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| David Graeber falleció en 2020, pero su análisis sobre la violencia silenciosa de los trámites y la asimetría entre quienes mandan y quienes obedecen sigue vigente. |
La antropología frente a las zonas muertas de la imaginación social
Por Redacción Nota Antropológica
El antropólogo estadounidense David Graeber pasó meses intentando obtener un poder notarial para administrar la cuenta bancaria de su madre enferma. Lo que encontró no fue un simple problema administrativo sino un laberinto de requisitos contradictorios, funcionarios que no conocían su propio trabajo y notarios que firmaban documentos sin leerlos. Esta experiencia, narrada en su ensayo Dead Zones of the Imagination, le sirvió para ilustrar algo que su disciplina ha preferido ignorar durante décadas: existen espacios de la vida social que parecen diseñados para repeler cualquier intento de interpretación.
Para Graeber, estos espacios son zonas muertas. No porque carezcan de efectos sobre la vida de las personas, sino porque operan mediante una lógica de simplificación violenta que bloquea la creatividad y la imaginación. La antropología, acostumbrada a estudiar rituales densos en simbolismo o sistemas de parentesco cargados de significado, ha evitado sistemáticamente ocuparse de estos territorios áridos. Allí donde no hay nada que interpretar, los antropólogos suelen mirar hacia otro lado.
Pero la burocracia no es el único ejemplo de estas zonas muertas. Graeber sostiene que toda estructura social basada en la desigualdad requiere, para sostenerse, de la amenaza real de la fuerza física. El racismo, el sexismo, la pobreza o la explotación laboral no pueden existir sin la presencia explícita o implícita de la coerción. Y esta violencia, aunque no siempre se manifieste en golpes o agresiones directas, produce lo que el autor denomina estructuras de simplificación.
¿Cómo funciona este mecanismo? Las personas en posiciones subordinadas deben realizar un trabajo constante para entender, anticipar y manejar las percepciones de quienes tienen el poder. Los empleados aprenden a descifrar los estados de ánimo de sus jefes, los ciudadanos intentan comprender los laberintos burocráticos, los grupos marginados desarrollan estrategias para moverse en entornos hostiles. Quienes ocupan posiciones de poder, por el contrario, no necesitan hacer este esfuerzo. La amenaza de la fuerza les garantiza la obediencia sin necesidad de comprender a quienes están debajo.
Esta asimetría imaginativa tiene consecuencias concretas. Los poderosos pueden permitirse ignorar las vidas, los deseos y las percepciones de los subordinados. Pueden permanecer en una especie de ignorancia infantil que resulta funcional para el mantenimiento del orden establecido. Los subordinados, en cambio, desarrollan una capacidad interpretativa aguda, una mirada atenta que les permite sobrevivir en entornos donde un error de lectura puede tener costos elevados.
La literatura ha sabido capturar esta dinámica mejor que las ciencias sociales. Graeber menciona a Kafka, a Saramago, a Heller, a Kadare. Todos ellos lograron representar el carácter absurdo y circular de los laberintos burocráticos mediante lo que podríamos llamar horror-cómico. Esa mezcla de angustia y ridículo que produce enfrentarse a normas que cambian sin aviso, a funcionarios que aplican reglas que ellos mismos no comprenden, a procesos diseñados para impedir cualquier salida.
La policía ocupa un lugar particular en este esquema. Graeber la define como burocracia armada, como la manifestación física de la violencia administrativa. Su función principal no es combatir el crimen sino imponer definiciones de la situación. Cuando alguien desafía esa definición, cuando se niega a aceptar el papel que le ha sido asignado, aparece la fuerza. Los agentes no golpean a quienes cometen delitos sino a quienes cuestionan su autoridad para definir quién es sospechoso y quién no.
Esta capacidad de imponer categorías simplificadas sobre la complejidad de la vida social es, para Graeber, una forma de violencia en sí misma. Reducir a una persona a la condición de expediente, de número de trámite, de caso pendiente, implica negar su densidad humana. Implica tratarla como un elemento más dentro de un engranaje diseñado para procesar individuos sin considerar sus circunstancias particulares.
La obsesión de la cultura popular con detectives y policías adquiere aquí otro significado. Esas narrativas heroicas muestran a personajes que operan en la frontera entre la información y la fuerza, que utilizan su capacidad interpretativa para imponer orden sobre el caos. Pero en la vida real, sostiene Graeber, cuando el poder burocrático recurre a la violencia pierde precisamente esa capacidad interpretativa. Se vuelve estúpido en el sentido más literal del término: incapaz de coordinar múltiples perspectivas, de considerar puntos de vista diferentes al propio.
El problema no es menor para quienes se dedican a la teoría social. Graeber advierte que toda teoría implica una simplificación, una forma de ignorancia calculada que permite enfocar la atención en ciertos aspectos mientras se dejan otros de lado. El riesgo surge cuando esas simplificaciones teóricas se convierten en herramientas de los sistemas burocráticos, cuando pasan a formar parte de los mecanismos que clasifican, ordenan y procesan a las personas.
La antropología ha privilegiado durante décadas el estudio de lugares densos en significado, espacios donde la vida social se despliega en toda su complejidad simbólica. Pero al hacerlo ha dejado intactas esas zonas muertas creadas por la violencia y la desigualdad. Ha contribuido, quizás sin proponérselo, a la misma indiferencia que hace posibles estas estructuras.
¿Y tú has tenido que enfrentarte alguna vez a un laberinto burocrático que parecía diseñado para que no pudieras resolverlo? La diferencia entre unos y otros no es cuestión de capacidad individual sino de posición en estructuras que distribuyen de manera desigual la carga de tener que interpretar.
Si esta nota te hizo recordar a alguien que está atravesando un proceso burocrático complicado, quizás puedas compartirla con esa persona. A veces saber que otros han pasado por lo mismo no resuelve el problema, pero al menos ayuda a sentir que no se está solo frente al laberinto.
Fuente
Graeber, D. (2015). Dead Zones of the Imagination: On Violence, Bureaucracy, and Interpretive Labor. En: The Utopia of Rules: On Technology, Stupidity, and the Secret Joys of Bureaucracy. Melville House Publishing.

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