“Tijuana no es hermosa, pero es generosa”: Comunidad, migración y nuevas formas de pertenecer

Ana Cristina Contreras
Psicóloga y académica radicada en Tijuana. Foto: Ana Maria Contreras. 

Diálogos a distancia inicia con una conversación que pone en el centro el movimiento y la identidad.

Por Alberto Canseco

En esta primera entrega conversamos con Ana Cristina, psicóloga y académica que actualmente radica en Tijuana. Originaria de Aguascalientes, su trayectoria en los últimos cinco años ha estado marcada por el desplazamiento, la ruptura, la independencia y la consolidación profesional en el ámbito universitario.

A través de un intercambio por correo, Ana Cristina nos compartió cómo migrar no solo implicó cambiar de ciudad, sino reconfigurar la manera en que se mira a sí misma y es mirada por los demás. Su historia propone pensar el desplazamiento como una posibilidad de transformación: una oportunidad para desbloquear nuevas formas de habitar el cuerpo, la profesión y la propia identidad.

Les compartimos esta primera conversación y los invitamos a acompañarnos en los próximos diálogos.

Alberto Canseco: En tu correo mencionabas que te gustaría narrar tu experiencia como un cruce entre lo personal y lo profesional, porque “van de la mano intrínsecamente”. Si regresamos unos años atrás, antes de migrar a Tijuana, ¿quién eras en ese momento de tu vida? ¿Cómo te pensabas entonces? 

Ana Cristina: Esto lo he pensado muchas veces. Creo que solo pude distinguir quién era allá cuando ya estaba acá. Fue hasta que me moví de lugar, y comencé mi propio proceso de análisis, que empecé a preguntarme qué había cambiado en mí y qué parte seguía siendo la misma.

El hecho de poder regresar a Aguascalientes me confrontaba constantemente. Cada visita era como un espejo incómodo. En los primeros años sentía una añoranza muy extraña por las actividades cotidianas que hacía allá. Me enteraba por redes sociales o por amistades de lo que sucedía y pensaba: “ojalá estuviera allá”. Pero cuando iba, la sensación era otra: ya no encajaba. Las dinámicas habían cambiado o quizá yo había cambiado. Me sentía espectadora, como si estuviera viendo una escena que antes me pertenecía.

Y al mismo tiempo, cuando estaba allá, me enteraba de lo que ocurría en Tijuana y pensaba: “¿por qué no me quedé?”. Era una división constante. Como dice la canción: “no soy de aquí ni soy de allá”. Me sentía suspendida entre dos lugares, sin pertenecer del todo a ninguno.

Alberto: ¿Esa sensación era más dolorosa o más reveladora?

En mi proceso de psicoanálisis apareció algo que me marcó mucho. Mi analista me dijo que estar en otro lugar implica nuevas miradas, y que en ese nuevo contexto una puede ser Otra. Esa idea me hizo pensar(me): ¿cómo es que acá he sido vista y apreciada de manera distinta a como era vista allá?

Si tuviera que nombrar quién era en Aguascalientes, diría que era “la mujer alocada”, la que toma decisiones apresuradas. Me decían que era un “alma libre”, aunque yo no entendía qué significaba eso. También escuchaba que no sabía escribir, que no servía para la clínica ni para la investigación. Había algo de rebeldía en mí, pero también mucha timidez. Me preocupaba lo que dijeran; si me hacía un tatuaje debía procurar que no se viera fuera del uniforme de trabajo. Sentía que tenía que esconder partes de mí para ajustarme a ciertas normas.

Aguascalientes es una ciudad conservadora, con poca migración. Es una ciudad bonita, muy iluminada, pero esa iluminación también dejaba ver una mirada clasista que yo no compartía. Me sentía desencajada. Me enojaba escuchar ciertos discursos y vivía en constante confrontación con el contexto. Siempre a la defensiva.

