El cuerpo como territorio: más allá de la escena



La práctica artística de Darla Alarcón interroga el espacio público, la memoria y las tensiones sociales desde una dimensión corporal y colectiva.

Por Redacción Nota Antropológica 

Para la bailarina e investigadora escénica ecuatoriana Darla Alarcón, el cuerpo no es un instrumento que se exhibe sobre un escenario. Es, ante todo, un territorio vivo. Un espacio donde se inscriben la historia personal, las memorias del lugar que se habita y las contradicciones de una sociedad que a menudo prefiere olvidar. Su trabajo, desarrollado entre Guayaquil y Manta, transita por esa convicción: el movimiento es una forma de conocimiento y el arte, una práctica para interrogar el mundo.

Su camino, sin embargo, no ha sido lineal. Alarcón recuerda una curiosidad temprana por el ritmo de las hojas o los pasos en el recreo, una intuición que la llevó a formar parte, desde los doce años, de agrupaciones fundacionales de la danza urbana en su ciudad. Esa experiencia temprana implicó también enfrentar resistencias. “Muchas de nuestras decisiones fueron cuestionadas y, en más de una ocasión, nos llamaban ‘los chicos rebeldes’”, recuerda sobre el momento en que, siendo adolescentes, decidieron crear su propio colectivo. Esa rebeldía, sostiene, no era otra cosa que la afirmación de una vocación.

La decisión de profesionalizarse llegó en medio de una crisis personal y del escepticismo de su entorno. “Para mis padres no era una decisión evidente”, admite. La intervención de una tía y el hallazgo fortuito de un video de la recién creada Universidad de las Artes de Guayaquil abrieron una puerta. Antes de audicionar, un profesor de danza urbana le advirtió que probablemente no sería aceptada por su falta de formación en ballet. “En ese momento fue un golpe fuerte”, confiesa. Sin embargo, aquella advertencia se convirtió en una lección: lo único que podía hacer era intentarlo.

Ya dentro de la academia, su práctica comenzó a densificarse. Pero fue fuera de ella, al graduarse de una maestría en 2025, donde surgió una pregunta crucial: ¿cómo sostener la creación artística más allá del cobijo institucional? Esa inquietud, sumada a la escasez de espacios para entrenar danza contemporánea en Guayaquil, la llevó a buscar redes de colaboración. Así, junto a Jean Correa, cofundó Geometrías Vivas, un laboratorio itinerante que explora la relación entre el cuerpo, la arquitectura urbana y las tensiones sociales. El proyecto, explica, nació de “una insistencia compartida: la de seguir creando, investigando y aprendiendo en comunidad”.

Una experiencia en particular marcó un antes y un después en su comprensión del espacio público. En diciembre de 2020, en plena pandemia y frente al edificio de la Fiscalía en Guayaquil, participó en una acción performática del Colectivo Cuerpxs Rabiosxs. Sobre sus cuerpos, ella y otra compañera escribieron los nombres de mujeres víctimas de femicidio cuyos casos permanecían impunes. Tendidas en el suelo, con ropa rasgada, buscaban visibilizar una violencia estructural que la crisis sanitaria no hacía sino agudizar. La acción desató la incomodidad de los funcionarios y, finalmente, la intervención policial. Lo más alarmante ocurrió cuando una camioneta de un fiscal se aproximó al lugar donde yacía el cuerpo de Alarcón. “Varias personas comenzaron a gritar y Miryam corrió hacia mí para resguardar mi seguridad”, relata.

De esa vivencia extrajo una comprensión profunda sobre el performance: “Cuando el cuerpo se coloca allí con una intención crítica, no solo transforma el espacio: también se expone a sus tensiones, a sus resistencias y a sus riesgos”. Pero en esa fricción, afirma, reside su potencia. El cuerpo, al insistir en permanecer, nombra aquello que la sociedad intenta olvidar.

Esa idea del cuerpo como territorio se transformó radicalmente con otra experiencia. A inicios de 2025 viajó a la comunidad de Kuserua, en la selva ecuatoriana. Allí, frente a otras formas de vida y necesidades más apremiantes, apareció una “incomodidad crítica”. “¿Cómo practicar el arte cuando el territorio te recuerda constantemente que la vida cotidiana está atravesada por urgencias mucho más inmediatas que la creación artística?”, se preguntó. Esa pregunta la obligó a reconocer los márgenes de privilegio desde los que a menudo opera el arte. Desde entonces, para ella, el cuerpo es un lugar donde lo sensible y lo político se encuentran sin remedio.

Esta conciencia también redefine su relación con la autogestión y la precariedad, condiciones cotidianas del campo artístico en América Latina. Sostener la práctica implica, dice, “habitar una constante inestabilidad”. Significa ensayar en espacios prestados, compartir recursos y aceptar que el trabajo artístico no siempre garantiza estabilidad económica. Sin embargo, en esa fragilidad también emerge la potencia de lo colectivo. El trabajo en grupo, con todas sus tensiones y desacuerdos, se convierte en una experiencia humana que permite crear algo que ninguno podría haber hecho solo.

¿Y tú… alguna vez has sentido que un lugar de la ciudad guarda la memoria de algo que viviste allí? .

Entrevista realizada por Alberto Canseco para Nota Antropológica.


Fuente:

Canseco, A. (2026). Entrevista a Darla Alarcón: "El cuerpo no solo ocupa el espacio público, también lo escucha y lo interroga" [Entrevista personal]. Nota Antropológica.


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