Cuando el saber de la comunidad desafía a la academia

Arte comunitario en Guanajuato: el encuentro entre generaciones como espacio de aprendizaje colectivo.


La experiencia cotidiana como forma de conocimiento en el trabajo artístico con poblaciones vulneradas

Por Redacción Nota Antropológica 

Vía correo electrónico, en el marco de la serie Diálogos a Distancia de Nota Antropológica, sostuvimos una conversación con Sandra Carrazco sobre los puentes entre el arte comunitario y la formación universitaria. Lo que ella comparte desde su experiencia como artista escénica y promotora cultural permite comprender una tensión que atraviesa muchos proyectos de intervención social: la distancia entre lo que la academia considera conocimiento válido y lo que las comunidades saben por el simple hecho de vivir

Carrazco lo comprueba cada vez que entra a una comunidad para desarrollar un proyecto artístico. Al frente tiene a personas que han vivido décadas de experiencias, que han construido formas de organización propias y que han desarrollado saberes para enfrentar contextos difíciles. Al mismo tiempo, detrás de ella está la universidad, el espacio donde se formó, donde se enseñan metodologías y donde se otorgan títulos que acreditan a quienes pueden intervenir en la realidad social.

La tensión aparece de inmediato. ¿Quién sabe más? ¿Quién tiene la autoridad para definir qué necesita una comunidad? ¿El conocimiento que se aprende en las aulas pesa más que el que surge de la experiencia cotidiana?

Para Carrazco estas preguntas no son teóricas. Las ha enfrentado en cada taller, en cada diagnóstico participativo, en cada reunión con mujeres de colonias marginadas o con personas adultas mayores que asisten a centros comunitarios. Su trabajo parte de una convicción: el conocimiento académico no debe situarse por encima de los saberes comunitarios.

"Considero fundamental profesionalizar y articular el trabajo comunitario dentro de las universidades", afirmó durante el intercambio. "Esto implica también cuestionar ciertas barreras profundamente arraigadas, como la idea de que quienes han tenido acceso a estudios universitarios poseen una mayor legitimidad o autoridad frente a otras formas de conocimiento".

Esta postura implica un cuestionamiento directo a las jerarquías tradicionales. Durante décadas, las instituciones educativas y culturales han operado bajo la lógica de que quien tiene un título universitario posee una legitimidad mayor para intervenir en contextos sociales. Se asume que el conocimiento viaja en una sola dirección: de la academia hacia las poblaciones consideradas vulneradas.

Carrazco propone lo contrario. "Desde mi perspectiva, es necesario avanzar hacia procesos de descolonización pedagógica que reconozcan y valoren los saberes que se generan dentro de las propias comunidades", señaló.

Desde su experiencia coordinando proyectos como las Jornadas Artísticas con Impacto Social en la Universidad de Guanajuato, ha impulsado procesos donde estudiantes y facilitadores no llegan con respuestas predeterminadas. En lugar de imponer metodologías rígidas, se sientan a escuchar.

El mecanismo parece sencillo pero implica una transformación profunda en la forma de trabajar. Antes de iniciar cualquier actividad artística, se realizan reuniones con las comunidades para conocer sus necesidades, inquietudes y características. Se utilizan encuestas, ejercicios narrativos, dibujos y dinámicas grupales. Se elabora un diagnóstico inicial que no parte de lo que los especialistas creen que la gente necesita, sino de lo que las propias personas expresan como sus problemas y aspiraciones.

Este proceso de escucha activa permite identificar problemáticas concretas. En la colonia La Luz, en el municipio de Guanajuato, las mujeres participantes compartieron situaciones de violencia, pobreza y analfabetismo. Sus hijos y nietos expresaron necesidades distintas. A partir de ahí se diseñaron talleres que abordaban esas realidades, no desde una mirada externa, sino desde las experiencias que ellas mismas habían narrado.

Lo que Carrazco denomina "desinstitucionalización" consiste precisamente en reducir la dependencia de estructuras formales que históricamente han concentrado la autoridad para definir qué conocimientos son válidos. En lugar de eso, se abren espacios más autónomos, horizontales y participativos.

"Desinstitucionalizar significa, en gran medida, reducir la dependencia de estructuras formales —como instituciones estatales o ciertas organizaciones— que históricamente han concentrado la autoridad para definir qué conocimientos son válidos o qué formas de intervención son legítimas", explicó. "En su lugar, se busca abrir espacios más autónomos, horizontales y participativos, donde las decisiones y los procesos se construyan colectivamente desde lo comunitario. Desde esta perspectiva, los títulos académicos o las credenciales profesionales dejan de ser el principal elemento de autoridad".