En el trabajo también me sentía conflictiva. Trabajaba en un colegio donde veía muchas injusticias y quería cambiarlas, pero era agotador. Habían pasado tres años desde que terminé la maestría y me había quedado un sabor amargo: el trato del comité de tesis, bajo su “estilo UNAM”, me hizo sentir que no era buena investigadora ni escritora. En ese momento decidí que no volvería a entrar a un posgrado.

Quizá por eso tampoco me preguntaba con claridad quién era. Estaba demasiado ocupada resistiendo. Vivía alerta, sobreviviendo. Era una versión de mí moldeada por un contexto estático, que repetía una misma imagen sobre quién debía ser.

Alberto: Comentaste que hubo un antes y un después tanto en lo personal —al terminar una relación— como en lo laboral, al abrirse nuevas posibilidades profesionales. ¿Cómo dialogaron esos dos procesos? ¿La migración fue consecuencia, detonante o escenario de esa transformación?

Ana Cristina: Yo llegué a Tijuana en plena pandemia. Renuncié al colegio donde trabajaba porque empezaron a asignarme tareas que no correspondían a mi área y el desgaste ya era insostenible. Me vine en pareja; él ya tenía trabajo acá y yo comencé a enviar solicitudes antes de mudarme. Tijuana tiene algo muy particular: siempre hay trabajo. Y así fue. Antes de llegar ya tenía una propuesta laboral. El sueldo era mucho mayor al que tenía en el colegio y, además, era algo distinto: sería maestra particular de dos niñas en su casa. Era un trabajo informal, sí, pero representaba un nuevo comienzo.

Venir acompañada fue importante. Nos apoyamos en ese proceso de cambio, en el desarraigo, en aprender la ciudad. Sin embargo, la relación no funcionó. Cuando eso ocurrió, mi plan inicial era irme a Colima para iniciar el doctorado y tener la seguridad de una beca. No quería regresar a Aguascalientes. Las rentas en Tijuana son altas, pero surgió la posibilidad de quedarme en el mismo departamento y asumirlo por mi cuenta. Decidí hacerlo.

Ese fue un momento clave ya que comencé a moverme para dar clases en universidades privadas. Era la primera vez que daba clase y no me creía capaz. Pensaba que no sabía lo suficiente, que no tenía nada que enseñar. Pero también necesitaba trabajar y al empezar, me di cuenta de que sí sabía cosas, que había herramientas en mí que venían del colegio, de la maestría, de la licenciatura. Algo empezó a acomodarse.

Poder solventar mi propia economía fue contundente. En Aguascalientes, siendo psicóloga y mujer, rentar sola era complejo. Aquí fue la primera vez que tuve un departamento para mí. Esa independencia fue profundamente significativa. Tijuana me dio esa posibilidad.

Al mismo tiempo, la soledad estaba presente. Extrañaba a mis amistades. Pero poco a poco conocí a personas que se volvieron fundamentales. Lo interesante es que la mayoría éramos “foráneos”. Veracruz, Culiacán, Oaxaca, Querétaro, CDMX… En Tijuana es común que lo primero que te pregunten sea: “¿de dónde eres?”. Y también es raro encontrar a alguien cuya familia tenga varias generaciones aquí. Ese reconocimiento compartido de estar fuera generaba una apertura distinta. Nos entendíamos desde el desplazamiento.

A partir de ahí me vinculé con espacios académicos y proyectos: colaboraciones con El Colef, con UNICEF, con el Instituto de Psiquiatría. Entrevisté a migrantes, a personas que vivían en la calle. La ciudad no oculta sus fracturas: están a la vista. Pero tampoco oculta su vitalidad. Aquí las personas conversan con extraños en el transporte público, se ayudan, comparten información.

Alberto: ¿En qué momento empezaste a sentir que estabas construyendo algo propio?

Una vez un taxista me dijo algo que se me quedó grabado: “Tijuana no es hermosa, pero es generosa”. Y estoy de acuerdo. Yo quería quedarme en un lugar que me despertaba curiosidad y me ofrecía posibilidades.

