Cuando la multitud se vuelve argumento

Jason Frank, teórico político, analiza cómo las multitudes contemporáneas funcionan como una forma de representación que busca dar cuerpo al “pueblo” más allá de las urnas.

Las concentraciones masivas no son solo mítines; pueden convertirse en una forma de legitimar el poder más allá de las urnas

Por Redacción Nota Antropológica 

Hay líderes que cuentan votos. Otros cuentan cuerpos. Las cifras importan; las imágenes también. En los últimos años, las concentraciones masivas han ocupado un lugar central en la escena pública de distintos países. No son simples actos de campaña. Tampoco son únicamente celebraciones partidistas. Son algo más.

El investigador Jason Frank se detiene en este fenómeno en su ensayo MAGA Assembled. Allí sostiene que la insistencia de Donald Trump en el tamaño de sus multitudes, desde su toma de posesión en 2017 hasta los hechos del 6 de enero de 2021 en el Capitolio, no puede reducirse a un gesto personal. Se trata de una estrategia que busca dar cuerpo al “pueblo”, convertir una idea abstracta en presencia física.

La escena se repite. Una plaza llena. Banderas. Voces que corean consignas. Teléfonos que registran el momento. El líder habla; la multitud responde. ¿Qué se está representando ahí? No solo apoyo electoral. También se escenifica una identidad colectiva. El mensaje es claro. “Aquí está el verdadero pueblo”.

Frank sostiene que este tipo de movilización no es exclusiva de Estados Unidos. También aparece en la práctica de líderes como Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Jair Bolsonaro en Brasil, Narendra Modi en India o Viktor Orbán en Hungría. En estos casos, las multitudes no son un complemento; forman parte central del modo de ejercer el poder.

El debate va más allá de nombres propios. Se instala en una pregunta que atraviesa la democracia moderna. ¿Quién es el pueblo? ¿El que suma votos en una elección? ¿El que ocupa las calles y se hace visible?

Para explicar esa tensión, el autor retoma discusiones clásicas de la teoría política. Carl Schmitt defendía la idea de que la representación implica encarnar una voluntad colectiva. El líder hace visible una unidad previa, una comunidad que comparte rasgos culturales, nacionales o históricos. En esa mirada, la identidad viene antes que el procedimiento.

Claude Lefort, en cambio, planteaba que en la democracia el lugar del poder queda vacío. Nadie puede apropiarse de él de manera permanente. El pueblo no es un cuerpo homogéneo; es plural, cambiante, discutido. De ahí que la representación sea siempre parcial y transitoria.

Entre estas dos visiones se mueve la escena contemporánea. Las elecciones ofrecen números. La calle ofrece imágenes. Los votos cuentan; las multitudes impresionan. Frank sugiere que el autoritarismo popular no elige entre una forma u otra, sino que combina ambas. Reclama mayoría en las urnas y, además, apela a la energía de la presencia colectiva.

Un caso ilustrativo aparece en Turquía tras el intento de golpe de Estado en 2016. Erdoğan convocó vigilias masivas que se extendieron por días. No eran solo actos conmemorativos. Eran escenificaciones de sacrificio colectivo, demostraciones de lealtad. Esa presencia ofrecía una legitimidad que iba más allá del 52 por ciento obtenido en las elecciones. La calle se convertía en un argumento adicional.

Algo similar ocurrió el 6 de enero de 2021 en Washington. Para quienes participaron, la multitud no era un simple grupo de simpatizantes. Se concebían como la encarnación de “nosotros, el pueblo”, actuando frente a lo que consideraban un fraude. La acción colectiva buscaba afirmar una verdad política distinta a la validada por el conteo oficial.

¿Qué implica todo esto para las democracias actuales? Por una parte, muestra que la representación no se agota en procedimientos formales. También depende de símbolos, emociones, identificación. Por otra parte, plantea un límite. Cuando una multitud se presenta como el único pueblo legítimo, la pluralidad queda desplazada.

La tensión entre cantidad y presencia no desaparece. Se mantiene activa, se alimenta de cada elección, de cada concentración. En esa fricción se juega buena parte del debate contemporáneo sobre democracia y poder.

¿Y tú cómo miras las multitudes que llenan plazas y avenidas en nombre del “pueblo”? Para algunos son expresión viva de participación colectiva. Para otros son una forma de presión que busca sustituir reglas compartidas. Si este tema te interpela, comparte la nota con alguien que disfrute discutir sobre democracia y espacio público, y deja tu punto de vista en los comentarios.


Referencia

Frank, J. 2024. MAGA Assembled. Crowds and Contemporary Popular Authoritarianism.

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