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El ideal que limita.: lo que significa “ser hombre” más allá del mandato



Por Redacción Nota Antropológica 

Un estudio publicado recientemente analiza la construcción cultural de la masculinidad y cuestiona la idea de que existe una sola forma de ser hombre. El investigador Marco Antonio Osorio Orozco, de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM, propone mirar la identidad masculina como una actuación aprendida, no como un destino biológico.


Desde pequeños, muchos escuchan frases como “no llores, pórtate como un hombrecito” o “tú serás el hombre de la casa”. Se repiten en la familia, en la escuela, en los medios. Parecen inofensivas. Sin embargo, según el investigador Marco Antonio Osorio Orozco, estas expresiones no son simples consejos: son mandatos. Forman parte de un libreto cultural que los hombres repiten sin haberlo escrito.

El artículo, publicado en la Revista Tlatelolco, retoma los aportes de la socióloga australiana Raewyn Connell para explicar que la masculinidad no es algo que se tenga, sino algo que se hace. Y ese hacer ocurre dentro de tres dimensiones que organizan la vida social.

La primera es el poder. En casi todas las sociedades, los hombres ocupan los cargos de mayor jerarquía. No por una capacidad natural, sino por un sistema que ha colocado lo masculino en el centro. Este sistema, llamado patriarcado, no solo coloca a los hombres arriba: coloca a las mujeres y a quienes se apartan del molde, en los bordes.

La segunda dimensión es la producción. Desde la división sexual del trabajo, se ha asignado a los hombres el espacio público y a las mujeres el doméstico. Esta división no es neutral: el trabajo de cuidado, no remunerado, queda invisibilizado. Mientras tanto, los hombres son empujados a ser proveedores, a competir, a demostrar que pueden sostener económicamente un hogar.

La tercera es el deseo. La heterosexualidad se presenta como la única orientación sexual legítima. Cualquier deseo, expresión o identidad que se aparte de ella es jerarquizada, subordinada y frecuentemente sancionada. Esto genera violencia simbólica y física contra hombres homosexuales, transgénero, feminizados o no binarios.

El investigador Osorio Orozco explica que estos tres ejes configuran un modelo ideal de masculinidad: blanca, heterosexual, cisgénero, competitiva, racional y autosuficiente. Es un modelo que pocos hombres alcanzan del todo. Pero todos son medidos contra él. Quien no cumple, queda fuera. Y quedar fuera tiene consecuencias.

Para mantenerse dentro del molde, muchos hombres recurren a rituales. La primera pelea, el primer trago de cerveza, la primera relación sexual. Cada uno de estos actos funciona como una prueba. La masculinidad debe demostrarse una y otra vez. Nunca se posee del todo. Siempre está en riesgo.

El costo de esta validación constante es alto. Benno de Keijzer, también citado en el artículo, señala que los hombres mueren más por causas violentas, consumen más alcohol y tabaco, y acuden menos al médico. No es una cuestión biológica. Es cultural. La misma socialización que exige fortaleza, prohíbe la vulnerabilidad.

Asimismo, esta presión afecta las relaciones con los demás. Muchos hombres crecen sin aprender a expresar afecto hacia otros hombres. El miedo a ser percibidos como débiles o feminizados limita los vínculos con amigos, hermanos, padres. La empatía, la ternura y el cuidado se convierten en territorios prohibidos.

Pero el análisis no se detiene en la crítica. El autor también muestra que existen sociedades donde la masculinidad se vive de otra forma. En la cultura tahitiana, por ejemplo, los roles de género son difusos. Los hombres cocinan, cuidan y expresan emociones sin temor a ser feminizados. En la cultura semai de Malasia, no existe el concepto de honor masculino ni división sexual del espacio. Las discusiones a gritos están prohibidas. La violencia no es un mecanismo de validación.

Estos ejemplos demuestran que la masculinidad hegemónica no es universal ni inevitable. Es una configuración histórica. Y lo que se ha construido, puede transformarse.

El artículo invita a pensar en masculinidades disidentes. No se trata de culpar a los hombres individuales, sino de comprender que el modelo impuesto también los limita. Reconocer los privilegios que otorga el sistema no implica negar el costo que pagan quienes intentan cumplirlo. Habilitar otras formas de ser hombre es, también, una vía para construir relaciones más igualitarias.

¿En qué momentos has sentido que debías actuar de cierta manera para ser reconocido como hombre, como mujer o simplemente como alguien válido?

Si esta lectura te movió algo, compártela con alguien con quien nunca hayas hablado de estos temas. Tal vez sea el comienzo de una conversación que también es un acto de transformación.

Fuente:

Osorio Orozco, M. A. (2026). ¿Qué significa ser un hombre de verdad? Aproximaciones desde los estudios de género y las masculinidades. Revista Tlatelolco: democracia democratizante y cambio social, 4(2), 82-101.

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