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Las múltiples formas de vivir la oscuridad en las ciudades



Investigaciones antropológicas muestran que el tiempo nocturno se experimenta de manera distinta según el lugar, el género y la posición social de cada persona

La noche suele pensarse como un bloque uniforme. Un periodo de descanso que comienza con el atardecer y termina con las primeras luces del día. Pero quienes han estudiado este fenómeno desde la antropología saben que la realidad es mucho más compleja. La investigadora Mariana Figueroa Castelán, del Colegio de Antropología Social de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, ha dedicado años a observar cómo distintos grupos sociales construyen sus propias versiones de la noche. Su trabajo, desarrollado principalmente en el Valle Puebla-Tlaxcala, muestra que no existe una sola noche sino muchas, y que cada una responde a contextos, historias y necesidades particulares.


Para entender esta diversidad, primero hay que dejar de lado la idea de que la noche es simplemente la ausencia de luz. Desde una perspectiva social, la noche es un tiempo que se vive en lugares concretos. Una calle iluminada de una colonia residencial no es la misma que un camino oscuro en una comunidad rural. Tampoco es igual la noche para un joven que sale a bailar que para una mujer que camina sola rumbo a su casa después del trabajo. El espacio y el tiempo se entrelazan de tal manera que resulta imposible separarlos. Lo que ocurre durante la noche depende siempre de dónde ocurre.


La autora documenta casos que ilustran estas diferencias. Por ejemplo, los parques infantiles en colonias populares suelen cerrarse con rejas al caer la tarde. Los niños solo pueden usarlos de día, salvo en periodos vacacionales cuando la regla se flexibiliza hasta las diez de la noche. En la madrugada, el acceso está completamente prohibido. Esta regulación muestra cómo el uso del espacio se organiza en función del tiempo, y cómo la noche impone sus propias normas.


También el cuerpo juega un papel central en esta experiencia. La ropa que se usa, la forma de caminar, la actitud que se muestra en la calle son parte de un lenguaje que cambia con la luz. Una joven de Tlaxcala compartió con la investigadora su forma de enfrentar la noche. Decía que le gusta vestirse con ropa ajustada y escotes, pero que por la mañana recibe miradas y comentarios incómodos. Por la noche, en cambio, pasa desapercibida aunque use la misma ropa. La oscuridad le ofrece un cierto anonimato que el día le niega.


Pero ese anonimato no es igual para todos. Las mujeres enfrentan riesgos específicos al habitar la noche. Otra joven, Cynthia, explicaba que para sentirse segura debe mostrar una actitud firme, como si supiera moverse por las calles sin miedo. Esa seguridad que proyecta es una estrategia aprendida, una forma de negociar su lugar en un tiempo que ha sido tradicionalmente masculino.


El contexto también determina cómo se vive la noche. Un habitante de la colonia San Ramón, al sur de la ciudad de Puebla, contaba que en su barrio la noche se siente pesada. Las calles poco vigiladas y la presencia de actividades delictivas generan una atmósfera de riesgo. En cambio, cuando visita a su novia en la colonia La Paz, al norponiente, la noche le parece tranquila y hasta lenta. Aunque su novia y su hermana han sido víctimas de la delincuencia en esa zona, la imagen social del lugar sigue siendo la de un barrio seguro y de tradición.


La tecnología también ha transformado la experiencia nocturna. La llegada de la luz eléctrica cambió por completo la forma de habitar la noche. Una mujer de más de ochenta años, originaria de una comunidad nahua del suroriente poblano, recordaba con nostalgia las noches de su infancia. Decía que antes la noche era más oscura. Esa oscuridad, que hoy podría parecer amenazante, para ella significaba otra forma de relación con el entorno, otra manera de estar en el mundo.


En las ciudades actuales, la luz artificial crea atmósferas que buscan estimular el consumo. Los circuitos de bares y restaurantes, las zonas de vida nocturna, los espacios para el entretenimiento responden a una lógica económica que convierte la noche en un producto. Quienes pueden pagar acceden a ciertos tipos de noche. Quienes no, quedan excluidos o deben conformarse con lo que tienen a su alcance.


El trabajo nocturno es otra dimensión de este fenómeno. Las personas que laboran durante la noche desarrollan estrategias para adaptar su cuerpo y sus emociones a un horario que va contra el ritmo natural. La fatiga, la necesidad de dormir en el día, la dificultad para mantener relaciones sociales con horarios distintos forman parte de su experiencia cotidiana. Para muchos, además, el trabajo nocturno implica riesgos adicionales, como la falta de transporte público a ciertas horas o la necesidad de pagar servicios privados para regresar a casa.


La investigación de Figueroa Castelán también aborda las formas en que las personas crean vínculos durante la noche. El anonimato que ofrece la oscuridad puede facilitar encuentros que durante el día serían más difíciles. Amistades, relaciones afectivas, conversaciones improvisadas encuentran en la noche un espacio propicio. Pero también los conflictos se intensifican. La falta de luz, el cansancio, el consumo de alcohol pueden llevar a situaciones de tensión que en otro momento quizá no ocurrirían.


Estudiar la noche implica además un desafío metodológico. Para los investigadores, acceder a ese tiempo-espacio requiere adaptar sus técnicas y, en muchos casos, enfrentar los mismos riesgos que sus informantes. Las investigadoras mujeres, en particular, deben sortear obstáculos adicionales. La noche ha sido históricamente un territorio masculino, y entrar en él como mujer implica negociar constantemente la propia seguridad.


La propuesta de Figueroa Castelán y de otros investigadores que trabajan este tema es clara. Hay que hablar de noches, en plural. Porque cada grupo social, cada persona, cada contexto produce su propia versión de lo que significa la noche. La noche del trabajador que vuelve a casa en el último camión no es la misma que la del joven que busca diversión en un antro. La noche de la mujer que camina con paso firme para mostrarse segura no es la misma que la de quien puede permitirse pagar un taxi para no esperar en la oscuridad. La noche del niño que duerme mientras sus padres trabajan no es la misma que la del adulto que no puede conciliar el sueño.


Entender estas diferencias no es solo un ejercicio académico. Tiene implicaciones prácticas para la forma en que se diseñan las ciudades, se organizan los servicios públicos, se regulan las actividades nocturnas. También ayuda a comprender mejor las desigualdades que atraviesan la vida cotidiana. Porque el acceso a la noche, como el acceso a tantas otras cosas, está distribuido de manera desigual.


Qué versiones de la noche conoces y cuáles te gustaría explorar?


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Fuente: Figueroa Castelán, Mariana. "Seis reflexiones antropológicas en torno al estudio social de la noche: teorías, metodologías y casos". Sociológica México, año 41, número 113, enero-junio de 2026, pp. 161-192.

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