“No entiendo la arquitectura sin entender primero cómo viven las personas” Jaqueline Villagómez, arquitecta e investigadora


Para Jaqueline Villagómez, la arquitectura comienza por comprender cómo viven las personas.

Una entrevista vía correo electrónico para Diálogos a distancia aborda la relación entre vivienda, territorio y vida cotidiana en Xochimilco.

Por Alberto Canseco, Editor Nota Antropológica 

Hay algo que me llamó la atención desde el primer intercambio con Jaqueline Villagomez, ya que antes de hablar de viviendas, hablaba de personas. Antes de describir tipologías, hablaba de dinámicas familiares. Antes de señalar daños estructurales, hablaba de formas de habitar.

En un campo como la arquitectura, históricamente atravesado por el protagonismo formal, la espectacularidad del objeto construido y la lógica del proyecto como pieza autónoma, no es tan frecuente encontrar miradas que partan de lo social como fundamento y no como añadido. Poco a poco comienzan a abrirse espacios donde el territorio, la memoria y las prácticas cotidianas adquieren centralidad; sin embargo, todavía no es una tendencia dominante ni mucho menos el eje desde el cual se enseña o se ejerce mayoritariamente la profesión.

La perspectiva de Jaqueline resulta significativa precisamente porque desplaza la atención del edificio hacia la vida que lo sostiene. Su trabajo en San Gregorio Atlapulco, un pueblo originario de la Ciudad de México, particularmente a partir del sismo de 2017, se centra en las continuidades del habitar, en las transformaciones familiares y en la relación entre vivienda y territorio.

En esta conversación quise profundizar en esa postura. Me interesa que su voz circule, que más arquitectos y también quienes no lo son, se animen a pensar la vivienda como un proceso social en constante transformación. Difundir esta perspectiva es, en cierto sentido, insistir en que proyectar también es escuchar.

Lo que sigue es un diálogo sobre territorio, memoria y arquitectura entendida, ante todo, como una práctica situada.

Alberto Canseco: Para comenzar, ¿quién eres hoy en relación con San Gregorio Atlapulco?

Jaqueline Villagomez: Si pienso quién soy hoy en relación con San Gregorio Atlapulco, diría que soy el resultado de un proceso que no fue lineal ni planeado. Llegué a Xochimilco casi por casualidad, cuando ingresé a la UAM Xochimilco sin conocer su sistema modular ni la forma en que se enseñaba arquitectura. Yo venía del Estado de México y mudarme a San Gregorio implicó enfrentar un territorio que no entendía.

Al inicio, muchas de sus dinámicas me resultaban incómodas. Las fiestas patronales, los cierres de calles, la vida comunitaria tan intensa… incluso me parecían un obstáculo cotidiano. Había una distancia entre mi mirada y el lugar que habitaba.

AC: ¿Qué comenzó a mover esa distancia?

JV: Mientras me formaba en el sistema modular —primero en el tronco interdivisional y después en arquitectura— algo cambió. Algunos profesores trabajaban la vivienda desde una perspectiva humana y situada. Con ellos entendí que la arquitectura no era diseñar edificios monumentales, sino comprender cómo viven las personas. En un ejercicio analizamos nuestra propia vivienda; estudié la casa de la familia de mi pareja, originaria de San Gregorio. Descubrí una organización espacial distinta: cocina y baño al exterior, una vida social intensa, prácticas que respondían a una lógica cultural que yo antes no veía.

A partir de ahí nació un compromiso con el territorio. Cuando terminé la carrera, sabía que quería investigar esas formas de habitar. El sismo de 2017 me obligó a profundizar.

AC: ¿Qué te hizo sentir que ya no bastaba con observar?

JV: Ver las viviendas dañadas y a las familias reorganizando su vida en medio de la fragilidad. Entendí que antes de proponer había que comprender con mayor rigor. Por eso decidí continuar en la maestría. Hoy no entiendo la arquitectura sin entender primero cómo viven las personas.

AC: En tu mensaje inicial hablabas de que no concibes estos lugares por separado. ¿En qué momentos esa intersección se volvió más evidente o más compleja?

