaleciendo sus capacidades para enfrentar lo que sigue.
Para mí, acompañar también significa ayudar a recuperar la confianza, la esperanza y algunas herramientas para seguir adelante.
El Trabajo Social es, en muchos sentidos, una luz en el camino; es la parte humana de las instituciones.
AC: ¿Qué suele no verse del trabajo que ustedes realizan en esas situaciones?
Desde fuera puede parecer que las cosas simplemente suceden, pero detrás de cada traslado o de cada atención médica hay un proceso intenso de gestión, coordinación y búsqueda de apoyos.
En muchas ocasiones hay negativas, limitaciones institucionales o falta de recursos. Aun así, insistimos, buscamos alternativas y agotamos todas las opciones posibles.
En contextos como los nuestros, especialmente en comunidades de Guerrero, lograr que una persona llegue a un hospital de tercer nivel o de alta especialidad no es sencillo. Implica tocar muchas puertas, hacer llamadas, coordinar esfuerzos y resolver obstáculos en el camino.
Lo que pocas veces se ve es ese esfuerzo silencioso: la insistencia, la gestión constante y el compromiso de no rendirse.
Mientras todo eso ocurre, las familias atraviesan miedo, angustia e incertidumbre. En ese momento, además de gestionar, también acompañamos, escuchamos y tratamos de brindar un poco de calma.
Una parte importante de nuestro trabajo sucede ahí, en lo invisible: en abrir caminos y en no dejar solas a las personas cuando más lo necesitan.
AC: Señalaste que tu intervención la realizas tanto de manera institucional como independiente. ¿Cómo dialogan —o entran en tensión— estos dos espacios?
Cada espacio tiene sus propias dinámicas, alcances y límites, pero también se entrelazan y se retroalimentan. En medio de ese cruce, procuro mantener un ejercicio permanente de reflexión y pensamiento crítico.
Tanto en uno como en otro, sostengo el mismo principio: actuar con responsabilidad, vocación, ética y un profundo compromiso con las personas.
AC: ¿Qué cambia cuando se actúa desde la estructura y qué cambia cuando se interviene desde la autonomía profesional?
Esto puede facilitar el acceso a recursos y redes institucionales. Sin embargo, también implica reconocer que las instituciones tienen ritmos, normas y límites que, en ocasiones, no responden con la rapidez o la sensibilidad que las realidades sociales demandan.
Por otro lado, cuando se interviene desde la autonomía profesional, existe una mayor flexibilidad para actuar, para acercarse de manera más directa a las necesidades de las personas y para acompañar procesos de forma más personalizada.
No obstante, también implica enfrentar desafíos importantes, como la gestión de recursos y la construcción de redes fuera de las estructuras formales.
Entre ambos espacios hay una tensión constante, pero también un aprendizaje continuo. Para mí es fundamental preguntarme, en cada caso, cuál es la forma más ética y adecuada de actuar.
Más allá del lugar desde donde se intervenga, procuro que mis decisiones estén guiadas por la convicción de hacer lo correcto y de contribuir a que las personas reciban un acompañamiento digno y respetuoso.
AC: También mencionaste el pensamiento crítico como eje de tu actuación. ¿A qué te refieres concretamente con esto?
Implica tener la capacidad de analizar situaciones complejas, asumir una postura activa y actuar buscando siempre la mejor alternativa posible.
En muchas ocasiones nos enfrentamos a escenarios donde no hay respuestas inmediatas o donde las soluciones no son claras. El pensamiento crítico nos impulsa a no quedarnos en la dificultad, sino a seguir buscando caminos, alternativas y recursos.
También significa observar, cuestionar y no conformarse con lo que parece evidente. Es una forma de ejercer la profesión con responsabilidad, pero también con sensibilidad frente a las realidades que acompañamos.
AC: ¿Cómo se traduce ese pensamiento crítico en decisiones prácticas frente a problemáticas complejas?
Implica detenerme a analizar la situación en su conjunto, valorar riesgos, identificar recursos disponibles y, a partir de ello, tomar decisiones que realmente puedan abrir una posibilidad para las personas.
Aplicar el pensamiento crítico es no rendirse ante la complejidad. Es mantener una actitud activa de búsqueda y compromiso, incluso cuando las condiciones son adversas o las soluciones no son inmediatas.
Se trata de insistir hasta encontrar un camino que permita avanzar.
AC: Desde tu experiencia en Guerrero, territorio atravesado por múltiples violencias y desigualdades, ¿qué crees que es importante que la sociedad comprenda sobre el trabajo social en estos contextos?
