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¿Por qué no es correcto llamar “dialectos” a las lenguas indígenas?

Las lenguas indígenas no son variantes menores, son formas completas de nombrar el mundo. 


Una mirada desde la lingüística social explica cómo las palabras que usamos para nombrar las lenguas también construyen realidades culturales, educativas e identitarias.

Por Redacción Nota Antropológica 

Hablar es un acto cotidiano. Nombrar también lo es. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué sucede cuando una lengua indígena es llamada “dialecto”. ¿Se trata solo de una forma distinta de decir lo mismo, o existe algo más detrás de esa palabra que parece tan común?


En el marco del Día Internacional de las Lenguas Indígenas promovido por la UNESCO, investigaciones desde la lingüística social recuerdan que no todas las palabras son neutrales. Autores como Michael Silverstein, además de estudios difundidos por la UNESCO, la UNAM Internacional, Britannica, junto con análisis publicados en repositorios académicos latinoamericanos, han señalado que la diferencia entre lengua, idioma, lenguaje, además de dialecto no es solo técnica; también implica relaciones históricas entre comunidades, educación, además de reconocimiento social.


Para entender el debate, primero conviene aclarar los conceptos básicos. El lenguaje es la capacidad humana para comunicarse mediante símbolos; no pertenece a un grupo en particular, forma parte de la experiencia humana. Una lengua, en cambio, es un sistema específico con reglas propias, como el náhuatl, el maya o el español. El término idioma suele usarse cuando esa lengua tiene reconocimiento institucional dentro de un territorio. El dialecto describe una variante dentro de una misma lengua, como ocurre con distintas formas regionales del español.


La confusión aparece cuando se usa “dialecto” para nombrar lenguas indígenas completas que no derivan del español. Muchas poseen estructuras gramaticales propias, sonidos distintos, formas únicas de organizar el tiempo o el espacio en el discurso. No son versiones simplificadas de otra lengua. Son sistemas completos que funcionan por sí mismos dentro de sus comunidades.


¿Cómo ocurrió entonces que durante décadas se les llamara dialectos? La respuesta tiene que ver con procesos históricos vinculados al periodo colonial, a modelos educativos centrados en una sola lengua nacional, además de ideologías lingüísticas que jerarquizan ciertos modos de hablar. Desde esta perspectiva, nombrar algo como dialecto puede reducir su reconocimiento social. No se trata solo de un término académico, también influye en políticas públicas, en la percepción cotidiana, incluso en la forma en que niñas, niños o personas adultas valoran su propia forma de hablar.


Las investigaciones indican que cuando una lengua es etiquetada como dialecto, suele asociarse con ámbitos domésticos o rurales, mientras que el idioma dominante se vincula con la educación formal o el trabajo. Este contraste genera dinámicas de diglosia, es decir, situaciones donde una lengua ocupa espacios de prestigio social mientras otra queda limitada a contextos específicos. Además, puede afectar la transmisión intergeneracional, ya que algunas familias optan por dejar de enseñar su lengua ante la idea de que tiene menor valor social.


Por otra parte, la lingüística contemporánea sostiene que todas las lenguas poseen variantes internas. El español también tiene dialectos. El inglés, el francés, el portugués presentan diferencias regionales que no cuestionan su estatus como lenguas. Entonces surge una pregunta inevitable. ¿Por qué ciertas lenguas reciben el nombre de idioma mientras otras son llamadas dialectos, aun cuando tienen estructuras igual de complejas?


La respuesta apunta hacia las ideologías lingüísticas. Este concepto se refiere a creencias compartidas sobre qué formas de hablar son consideradas legítimas dentro de una sociedad. Dichas creencias no nacen únicamente de la lingüística, se relacionan con historia, educación, además de procesos de organización social. Nombrar una lengua indígena como dialecto puede reflejar una visión heredada de contextos coloniales donde algunas lenguas eran vistas como auxiliares frente a una lengua dominante.


Sin embargo, también existen cambios recientes. Diversas políticas educativas en América Latina reconocen a las lenguas indígenas como lenguas nacionales. Programas comunitarios impulsan su enseñanza en escuelas, medios digitales amplían su presencia, investigaciones académicas muestran que cada lengua representa una forma particular de comprender el entorno natural, las relaciones sociales, la memoria colectiva.


Esto no significa que el uso del término dialecto desaparezca por completo. En lingüística sigue teniendo un sentido técnico cuando se habla de variaciones internas dentro de una misma lengua. El problema surge cuando se emplea de forma general para referirse a lenguas completas, ya que puede contribuir a malentendidos sobre su complejidad o su papel en la sociedad.


Así, el debate no gira solo alrededor de palabras. Habla de reconocimiento, de educación, de identidad. ¿Qué sucede cuando una persona escucha que su lengua es un dialecto sin valor escolar? ¿Cómo cambia la conversación cuando se reconoce como lengua con historia propia? Las investigaciones coinciden en que el modo de nombrar influye en el modo de relacionarnos con la diversidad lingüística.


Al final, quizá la pregunta no sea únicamente cómo debemos llamar a las lenguas indígenas, sino qué historias se activan cada vez que elegimos una palabra en lugar de otra.


¿Y tú… alguna vez has pensado qué implica la forma en que nombras las lenguas que escuchas a tu alrededor?


Si esta nota te hizo reflexionar, deja tu comentario, comparte tu experiencia o envíala a alguien que querrá aprender sobre la diversidad lingüística.

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