Después se abrió una vacante en la UABC. Concursé sin creer realmente que pudiera quedarme con el puesto. Venía de la experiencia amarga de la maestría, de la idea de que no era buena investigadora. Pero quedé. Y fue un shock. Me di cuenta de que era capaz. Que quizá lo que había cambiado no era mi preparación, sino el contexto desde donde me miraban.

Empecé a notar que aquí me veían distinta como alguien que sabía de temas importantes, que podía ocupar espacios relevantes. Eso transformó también mi manera de habitar mi cuerpo. Comencé a tatuarme en lugares visibles, a vestirme diferente, a asumir públicamente partes de mí que antes escondía. Cuando regresaba a Aguascalientes sentía las miradas pesadas, la incomodidad.

Durante el doctorado mi relación con la investigación también cambió. La escritura comenzó a fluir. Dejé de culparme tanto. Mi comité y mis compañerxs reconocían mi trabajo. Incluso mi relación con lo cuantitativo se transformó gracias a amistades que me ayudaron a verlo de otra manera.

No todo fue lineal. Hubo crisis emocionales profundas, momentos en los que no encontraba sentido a nada. Me quedé sin beca, ya tenía un tiempo completo en la universidad y una deuda por una casa que había adquirido. Sentí que el movimiento se convertía en raíz, y eso me confrontó. Pasar de la movilidad a la permanencia implicaba asumir responsabilidades económicas y emocionales que pesaban.

Pero atravesar ese umbral fue decisivo. Hoy puedo decir que soy doctora, profesora, académica, psicóloga. No como etiquetas impuestas, sino como algo que fui construyendo en un entorno que me permitió hacerlo. La estabilidad me dio algo que antes no tenía: la posibilidad de disfrutar lo que hago sin vivir en constante incertidumbre.

Alberto: Hay una frase tuya que me parece muy potente "migrar como oportunidad de tener otra mirada y la posibilidad de ser otra persona" . ¿Qué aspectos de ti sientes que se reconfiguraron al llegar a Tijuana? ¿Qué partes permanecieron?  

Ana Cristina: Creo que parte de esto ya lo venía respondiendo, porque en realidad ha sido un proceso que se fue revelando poco a poco. Pero si lo pienso con más claridad, diría que lo que más se reconfiguró fue la manera en que me miro y me dejo mirar.

Durante mucho tiempo me dijeron que era un “alma libre”, y yo no sabía qué significaba eso. Incluso me incomodaba. No me sentía libre; me sentía juzgada, descolocada, distinta. Era como si esa etiqueta fuera algo que otros veían en mí, pero que yo no alcanzaba a habitar.

Hoy lo entiendo diferente. Ser “alma libre” no tiene que ver con impulsividad o con ir en contra de todo, sino con algo más sencillo y más profundo: poder moverme cuando algo no me hace sentido. Buscar alternativas. No quedarme en lugares que me pesan. Eso ha permanecido en mí, pero ahora lo vivo desde otro lugar, no desde la confrontación constante, sino desde la elección.

También se reconfiguró mi relación con el trabajo y con la academia. Antes veía esos espacios como territorios hostiles, donde tenía que demostrar constantemente que era capaz. Aquí, en cambio, empecé a habitar esos mismos espacios desde una narrativa distinta. Me di cuenta de que no se trataba de encajar en un molde, sino de encontrar la forma propia de estar ahí.

Algo que permaneció es esa necesidad de buscar soluciones, de no quedarme atrapada en una sola versión de las cosas. Creo que esa ha sido una estrategia de supervivencia que he trasladado a mi vida profesional. Cuando veo el agobio en la academia —la sobrecarga, el SNI, la competencia— intento recordar que puedo construir mi manera de ser académica sin replicar esas lógicas.

Antes sentía que ser “la diferente” era algo incómodo. Ahora lo habito con más gusto. No como rareza, sino como posibilidad. He aprendido a reconocer que esa parte mía que cuestiona, que busca otras rutas, que no se conforma fácilmente, no es un defecto, sino una forma de estar en el mundo.