Nuestro estado atraviesa problemáticas en distintos ámbitos: salud, justicia, educación y atención a la violencia. Y aunque es difícil decirlo, existe un rezago importante en varios de estos sistemas. En muchos sentidos, Guerrero refleja de forma muy clara las desigualdades y violencias estructurales que aún persisten en el país.
En medio de este contexto, el Trabajo Social tiene un papel fundamental. Sin embargo, sigue siendo una profesión que muchas veces no es reconocida como debería dentro de los espacios institucionales.
A pesar de que nuestra intervención permite comprender las realidades sociales, acompañar procesos complejos y aportar elementos clave para la toma de decisiones, su importancia no siempre es plenamente valorada.
En mi caso, como perito en Trabajo Social, he asumido el compromiso de prepararme constantemente y de ejercer mi profesión con la mayor responsabilidad posible.
También he tocado muchas puertas, dialogando con distintas instituciones y actores públicos —incluida la presidenta municipal Abelina López Rodríguez— para visibilizar las deficiencias que existen y la necesidad de fortalecer la presencia del Trabajo Social en las instituciones.
Un dato que refleja este rezago es que en Guerrero existen únicamente dos peritos en Trabajo Social. Yo tuve el honor de convertirme en la primera perita adscrita al Poder Judicial del estado en 2019, mientras que en otros estados esta intervención se desarrolla desde la década de los noventa.
Esto muestra que aún hay mucho camino por recorrer para que la profesión tenga el lugar que merece dentro del sistema de justicia.
Aun así, sigo convencida de que el Trabajo Social es esencial para la construcción de una sociedad más justa. Incluso en contextos difíciles, nuestra labor permite visibilizar realidades, acompañar a las personas en situaciones de vulnerabilidad y aportar una mirada humana dentro de las instituciones.
Y aunque el camino ha sido complejo, creo que insistir, tocar puertas y trabajar con compromiso también es una forma de transformar, poco a poco, estas realidades.
AC: Para cerrar, si tuvieras que definir el acompañamiento en una frase que condense tu experiencia, ¿cómo lo nombrarías?
AC: ¿Hay algo más que consideres importante decir?
Uno de esos cambios tiene que ver con reconocer plenamente el valor del Trabajo Social y permitir que quienes hemos dedicado nuestra vida a esta profesión podamos desarrollarnos en distintos ámbitos, incluso cuando ya no somos tan jóvenes. La experiencia, la formación y la vocación también deben ser valoradas dentro de las instituciones.
Otra meta importante es que más profesionales con verdadera convicción y compromiso puedan integrarse a instituciones como el IMSS o el ISSSTE, no por tener un familiar dentro, sino por su preparación, su vocación de servicio y su capacidad profesional.
Es necesario avanzar hacia instituciones más justas y abiertas, donde las oportunidades no dependan del nepotismo, sino del mérito, la preparación y el compromiso con la sociedad.
Porque cuando se abren esas oportunidades, no solo se fortalece una profesión: también se fortalece la posibilidad de brindar un mejor servicio a las personas que más lo necesitan.
AC: Mencionas también un trabajo comunitario en la Costa Chica de Guerrero. ¿Qué lugar ha tenido ese espacio en tu trayectoria y en tu forma de entender el acompañamiento?
ZN:
El trabajo comunitario que he desarrollado en la Costa Chica de Guerrero, particularmente en el municipio de Marquelia y sus localidades, ha sido fundamental en mi trayectoria.
Ahí he acompañado a mujeres, niñas, niños y adolescentes en situaciones de violencia, desde un enfoque de derechos humanos, género e interculturalidad. Este espacio me permitió fortalecer no solo mi práctica profesional, sino también mi compromiso con la prevención y la atención de la violencia desde lo comunitario.
En estos contextos, el acompañamiento adquiere otra dimensión. No se trata únicamente de intervenir en una situación específica, sino de construir procesos más amplios de sensibilización, escucha y fortalecimiento de capacidades dentro de la comunidad.
A partir de esta experiencia, también he impulsado procesos de empoderamiento económico con mujeres, a través de talleres orientados al reconocimiento de sus derechos, la identificación de los distintos tipos de violencia y la importancia del autocuidado.
Estos espacios buscan que las mujeres no solo comprendan su situación, sino que también puedan generar alternativas para su autonomía, incluyendo la posibilidad de generar ingresos y fortalecer su economía familiar.
Para mí, este trabajo ha sido clave porque confirma que el acompañamiento no solo ocurre en lo institucional, sino también en lo comunitario, donde muchas veces comienzan los procesos de transformación más profundos.

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