¿Siguen funcionando las marchas hoy?

Marchar es una forma de acción colectiva donde las demandas sociales adquieren presencia pública.


Cada cierto tiempo las calles de muchas ciudades se llenan de personas que avanzan juntas. Carteles en alto, consignas repetidas en coro, pasos que se sincronizan mientras recorren avenidas. La escena parece conocida. Sin embargo surge una pregunta inevitable. ¿Todavía sirven las marchas como forma de protesta social?

Por Redacción Nota Antropológica 

Lejos de ser solo desplazamientos multitudinarios, las marchas funcionan como una forma organizada de acción colectiva. En ellas, personas que comparten una inconformidad ocupan el espacio público para expresar demandas, llamar la atención sobre un problema, además de intentar influir en las decisiones de instituciones o autoridades.

Diversos estudios sobre movilización social, entre ellos trabajos de investigación de Elsa Rodríguez, así como análisis de la dimensión material de la protesta desarrollados por Blanco y Ohanian, examinan cómo este tipo de manifestaciones operan en la vida pública. Sus análisis muestran que las marchas no se limitan a caminar por una calle. También producen algo menos visible pero importante. Construyen un actor colectivo.


¿Cómo ocurre esto?

Cuando una movilización avanza por la ciudad aparecen múltiples elementos que ayudan a dar forma a esa identidad compartida. Pancartas con consignas, mantas extendidas entre grupos, cantos que se repiten de manera coordinada. También gestos simbólicos, coreografías improvisadas, performances que ocupan plazas o monumentos.

Cada uno de esos recursos cumple una función. Permiten que cientos o miles de personas, muchas de ellas desconocidas entre sí, actúen como un solo cuerpo social. Así, la marcha se convierte en una escena pública donde una causa adquiere forma visible.

Además, dentro de una movilización rara vez existe un solo grupo. Con frecuencia participan organizaciones distintas, colectivos, estudiantes, trabajadores, vecinos o activistas. Cada contingente lleva sus propios mensajes. Algunos marchan por demandas laborales, otros por derechos civiles, otros por causas ambientales.

A primera vista podría parecer una mezcla desordenada. No obstante, esa diversidad también permite construir alianzas temporales. Diferentes grupos encuentran un punto de encuentro durante la movilización, al menos por unas horas, mientras comparten el mismo recorrido.

Las marchas también cumplen otra función importante. Muestran capacidad de convocatoria.

El número de asistentes suele interpretarse como un indicador de fuerza social. Cuando miles de personas ocupan avenidas principales, el mensaje llega a medios de comunicación, autoridades, además de otros sectores de la sociedad. Incluso quienes no participan directamente terminan observando el fenómeno.


Aun así, las marchas tienen límites.

No todas las movilizaciones generan cambios inmediatos en leyes o decisiones públicas. En muchas ocasiones su efecto aparece de manera gradual. Una marcha puede colocar un tema en la conversación pública, impulsar debates sociales, fortalecer redes de organización o motivar nuevas formas de participación.

También existe otro desafío. En ciudades donde las protestas son frecuentes, la repetición puede disminuir el impacto mediático. Algunas movilizaciones pasan casi desapercibidas fuera de los grupos directamente involucrados.

Entonces surge otra pregunta. Si las marchas no siempre producen transformaciones inmediatas, ¿por qué siguen realizándose?


La respuesta aparece en varios niveles.

Por un lado, permiten que causas sociales ganen visibilidad. Por otro, fortalecen vínculos entre personas que comparten inquietudes similares. Además, crean un espacio donde la ciudadanía puede expresar inconformidad sin intermediarios.

Caminar juntos por la ciudad puede parecer un gesto simple. Sin embargo ese gesto continúa siendo una forma de intervención pública. Una forma de decir que un problema existe, que alguien quiere discutirlo, que una parte de la sociedad busca cambiar algo.

Las marchas no son la única herramienta de acción colectiva. Tampoco garantizan resultados inmediatos. Aun así mantienen una función persistente en la vida social contemporánea.

Las calles, después de todo, siguen siendo un escenario donde las voces se encuentran.

¿Y tú alguna vez has participado en una marcha o has observado una desde la banqueta?

Si este tema te hizo pensar en alguna movilización reciente, deja tu comentario o comparte esta nota con alguien que haya salido a marchar alguna vez.


Fuentes

Blanco, I. y Ohanian, S. (2020). La dimensión material de la protesta.

Rodríguez, E. (2010). El actor colectivo en las marchas de protesta. Revista Mexicana de Sociología.

Diversos estudios sobre movilización social y acción colectiva.

Publicar un comentario

Designed by OddThemes | Distributed By Gooyaabi Templates