Para los estudiantes universitarios que participan en estos proyectos, el proceso implica un aprendizaje adicional. No solo deben aplicar sus conocimientos artísticos, sino también cuestionar la formación institucional que han recibido. Salir del aula y enfrentarse a contextos reales les exige desarrollar habilidades que difícilmente se enseñan en los planes de estudio: tolerancia, empatía, capacidad de adaptación.

El trabajo con personas adultas mayores en el taller "Creando desde el arte, nuestra historia y lo que soy" ha evidenciado otra dimensión de este diálogo entre saberes. Las personas participantes aportan historias de vida, memorias y formas de comprender el mundo construidas a lo largo del tiempo. Los estudiantes, por su parte, llegan con herramientas creativas y una mirada fresca sobre el arte. El encuentro genera un intercambio donde ambas partes aprenden.

Sandra Carrazco, artista escénica y promotora de arte comunitario en Guanajuato. Foto: Cortesía de la entrevistada.


Carrazco recordó una experiencia significativa de sus años en la Procuraduría Estatal de los Derechos Humanos de Guanajuato. Cada año se realizaba el Congreso de Otopames en la Universidad Autónoma de Querétaro. En una ocasión propuso que fueran integrantes de la comunidad chichimeca quienes asistieran a compartir su experiencia.

"Fue así como Herculano y Luis —dos hombres de Misión Chichimeca— y yo acudimos al congreso para que pudieran dar voz directa a quienes viven y forman parte de esa comunidad, en lugar de escuchar únicamente a los 'especialistas' que estudian a los pueblos originarios desde fuera", relató. "Para mí fue una experiencia muy significativa porque reafirmó la necesidad de reconocer a las comunidades desde la escucha y desde su participación activa en los espacios donde se habla de ellas".

La anécdota ilustra lo que Carrazco plantea como horizonte: que las comunidades no sean únicamente objeto de estudio o intervención, sino sujetos activos en la construcción del conocimiento y en la búsqueda de soluciones a sus propias problemáticas.

Este enfoque no implica un rechazo absoluto al conocimiento académico. Se trata más bien de reconfigurar su papel dentro de los procesos comunitarios. El saber universitario puede aportar herramientas metodológicas, marcos conceptuales o técnicas artísticas. Pero debe colocarse en diálogo con los saberes locales, no por encima de ellos.

"Lo que se plantea es cuestionar la idea de que el conocimiento académico debe situarse por encima de los saberes comunitarios o que las instituciones tienen la función de 'enseñar' a las poblaciones consideradas históricamente vulneradas", sostuvo Carrazco. "Por el contrario, se reconoce que el conocimiento también surge de la experiencia cotidiana, de la memoria colectiva y de las prácticas culturales de las comunidades".

Las dinámicas que se generan en estos procesos son complejas. Por un lado, quienes facilitan los proyectos deben aprender a reconocer sus propios límites y a deconstruir ideas preconcebidas sobre lo que las comunidades necesitan. Por otro lado, las personas que participan en los talleres descubren que sus experiencias, sus historias y sus formas de entender el mundo tienen valor y pueden convertirse en materia para la creación artística.

En los talleres de teatro comunitario, por ejemplo, las obras no surgen de textos preestablecidos que los facilitadores llevan bajo el brazo. Se construyen a partir de las narrativas que emergen del grupo. Los conflictos, las emociones y las problemáticas que aparecen en escena son las que las propias participantes han vivido o han observado en su entorno.

De esta manera, el arte se convierte en un territorio donde los saberes comunitarios encuentran expresión y donde las personas pueden reflexionar sobre su propia realidad desde una perspectiva distinta. No se trata de que la academia "enseñe" a las comunidades a hacer arte. Se trata de que el arte surja desde las comunidades, con acompañamiento, con herramientas, pero sobre todo con respeto por lo que ellas ya saben y ya son.

"Salir del aula y de las estructuras institucionales no significa rechazar el conocimiento académico", aclaró Carrazco, "sino reconfigurar su papel dentro de los procesos comunitarios. Se trata de colocarlo en diálogo con los saberes locales. Reconocer los saberes comunitarios y las experiencias de vida permite construir procesos más justos, colaborativos y contextualizados, donde el aprendizaje y la transformación social se producen de manera colectiva".

¿Y tú has participado alguna vez en un proyecto donde tu experiencia cotidiana haya sido reconocida como forma de conocimiento? 

Para conocer la conversación completa con Sandra Carrazco sobre arte comunitario, memoria y transformación social, puedes visitar la sección Diálogos a Distancia de Nota Antropológica.

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