Migrar me permitió resignificar esa parte de mí. No la inventé en Tijuana, pero aquí encontré el espacio para asumirla sin culpa.

Quizá eso es lo que más cambió: ya no me pienso desde la carencia o desde la insuficiencia, sino desde la capacidad de transformarme.

Alberto: También señalas que el contexto de Tijuana, al ser una ciudad atravesada constantemente por la migración, te permitió observar procesos comunitarios que quizá no son tan visibles en otros lugares. Desde tu experiencia y tu mirada desde la psicología comunitaria, ¿qué has aprendido sobre el sentido de comunidad en un territorio de tránsito y movimiento constante?

Ana Cristina: Vuelvo a esa frase que me dijo el taxista: “Tijuana no es hermosa, pero es generosa”. Creo que ahí hay algo muy profundo.

Tijuana no oculta sus fracturas. Se ven en la infraestructura, en la zona norte, en la prostitución a plena luz, en las personas viviendo en la calle, en quienes consumen drogas sin que eso se disimule. Es una ciudad donde lo incómodo no está escondido. Pero, al mismo tiempo, es una ciudad maravillosa por su diversidad gastronómica, los negocios que surgen, la creatividad, la manera en que la gente disfruta la vida.

He notado algo que me llama mucho la atención y es que muchas personas aquí parecen disfrutar su trabajo, compartir cómo les fue en el día, conversar con desconocidos. Hay una apertura que no siempre es común en otros lugares. Si te ven en aprietos, te ayudan. Si preguntas algo, alguien responde. En el transporte público puedes entablar conversación sin que eso resulte extraño. 

Pienso que esto tiene que ver con la experiencia migratoria compartida. Muchas personas aquí han llegado de otros estados, de otros países incluso. Sabemos lo que significa estar fuera, no conocer las reglas del lugar, necesitar apoyo. Esa conciencia genera una sensibilidad distinta. Es como si existiera una comprensión tácita de que nos necesitamos.

Desde la psicología comunitaria, suelo pensar la identidad como algo que se construye históricamente, con raíces profundas y narrativas compartidas. Pero en Tijuana percibo algo diferente. Aquí la comunidad no se sostiene tanto en una identidad estática, sino en una experiencia común de movimiento. No importa tanto de dónde vienes, sino el hecho de que, de algún modo, todos estamos intentando salir adelante.

He visto acciones muy concretas de apoyo como los espacios que reciben migrantes, redes que ayudan a quienes viven en la calle, personas que comparten información para conseguir trabajo o vivienda. No es una ciudad idealizada, pero sí una ciudad donde el gesto de ayuda aparece con frecuencia.

Tal vez el sentido de comunidad aquí no se basa en una historia larga y homogénea, sino en la diversidad misma. En aceptar que no somos iguales, que no compartimos las mismas creencias ni trayectorias, pero que aun así podemos estar para el otro.

Eso, para mí, ha sido una de las enseñanzas más importantes: que la comunidad también puede construirse desde el tránsito, desde la diferencia y desde la necesidad compartida de sostenernos.

Alberto: Mencionabas que migrar implica enfrentarse a los miedos de lo desconocido, pero también abrir la puerta a nuevas posibilidades. ¿Cuáles fueron esos miedos concretos en tu caso? ¿Y en qué momento comenzaste a sentir que ese nuevo entorno se volvía un espacio seguro?

Ana Cristina: Al inicio ni siquiera reconocía el miedo como parte del proceso migratorio. Lo entendí después, cuando empecé a leer sobre ello y a ponerle palabras. Llegar a otra ciudad para vivir es, en cierto sentido, como volver a tener cinco años. No sabes cómo moverte, cómo funcionan las dinámicas sociales, qué códigos operan, cómo se organiza la ciudad. No eres conocida. No conoces la comida, la historia, las formas de relación.

Creo que el miedo estaba ahí, pero en mí se traducía también como curiosidad. Me gusta viajar, me gusta conocer lugares nuevos, así que una parte de mí transformó ese miedo en ganas de explorar. Era una mezcla: alerta y entusiasmo al mismo tiempo.