JV: La intersección se volvió más evidente a partir del sismo de 2017, aunque el proceso había comenzado antes. Durante la carrera valoraba el territorio desde una mirada académica; analizaba y reflexionaba, pero no intervenía.

El sismo marcó un quiebre. Más allá del daño material, percibí transformaciones en la imagen del pueblo y en las viviendas reconstruidas. Las nuevas configuraciones no dialogaban del todo con lo anterior. Intuía que algo estaba cambiando, pero no tenía herramientas para explicarlo con rigor.

AC: ¿Qué era eso que no terminaba de encajar?

JV: La pérdida de ciertas relaciones espaciales: la reducción del patio, la compactación del interior, la modificación del vínculo con el exterior. No era solo una cuestión formal; sentía que se estaba alterando una lógica histórica de habitar.

Decidí profundizar desde la investigación. Aunque vivía ahí, entendí que la pertenencia no se construye solo por residencia. Investigar desde dentro implicó escuchar con mayor cuidado, asumir una postura ética clara y reconocer que el conocimiento se construye en diálogo con quienes habitan el lugar.

AC: Me planteaste que el eje de este diálogo podría ser la vivienda como proceso social a partir de lo que el sismo de 2017 hizo visible. Desde tu experiencia, ¿qué reveló el sismo sobre las formas de habitar que antes quizá permanecían menos evidentes?

JV: El sismo reveló que la vivienda en San Gregorio no puede entenderse aislada del territorio lacustre. Cuando muchas casas colapsaron, lo visible fue el daño estructural; lo menos evidente fue que cada configuración espacial estaba ligada a prácticas asociadas al agua, la chinampa y el trabajo agrícola.

La vida no se desarrolla únicamente dentro de los muros; se extiende hacia el patio, el terreno y el agua. En la reconstrucción aparecieron viviendas más compactas y el espacio abierto perdió centralidad.

AC: ¿Qué sucede cuando ese exterior pierde centralidad?

JV: Se reconfiguran las dinámicas familiares. La reunión y el trabajo productivo deben adaptarse a espacios más acotados. Sin embargo, el habitar no desaparece: se ajusta. Las prácticas continúan incluso dentro de nuevas configuraciones.

El sismo evidenció que la vivienda no es un objeto terminado, sino parte de un proceso histórico. Se dañaron las estructuras, pero el habitar encontró la manera de sostener la vida cotidiana.

AC: Me gustaría que nos detuviéramos en uno de los casos de vivienda que analizaste. ¿Podrías contarnos la historia concreta de una familia y la transformación de su casa antes y después del sismo?

JV: Analicé una vivienda que había pasado por varias etapas. Su origen era de piedra; después el hijo amplió con block y concreto conforme cambiaban las necesidades familiares. No era un volumen único, sino el resultado de un crecimiento progresivo vinculado al ciclo de vida.

AC: ¿Qué decía ese crecimiento sobre la manera en que la familia entendía su casa?

JV: Que la vivienda era un proceso abierto. Antes del sismo tenía zaguán, área libre amplia, espacios interiores generosos y una relación constante con el exterior. La cocina y la sala permitían reuniones extensas; el espacio abierto funcionaba como extensión natural del área social. La casa estaba preparada para la familia nuclear y para visitas frecuentes. La distribución permitía flexibilidad.

Tras el sismo, la reconstrucción mediante un modelo institucional introdujo una tipología compacta de dos niveles. La cocina se volvió cocineta; la sala quedó bajo la escalera; los espacios se redujeron.

AC: ¿Cómo impactó eso la vida cotidiana?

JV: Se limitó la flexibilidad y la lógica expansiva se interrumpió. Sin embargo, con el tiempo la familia volvió a hacer ajustes: durante la pandemia adaptaron la sala como dormitorio y añadieron un baño. La casa volvió a transformarse. Eso confirma que el espacio doméstico responde a las etapas de vida y a las contingencias.

AC: El análisis arquitectónico, que es una de las áreas en las que te desenvuelves ¿Qué te permitió entender esta formación que quizá no era evidente a primera vista?

JV: El análisis permitió identificar jerarquías espaciales que no eran evidentes a simple vista. El patio, la cocina ampliada o el área de lavado no eran espacios secundarios; funcionaban como nodos de interacción familiar y comunitaria. Su ubicación respondía a una lógica de convivencia.

