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El vagabundaje como forma de habitar la ciudad

Personas en situación de calle desarrollan conocimientos específicos del entorno urbano que no aparecen en las estadísticas. Imagen generada con IA. 


Las personas sin residencia fija construyen formas propias de vivir el espacio público, lejos de las definiciones impuestas por leyes y políticas sociales.


En una calle del centro histórico, un hombre extiende cartones sobre el pavimento. No muy lejos de ahí, una mujer organiza objetos recuperados para intercambiarlos por monedas. Ninguno se define como indigente o vago. Esa distancia entre lo que dicen los documentos oficiales y lo que ocurre cada noche en las banquetas es el punto de partida para repensar un fenómeno que suele explicarse desde el escritorio.


Investigaciones antropológicas como las de Piña Cabrera, Arámburo, Santander y Paredes han documentado que el vagabundaje no es solo carencia económica ni simple falta de vivienda. Se trata de una categoría construida históricamente, cargada de prejuicios que asocian el estar en la calle con la improductividad o la amenaza social. Durante siglos, las leyes contra la vagancia en América Latina vincularon la ciudadanía con tener domicilio fijo y empleo formal. Quienes no cumplían esos requisitos fueron etiquetados como desviados.


Sin embargo, quienes viven en el espacio público desarrollan rutinas, códigos y relaciones sociales específicas. Saben a qué hora pasa el camión del agua, conocen los horarios de las panaderías que donan producto del día anterior y distinguen entre las cuadras donde pueden dormir sin ser molestados y aquellas donde la policía los despertará antes del amanecer. Estas habilidades constituyen una forma de conocimiento urbano que no aparece en los censos.


La calle se vuelve entonces un hábitat complejo. No representa únicamente abandono o sufrimiento. Para algunas personas significa autonomía para organizar el tiempo sin patrones ni horarios fijos. Para otras implica la posibilidad de mantenerse alejadas de dinámicas familiaares conflictivas. Asimismo, el reciclaje de materiales desechados se convierte en oficio y las banquetas funcionan como talleres improvisados donde se reparan objetos que otros han dejado de usar.


Las ciudades modernas producen encuentros constantes con la diferencia cultural. El vagabundaje forma parte de esa heterogeneidad urbana aunque las narrativas oficiales lo presenten como anomalía. Los habitantes de la calle no están fuera de la sociedad sino que ocupan sus pliegues, aquellos espacios donde las promesas de empleo estable y vivienda digna no llegaron o llegaron rotas.


Los relatos etnográficos recogidos por estos investigadores muestran que las personas generan vocabulario propio para nombrar su experiencia. Cantonear, andar en la calle o vivir el quemero son expresiones que describen situaciones específicas, diferenciadas entre sí. Esta capacidad de autodefinición contradice la imagen del vagabundo como sujeto pasivo que espera asistencia.


Por otra parte, las dinámicas estructurales como el crecimiento demográfico acelerado, las migraciones internas y la flexibilización laboral han intensificado la presencia de personas sin residencia permanente en las urbes. No se trata de un fenómeno nuevo sino de una manifestación contemporánea de desigualdades históricas. La diferencia radica en que hoy existen más investigaciones dispuestas a escuchar antes de diagnosticar.


El vagabundaje interroga los valores sobre los cuales se organiza la vida en las ciudades. Pone en cuestión la centralidad del trabajo asalariado como único medio legítimo de subsistencia. Cuestiona también la idea de que toda persona debe habitar un espacio cerrado con llaves y cerraduras. Quienes duermen a la intemperie muestran que la ciudad también puede ser hogar aunque no tenga muros.


¿Has mirado con atención a las personas que permanecen en las calles que recorres a diario?


Para algunos, esos cuerpos en el pavimento representan el fracaso del sistema económico o la evidencia de políticas sociales insuficientes. Para otros, son simplemente parte del paisaje urbano, tan naturales como los postes de luz o los botes de basura. Entre ambas perspectivas existe un territorio poco explorado como el de la conversación posible, el reconocimiento mutuo, la pregunta por el nombre.


Si esta lectura te llevó a recordar a alguien que vive en situación de calle en tu colonia o ciudad, comparte la nota. El primer paso para que una historia sea contada es que alguien decida escucharla.


Fuente:

Piña Cabrera, L., Arámburo, M., Santander, A. y Paredes, R. (s.f.) Estudios antropológicos sobre vagabundaje y cultura urbana en México. Antropología Urbana

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