Sí sentía algo muy corporal. Cuando regresaba a Aguascalientes, era como si mi cuerpo se relajara porque conocía el territorio, sabía cómo moverme. Pero, paradójicamente, no me sentía parte de ahí. En cambio, poco a poco, cuando regresaba a Tijuana después de visitar Aguascalientes, empecé a notar que sentía alivio. Como si volviera a mi casa. Como si pudiera relajarme en mi propio espacio, siendo yo tal cual.

Hubo un momento en que entendí que no era Tijuana en sí lo que producía esa transformación, sino el acto de migrar. Para mí, Tijuana se volvió el símbolo de esa posibilidad. Pero lo que realmente estaba en juego era moverme, salir de un entorno donde ya me sentía capturada por una narrativa fija sobre quién era.

También me pasó algo interesante: cuando regresaba a Aguascalientes veía a mis amistades y a mi familia en dinámicas muy repetitivas. Yo intentaba convencerlos de viajar, de irse a Tijuana, de probar algo distinto. Con el tiempo entendí que no se trataba del lugar específico, sino del proceso. Migrar te obliga a reconstruirte, a replantearte, a activar recursos que quizá no sabías que tenías.

El espacio comenzó a volverse seguro cuando pude nombrarlo como mío. Cuando ya no era solo “la ciudad a la que me vine”, sino el lugar al que regresaba. Cuando mi departamento, mis rutinas, mis amistades, mis trayectos cotidianos empezaron a generar una sensación de pertenencia.

Fue un proceso gradual. Primero era alerta constante, como si el cuerpo estuviera siempre atento a cualquier señal. Después, sin darme cuenta, esa alerta se convirtió en confianza. Y ahí entendí que el miedo no había desaparecido, simplemente se había transformado en experiencia.

Alberto: Pensando en lectores no especializados —como tú misma decías—, ¿qué crees que puede resonar más de tu historia? ¿El desplazamiento físico, la ruptura afectiva, la reinvención profesional, o el proceso interno de reconstrucción?

Ana Cristina: Creo que lo que más puede resonar es la posibilidad de cambio como parte de un proceso interno de reconstrucción.

A veces hablamos de migración como si fuera solamente desplazamiento físico, pero para mí ha sido, sobre todo, una transformación interna. Es cierto que tenemos derecho a migrar, pero también es cierto que no siempre tenemos las mismas condiciones para hacerlo. Hay límites económicos, familiares, laborales. Sin embargo, incluso la experiencia breve de habitar otro lugar —dos meses, uno, el tiempo que sea posible— puede abrir una grieta en la manera en que nos pensamos.

Salir de la “pecera”, como diría Foucault, incomoda. Da miedo. Genera alerta. Te confronta con lo desconocido y con tus propias inseguridades. Pero también permite ver que la realidad no es una sola, que no estamos condenadas a la versión de nosotras mismas que se construyó en un solo contexto.

Para mí, lo más significativo ha sido entender que el cambio no empieza afuera, sino adentro. El movimiento físico fue importante, pero lo que realmente transformó mi vida fue la posibilidad de preguntarme quién quería ser en ese nuevo entorno.

Tal vez eso es lo que puede resonar, animarse a salir, aunque sea un poco, de esa burbuja que nos define demasiado pronto. Entender que no somos estáticas, que podemos reconfigurarnos. Que incluso el miedo puede convertirse en curiosidad. 

Migrar no garantiza felicidad ni éxito, pero sí abre la puerta a pensarnos distinto y a veces eso es suficiente para comenzar.

Alberto: Hoy, después de cinco años en Tijuana, ¿cómo nombras el proceso que has vivido? ¿Migración, transformación, búsqueda, reconfiguración… o algo distinto?

Ana Cristina: Creo que lo nombraría como un proceso transitorio de identidad que se reconfiguró al cambiar de contexto.

