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| Pierre Bourdieu en Argelia, donde la experiencia del desarraigo campesino le reveló cómo la historia se inscribe en el cuerpo. |
Pierre Bourdieu llamó habitus a ese conjunto de hábitos y formas de sentir que heredamos sin elegir y que moldean nuestras decisiones más íntimas
Hay una sensación que casi todos hemos experimentado. Entrar a un lugar nuevo y saber, sin que nadie te lo explique, cómo comportarte. Sentir que un plato, una forma de vestir o una palabra te pertenecen de manera natural o al revés, tener la certeza de que algo no es para ti. Que no encajas.
Esa intuición no es que nos esté pasando algo mágico a todos. Tampoco y se puede reducir únicamente a la solo personalidad. Según el sociólogo Pierre Bourdieu, existe una fuerza silenciosa que opera dentro de cada persona. La llamó habitus y aunque su nombre suene a concepto académico, su funcionamiento es casi tan cotidiano como respirar.
El habitus es, en pocas palabras, la historia hecha cuerpo. Es el conjunto de disposiciones que adquirimos desde la infancia, dentro de nuestra familia, nuestra escuela, nuestro barrio. Esas disposiciones luego se convierten en nuestra manera de caminar, de hablar, de evaluar lo que está bien o mal, de desear lo que deseamos.
Bourdieu llegó a esta idea después de trabajar con campesinos argelinos en los años cincuenta. En ese contexto observó como cuando esas personas fueron desplazadas de su tierra por la guerra y la economía moderna, sus formas tradicionales de organizar el trabajo, el tiempo y las relaciones dejaron de tener utilidad. No porque hubieran olvidado cómo hacer las cosas, sino porque sus disposiciones internas ya no encontraban un mundo que las validar, es decir, ya no encajaba en el mundo en el que estaban.
Ese desajuste le permitió entender que cada persona lleva consigo un equipaje invisible. Un sistema de esquemas prácticos que le permite moverse con soltura en su entorno habitual, pero que puede volverse un obstáculo cuando el entorno cambia. El habitus es esa brújula interna y casi siempre la usamos sin mirarla.
El concepto funciona como una gramática. Así como aprendemos nuestra lengua materna sin estudiar sus reglas de manera formal, también aprendemos a sentir, a clasificar, a esperar. Aprendemos qué es valioso y qué no. Aprendemos los límites de lo posible. Todo eso se graba en el cuerpo. Por eso el habitus no es solo pensamiento. Es postura. Es gesto. Es la forma en que sostenemos los hombros cuando entramos a una entrevista de trabajo o la pausa que hacemos antes de dar una opinión en una mesa ajena.
Bourdieu utilizó este instrumento para explicar fenómenos muy distintos: el gusto por el arte, el éxito escolar, las alianzas matrimoniales, incluso las elecciones políticas. En todos los casos, su apuesta era la misma. Mostrar que lo que parece una elección libre o una inclinación personal lleva inscritas las huellas de una trayectoria social. No se trata de determinismo. Se trata de entender que la libertad también se ejerce desde coordenadas que no elegimos.
Una de las ganancias más valiosas de este enfoque es que permite superar discusiones estériles. Por un lado, están quienes creen que todo está determinado por las estructuras económicas. Por otro, quienes sostienen que el individuo es pura voluntad. El habitus muestra que la realidad es más compleja. Las estructuras sociales se interiorizan. Pero una vez interiorizadas, también generan prácticas nuevas, improvisaciones, formas de resistencia. No somos autómatas. Tampoco somos ángeles flotando por encima del mundo.
Ahora bien, ¿por qué seguir hablando de esto hoy? Porque las desigualdades no han desaparecido. Solo han cambiado de forma. La escuela, por ejemplo, sigue prometiendo igualdad de oportunidades. Pero el habitus permite entender por qué dos estudiantes con la misma calificación pueden tener trayectorias tan distintas. Uno sabe moverse en los códigos de la institución. Sabe cuándo hablar, cuándo callar, a quién acercarse. El otro puede tener el mismo talento, pero no esas claves. La escuela no mide solo el conocimiento. Mide también la familiaridad con el conocimiento y esa familiaridad se hereda.
Por otra parte, en un mundo que nos exige constantemente ser emprendedores, flexibles y autogestionados, el habitus nos devuelve una pregunta incómoda. ¿De dónde vienen mis aspiraciones? ¿Son realmente mías o son el eco de lo que se esperaba de alguien con mi origen, mi género, mi formación? Vivimos en una época que nos dice que podemos ser lo que queramos. Pero esa frase, tan amable en apariencia, puede convertirse en una forma de culpa cuando los resultados no llegan.
El habitus no ofrece soluciones rápidas. No promete una fórmula para liberarse de las herencias. Pero ofrece algo quizás más valioso. Una lente para mirar con claridad. Saber que ciertas certezas, ciertos límites, ciertos deseos no son naturales. Fueron aprendidos y lo que fue aprendido, en principio, también puede ser cuestionado.
Conocer este concepto es también un acto de honestidad intelectual. Porque obliga a mirarse a uno mismo. A preguntarse qué lugar ocupa, qué capital maneja, qué esquemas de percepción lo atraviesan. Bourdieu llamó a esto una sociología copernicana. No es solo estudiar el mundo. Es entender que el punto de vista desde el que miramos también forma parte del mundo.
Esa reflexividad puede sonar exigente. Pero en el fondo es un gesto de humildad. Reconoce que nadie está fuera del juego. Todos cargamos con una historia. Todos actuamos desde un equipaje. La diferencia está en aprender a reconocerlo.
Así, el habitus se convierte en una herramienta. No para sentenciar, sino para comprender. Para desarmar la idea de que las jerarquías sociales son el resultado del mérito o del talento puro. Para entender que la comodidad de unos y la desazón de otros no son accidentes. Son procesos. Tienen historia y si tienen historia, también pueden ser transformados, aunque esa transformación nunca sea sencilla.
¿Y tú alguna vez has sentido que un lugar, una conversación o una oportunidad no estaban hechos para ti? ¿O al revés, has experimentado esa extraña sensación de que todo encajaba sin esfuerzo?.
Si esta nota te hizo pensar en alguien que suele cargar con la sensación de no encajar, o en alguien que siempre parece moverse con una seguridad inexplicable, compártela.
Fuente: Pintó, L. (2002). Pierre Bourdieu y la teoría del mundo social. Siglo XXI Editores.

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