Levantar planos, reconstruir etapas de crecimiento y dialogar con la familia permitió entender que la vivienda no era una suma de habitaciones, sino una estructura organizada en función de su forma de habitar. El análisis no describía solo cambios físicos, sino cómo esos cambios incidían en la continuidad del habitar.

AC: Has mencionado que las continuidades espaciales pueden persistir incluso cuando la casa se reconstruye. ¿Cómo dialogan memoria y transformación en estos procesos?

JV: Las transformaciones espaciales modifican el entorno inmediato, pero no necesariamente eliminan las lógicas profundas del habitar. Históricamente, la organización doméstica estuvo ligada a la actividad agrícola y al cuidado del agua. La casa funcionaba como extensión del territorio.

AC: ¿Qué implica vivir en una casa que es extensión del territorio?

JV: Que la vida doméstica y la productiva no están separadas. El patio, la chinampa y la vivienda forman parte de un mismo sistema. Aunque después del sismo muchas configuraciones se compactaron, la memoria asociada a esos usos no desapareció. Las prácticas se reacomodaron dentro de nuevas condiciones físicas.

La memoria no implica conservar intacta la forma arquitectónica, sino mantener lógicas de uso que expresan pertenencia. Cuando la casa se transforma, esa forma de existir se reconfigura, pero no desaparece.

AC: Me interesa profundizar en la autoconstrucción. Señalas que no es simplemente precariedad, pero tampoco un proceso idealizado. ¿Cómo la definirías desde lo que has observado y acompañado?

JV: La autoconstrucción puede entenderse como un proceso de configuración del espacio desde la experiencia directa de quienes lo habitan. No se trata únicamente de construir con recursos propios, sino de decidir.

AC: ¿Decidir qué y cuándo?

JV: Decidir cuándo ampliar, qué espacio priorizar, cómo reorganizar la casa ante cambios familiares o emergencias. Es una arquitectura que se desarrolla en el tiempo.

Eso no implica idealizarla. En algunos casos hubo vulnerabilidades estructurales por falta de acompañamiento técnico. Por ello es necesario un diálogo entre saber local y conocimiento profesional. La autoconstrucción revela capacidad organizativa y sentido de pertenencia, pero requiere ser leída con precisión antes de ser sustituida.

AC: Desde tu experiencia, ¿qué debería comprender cualquier arquitecto o profesional antes de intervenir en un territorio como este?

JV: Antes de intervenir, un arquitecto debe comprender que no trabaja sobre un espacio abstracto, sino sobre una forma de vida existente. Entender cómo habitan las personas implica reconocer cómo se distribuyen las actividades, cómo se transforman los espacios con el tiempo y qué significados adquieren.

El proyecto no comienza con el trazo, sino con la escucha. El conocimiento técnico es necesario, pero debe dialogar con la experiencia cotidiana para que la intervención fortalezca, y no interrumpa, la forma de vida existente.

AC: Después de todo este proceso —académico, profesional y personal—, ¿cómo ha cambiado tu propia manera de pensar la vivienda?

JV: Este proceso transformó mi práctica profesional. Dejé de concebir la vivienda como una respuesta formulada desde fuera y la entendí como una construcción conjunta. Proyectar implica interpretar procesos que comenzaron antes y continuarán después.

En lo personal, desarrollé una sensibilidad más atenta hacia los ajustes graduales y la manera en que espacio, familia y entorno se entrelazan. Esa conciencia es quizá el cambio más significativo.

JV: Finalmente, ¿qué te gustaría que quien lea esta conversación se lleve consigo al terminarla?

La vivienda no es un producto terminado, sino un proceso en constante transformación.

Si tuvieras que resumirlo en una frase, ¿qué es la vivienda?

Es una forma de sostener la vida en un territorio específico. No es solo un objeto construido, sino un proceso que articula memoria, familia y entorno.

Al finalizar la conversación, Jaqueline Villagómez comparte algunos espacios donde continúa reflexionando sobre arquitectura, territorio y formas de habitar. Quienes deseen seguir su trabajo pueden hacerlo a través de sus redes profesionales:

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