Una revisión científica propone integrar cerebro, historia social e identidad para entender cómo se forman las diferencias humanas sin caer en explicaciones únicas.
El debate sobre el género volvió al centro de la conversación pública cuando una discusión laboral en una empresa tecnológica se transformó en un intercambio global sobre si las diferencias entre hombres y mujeres nacen del cuerpo o del entorno. Desde entonces, la pregunta dejó de ser solo académica. Apareció en escuelas, medios digitales, familias, espacios de trabajo. Cada postura parecía hablar un idioma distinto.
En este escenario, el antropólogo Sergio Morales Inga propuso una lectura amplia de investigaciones en psicología, antropología, estudios de género, neurociencia. Su objetivo no fue elegir un bando, sino mostrar cómo se fue construyendo el desacuerdo, cuáles son sus límites, qué caminos se abren para comprender un fenómeno que atraviesa la vida cotidiana.
Durante buena parte del siglo XX, la distinción entre sexo y género permitió ordenar el debate. El sexo quedó asociado al cuerpo. El género pasó a nombrar la forma en que cada persona vive su identidad, sus conductas, sus expectativas sociales. Esta separación ayudó a entender por qué personas con cuerpos similares podían vivir experiencias distintas. La psicología impulsó esta idea al estudiar casos donde la identidad no coincidía con la anatomía.
La antropología amplió el panorama. Las etnografías mostraron que lo que una sociedad llama masculino o femenino cambia según el tiempo, el territorio, las reglas culturales. En varias comunidades existen más de dos categorías de género. Algunas personas combinan roles, otras ocupan posiciones sociales específicas que no encajan en la división binaria. Estas observaciones ayudaron a cuestionar la idea de que las conductas humanas estuvieran fijadas de antemano por la biología.
Con el paso de los años, esta mirada cultural ganó fuerza. Los estudios de género plantearon que las normas, los símbolos, la crianza, la educación moldean la manera en que cada persona aprende a comportarse. Desde esta perspectiva, el género se entendió como una construcción social. La biología quedó en un segundo plano. En algunos enfoques, casi desapareció del análisis.
Ese desplazamiento abrió una nueva reacción. Investigaciones en neurociencia y psicología evolucionista comenzaron a señalar diferencias hormonales, cerebrales, conductuales entre hombres y mujeres. La testosterona fue presentada como una pieza central para explicar intereses, habilidades, preferencias. Estas ideas circularon con rapidez en libros de divulgación, redes sociales, debates públicos. Para muchos lectores, ofrecían una explicación simple de desigualdades visibles.
El problema surgió cuando esas explicaciones parecieron reducir fenómenos sociales complejos a una sola causa. Desde la propia neurociencia apareció una crítica conocida como neurofeminismo. Este enfoque señaló fallas metodológicas, sesgos en los diseños de investigación, interpretaciones apresuradas de los datos. Propuso una idea clave. El cerebro cambia con la experiencia. La educación, la rutina, los estímulos culturales influyen en su forma de funcionar. Muchas diferencias observadas en adultos podrían ser resultado de años de socialización, no de una programación inicial.
Una línea de estudios fue aún más lejos. Analizó miles de cerebros para comprobar si existían dos tipos claros, uno masculino, otro femenino. Los resultados mostraron un mosaico de rasgos combinados. Pocas personas encajan de manera estricta en un modelo binario. Las diferencias existen, aunque no permiten clasificar de forma rígida. La conducta no se puede predecir a partir de una sola variable.
Este recorrido deja una enseñanza. Ni la cultura explica todo, ni la biología lo hace por sí sola. Los roles sociales se aprenden. La identidad personal tiene componentes corporales, hormonales, neurológicos que influyen en cómo cada individuo se percibe. El entorno moldea estas bases a lo largo del tiempo. La interacción entre ambos planos es constante.
La propuesta de una nueva ciencia del género apunta a integrar estos niveles. Busca dialogar entre disciplinas, evitar simplificaciones, reconocer que los procesos humanos son dinámicos. Entender el género implica observar cómo se transmiten normas en una familia, cómo influyen los modelos sociales, cómo responde el cuerpo a esas experiencias, cómo se forma la autoidentificación.
Esta mirada no elimina los desacuerdos. Ofrece un marco para pensar sin reducir. Permite analizar la diversidad humana con herramientas más amplias. Invita a mirar el tema con menos etiquetas cerradas, con mayor atención a los datos, con sensibilidad hacia la experiencia cotidiana.
Si el género se construye en el cruce entre cuerpo y cultura, ¿preferimos seguir buscando una sola explicación que lo ordene todo o aceptar un mapa más complejo que nos obligue a pensar desde varios ángulos?
Fuente
Morales Inga, S. (2025). ¿Hacia una nueva ciencia del género? Una lectura crítica de los debates. Revista Punto Género, 24, 429–456.

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