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| Pierre Bourdieu, autor de "¿Qué significa hablar?", planteó que las palabras tienen un valor social que cambia según quién las pronuncia y en qué contexto. |
Detrás de cada conversación cotidiana se esconden relaciones de poder, jerarquías invisibles y un mercado donde las palabras tienen precio
Por Redacción Nota Antropológica
Hay frases que se dicen a diario sin mayor trascendencia. Un "buenos días" al entrar a una tienda, una conversación entre amigos, una exposición en el trabajo. Pero detrás de esos intercambios aparentemente simples, ocurre algo más complejo: cada palabra pronunciada está siendo evaluada, clasificada y valorada según reglas que pocas veces se mencionan en voz alta.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu dedicó buena parte de su trabajo a entender este fenómeno. En su investigación sobre la economía de los intercambios lingüísticos, planteó una idea que puede ser incómoda para algunos: el lenguaje no es un tesoro compartido por igual entre todos los miembros de una sociedad. No todos hablamos la misma lengua, aunque usemos las mismas palabras, pero ¿a qué se refiere con esto?
Para entenderlo, basta con observar lo que ocurre en situaciones cotidianas. Por ejemplo, una persona que utiliza una variante dialectal regional de un idioma en una oficina pública puede ser tratada de manera distinta a quien emplea el lenguaje formal aprendido en la escuela. Un acento considerado "rural" puede cerrar puertas laborales, mientras que una pronunciación asociada a ciertos sectores sociales las abre sin necesidad de méritos adicionales ¿te suena familiar?
Bourdieu explica que existe un mercado lingüístico donde las palabras adquieren valor. Este mercado no es un lugar físico, sino un conjunto de reglas sociales que determinan qué formas de hablar son legítimas y cuáles no. La lengua oficial, esa que se enseña en las escuelas y se exige en los documentos públicos, se impone como la única aceptable en espacios formales.
El proceso mediante el cual una forma de hablar se vuelve dominante tiene historia. En el caso de Francia, que Bourdieu analiza con detalle, la imposición del francés como lengua única fue parte de la construcción del Estado. Durante siglos, los dialectos regionales como el occitano o el bearnés fueron desplazados de los espacios oficiales. Quienes solo hablaban esas lenguas quedaron excluidos de la administración, la política y la educación. Situación comparable a lo que vivió la población indígena en América durante el periodo colonial.
La escuela jugó un papel central en este proceso. No solo enseñó el francés, sino que instaló la idea de que las otras formas de hablar eran inferiores, toscas o incorrectas. Los niños aprendieron que su lengua materna, la que usaban en casa, no servía para triunfar. Muchos padres dejaron de hablarla con sus hijos pensando que así les darían mejores oportunidades.
Este fenómeno no es exclusivo de Francia. En contextos coloniales o poscoloniales, la imposición de la lengua del colonizador sobre las lenguas originarias sigue teniendo efectos hoy. En muchos países de América Latina, hablar una lengua indígena puede significar discriminación o exclusión. El valor social de lo que se dice depende entonces de la posición que ocupa quien habla.
Bourdieu introduce un concepto para comprender este fenómeno: el habitus lingüístico. Se trata de la manera en que incorporamos formas de hablar a través de nuestra historia personal y social. No aprendemos a hablar solo escuchando, sino también en relación con las personas con quienes nos comunicamos y los espacios donde lo hacemos.
Una persona criada en un entorno donde se valora la expresión formal y cuidada desarrollará una relación distinta con el lenguaje que alguien criado en un contexto donde prima la inmediatez y la espontaneidad. Esta diferencia no es cuestión de capacidad, sino de trayectoria social. El problema es que luego, en el mercado laboral o educativo, una de esas formas será premiada y la otra sancionada.
La relación con el lenguaje también se expresa en el cuerpo. La forma de articular las palabras, la tensión o distensión de los labios, incluso la postura al hablar, son señales que los demás interpretan. Una pronunciación considerada "descuidada" puede asociarse con falta de educación, mientras que una dicción controlada se vincula con seriedad y competencia. Estos juicios operan por debajo del umbral de la conciencia, pero tienen efectos concretos en la vida cotidiana.
En las interacciones cotidianas, las personas anticipan cómo serán evaluadas. Esto genera lo que Bourdieu llama censura estructural: antes de hablar, ajustamos lo que vamos a decir según el contexto y según quién nos escucha. Un joven que solicita trabajo en una oficina modulará su forma de hablar de manera distinta a como lo hace con sus amigos. Otro ejemplo sería cuando una persona en una reunión laboral puede esforzarse por evitar rasgos de su habla que podrían ser juzgados como poco profesionales.
Esta anticipación no siempre es consciente. Forma parte de un sentido práctico que se adquiere con la experiencia. Pero tiene consecuencias, ya que las personas que sienten que su forma de hablar no es valorada pueden optar por el silencio en espacios formales. No porque no tengan nada que decir, sino porque saben que lo que digan será medido con una vara que les resulta desfavorable.
Los trabajos de Bourdieu también abordan situaciones donde el lenguaje alcanza su máxima eficacia simbólica. Los actos de institución, como nombrar a alguien en un cargo público, otorgar un título académico o casar a dos personas, son ejemplos de cómo las palabras pueden crear realidades. Un juez que dice "los declaro marido y mujer" no está describiendo algo, sino produciendo un nuevo estado social.