No siento que haya sido una transformación absoluta ni una ruptura total con quien era antes. Más bien fue un desplazamiento que me permitió reorganizarme. Cambiar de entorno abrió una alternativa nueva de vida, como si se desbloqueara un mapa que antes no sabía que existía. De pronto aparecieron rutas que no estaban en mi horizonte, otras formas de trabajar, de vincularme, de habitar mi cuerpo, de pensar la academia, de sostenerme económicamente.

También me dio algo que antes no tenía con claridad como la posibilidad de elegir quedarme. Desde que llegué decía que, si en algún momento me sentía insegura o limitada, podía irme a otro lugar. No necesariamente regresar, pero sí moverme de nuevo. Saber que esa opción existía cambió mi relación con el espacio. No estaba atrapada.

Con el tiempo, el movimiento se convirtió en permanencia. Asumir una plaza de tiempo completo, adquirir una casa, terminar el doctorado… todo eso implicó echar raíces. Y echar raíces fue otro tipo de desafío. Significó aceptar responsabilidades, estabilidad, compromiso. Hubo momentos en que eso me hizo sentir capturada otra vez, pero ahora lo veo distinto, no como encierro, sino como construcción.

Hoy puedo decir que soy profesora, académica, psicóloga, doctora. Pero no lo digo desde la necesidad de demostrar nada, sino desde la conciencia de que fui tejiendo esas identidades en diálogo con un entorno que me permitió crecer.

Más que migración o búsqueda, lo pienso como un tránsito que me ayudó a reconciliarme conmigo misma. Una reconfiguración que no borra mi historia anterior, pero que la resignifica.

Quizás lo más importante es que ahora sé que la identidad no es fija. Es algo que puede moverse con nosotras.

Alberto: Finalmente, si tu experiencia pudiera convertirse en una pregunta para otras personas que están pensando en “moverse del lugar donde están para generar otras posibilidades de vida”, ¿cuál sería?

Ana Cristina: Me cuesta formularla como una sola pregunta, porque en realidad es un diálogo interno que una tiene consigo misma. Pero tal vez sería algo así:

¿Y si me animo a salir y descubro una parte de mí que aún no conozco?

¿Y si dejo de pensarlo tanto y me permito intentarlo?

¿Y si moverme no significa huir, sino encontrar(me) de otra manera?

Creo que muchas veces nos quedamos en lugares que ya no nos hacen sentido porque dan seguridad, porque son conocidos, porque ahí sabemos quiénes somos. Migrar —aunque sea por un tiempo breve— implica atravesar incomodidad, miedo, incertidumbre. Pero también puede abrir la posibilidad de pensarnos distinto.

No se trata de romantizar el cambio ni de asumir que todo será mejor en otro lugar. Se trata de preguntarnos si la versión que estamos habitando es realmente la que queremos seguir sosteniendo.

Tal vez la pregunta de fondo sería esa ¿y si salir no es perder lo que soy, sino ampliar lo que puedo ser?


Formación académica de licenciatura y maestría en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, línea de investigación en inclusión social a comunidades indígenas, Doctora en Investigación en Psicología en tema sobre los cuidados de las mujeres indígenas migrantes. Diplomado en mediación lectora y seminarios de feminismo y psicoanálisis. Tallerista en temas de migración, perspectiva de género y temas del cuidado. Docente de tiempo completo en la Universidad Autónoma de Baja California, Campus Otay, Tijuana, en la Facultad de Medicina y Psicología, integrante del Cuerpo Académico Intervenciones en la salud y comunitarias. La línea de trabajo se vincula con la psicología crítica, comunitaria, social. En lo personal, interés en los deportes de acrobacia, bailes de diferentes regiones (hip hop, danza africana, danza gitana), capoeira. Gusto por viajar e interés de conocer y descubrir nuevas formas de pensar y vivir. Interés en la filosofía oriental y por ello gusto por el anime y series películas que retraten una distopia de la realidad social. 

Redes sociales: Instagram "Psic.CristinaContreras" 



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