Pero esa capacidad no reside en las palabras mismas, sino en la autoridad delegada a quien las pronuncia. El juez puede hacerlo porque una institución lo respalda. Un sacerdote puede bendecir porque la Iglesia le ha otorgado esa potestad. La fuerza de estas expresiones proviene de afuera, de la creencia colectiva en la legitimidad de quien habla.
Las luchas por la identidad regional o étnica también se juegan en el terreno del lenguaje. Cuando un grupo reivindica el derecho a llamar a su territorio por un nombre distinto al oficial, o a que su lengua sea reconocida, está disputando el poder de nombrar. Nombrar es, en cierta medida, hacer existir. Una región que no aparece en los mapas oficiales o una lengua que no se enseña en las escuelas tienen más dificultades para persistir.
Bourdieu muestra que los criterios para definir una identidad no son casualidades naturales sino el resultado de luchas simbólicas donde distintos grupos intentan imponer su visión del mundo. Los científicos sociales, al proponer definiciones sobre qué es una etnia o una región, participan también en estas luchas, aunque pretendan mantenerse neutrales.
El análisis del discurso filosófico permite ver otro mecanismo de poder simbólico. Al respecto podemos hablar de filósofos como Martin Heidegger quien desarrolló un lenguaje complejo, lleno de términos técnicos y giros elaborados. Esta formalización cumple una función: separa a quienes pueden comprenderlo de quienes no. Crea una élite de intérpretes autorizados, los únicos capaces de descifrar el mensaje verdadero detrás de las palabras.
Quienes dominan ese código pueden decir cosas que de otra forma serían inaceptables. Expresar desprecio por la cultura de masas, por la vida moderna o por ciertos grupos sociales, pero hacerlo en un lenguaje tan elevado que la crítica parece referirse a cuestiones ontológicas, no políticas. El contenido se vuelve irreconocible, pero sigue operando en quienes comparten las claves de interpretación.
Algo similar ocurre con ciertas corrientes del marxismo académico. Grupos de intérpretes se arrogan el monopolio de la lectura correcta de los textos clásicos. Definen qué es ortodoxo y qué no lo es. Crean un vocabulario de pecados teóricos como historicismo, empirismo, estructuralismo. Esta retórica permite ejercer autoridad sobre el campo intelectual sin necesidad de recurrir a argumentos explícitos.
La teoría de los climas de Montesquieu ofrece otro ejemplo de cómo funciona la mitología científica. Bajo una apariencia de rigor, con referencias a la medicina de la época y observaciones geográficas, se esconde una estructura de pensamiento basada en oposiciones elementales. Los pueblos del norte, fríos y fuertes, serían amantes de la libertad. Los del sur, cálidos y sensuales, tenderían al despotismo.
Este esquema no proviene de la observación, sino de prejuicios culturales profundamente arraigados. Pero al presentarse con ropajes científicos, adquiere legitimidad. La palabra "relajamiento" conecta lo físico con lo moral: fibras relajadas, costumbres relajadas. El mito se cuela en el discurso dominante y desde allí se reproduce.
En todos estos casos, lo que está en juego es la capacidad de imponer una visión del mundo social. Quien logra que su forma de nombrar las cosas sea aceptada como la correcta, quien consigue que su lengua sea la lengua legítima, quien define qué discursos merecen ser escuchados y cuáles no, ejerce un poder real sobre la sociedad.
Las personas no son meras receptoras pasivas de estas dinámicas. También desarrollan estrategias para navegarlas. Algunos optan por la hipercorrección, esforzándose por adoptar las formas más valoradas, aunque eso implique cierta rigidez. Otros, seguros de su posición, pueden permitirse transgresiones controladas, usar lenguaje coloquial en contextos formales sin perder prestigio.
Las mujeres han ocupado históricamente una posición particular en este mercado lingüístico. Más inclinadas a adoptar las formas legítimas, en parte por su papel en la reproducción social y en el mercado matrimonial. Pero también más expuestas a la censura cuando su forma de hablar se desvía de lo esperado.
Según Pierre Bourdieu las clases populares desarrollan una relación distinta con el lenguaje. Valoran la espontaneidad, la fuerza expresiva, lo directo. La contención y el control que caracterizan al habla burguesa pueden ser percibidos como afectación o falta de autenticidad. Pero en los espacios donde se juegan las oportunidades, esa espontaneidad se vuelve una desventaja.
Lo que Bourdieu propone, en el fondo, es dejar de pensar el lenguaje como un instrumento neutral de comunicación. Cada conversación, cada entrevista de trabajo, cada trámite administrativo es también un acto donde se negocian posiciones sociales. Las palabras no solo dicen cosas: hacen cosas. Clasifican, jerarquizan, excluyen o incluyen.
Entender esto no implica resignación. Al contrario, permite identificar los mecanismos mediante los cuales ciertas formas de hablar se vuelven dominantes. Ayuda a comprender por qué algunas personas callan en contextos donde otras hablan con fluidez. Explica por qué un mismo mensaje puede tener efectos tan distintos según quién lo pronuncie y en qué contexto.
Las implicaciones de esta mirada alcanzan a la educación, las políticas públicas, la comunicación cotidiana. Si el lenguaje no es un don repartido por igual, sino un capital que se adquiere en condiciones desiguales, entonces la enseñanza no puede limitarse a transmitir normas gramaticales. Debe también hacer conscientes esas reglas sociales que determinan el valor de lo que decimos.
Referencia
Bourdieu, P. (1985). ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Akal.

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