“Entendí que la desigualdad también puede quitar la vida, y ahí comenzó mi vocación” Ysabel Gutiérrez Yagui, abogada de derechos humanos



Abogada e investigadora experta en justicia transicional y derechos humanos, Ysabel Gutiérrez nos habla sobre las heridas que marcan una vocación, el litigio como herramienta de cambio y el complejo camino hacia la búsqueda de justicia en el Perú.


Hay trayectorias que no comienzan en la universidad, sino en una pregunta que se instala desde la infancia. En esta conversación, Ysabel Gutiérrez reconstruye el camino que la llevó a la defensa de los derechos humanos: desde una escena temprana de desigualdad hasta su participación en procesos clave de justicia en el Perú.
Su historia no solo recorre expedientes, tribunales y comunidades, sino también un quiebre personal que transformó su manera de entender la justicia. Porque, a veces, el trabajo profesional y la vida propia se cruzan de formas inesperadas, obligando a replantearlo todo.

Entrevista con Ysabel Gutiérrez, abogada de Derechos Humanos y Alberto Canseco, Editor Nota Antropológica 

Alberto Canseco: ¿Quién eras antes de llegar a la Comisión de la Verdad y Reconciliación? ¿Qué experiencias personales o formativas te condujeron hacia la defensa de los derechos humanos?

Ysabel Gutiérrez: Antes de unirme a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), era una joven abogada recién egresada de una universidad privada en Lima. En ese entonces daba mis primeros pasos como asistente legal en una ONG dedicada a la protección y defensa de los derechos humanos, pero mi verdadera formación no comenzó en las aulas, sino mucho antes, en la azotea de mi casa.
Hay dos momentos —uno en mi infancia y otro en mis últimos años de la carrera— que marcaron profundamente mi sentido de la justicia.
El primero ocurrió cuando tenía seis o siete años. Estaba en la terraza del tercer piso, rodeada de mis muñecas, cuando escuché el llanto de una niña. Al asomarme, vi la realidad al otro lado del muro: una familia vivía en una choza de esteras, y sus hijos jugaban con objetos rotos, vistiendo ropa gastada. Esa escena me provocó una pena profunda y una pregunta que no me abandonaría: ¿por qué ellos no tenían lo mismo que yo?
Mi respuesta, entonces, fue limpiar mis muñecas y lanzarlas por encima del muro, intentando —desde mi lógica infantil— equilibrar algo que no entendía.
Poco tiempo después, el hermano mayor de esa familia murió electrocutado mientras ayudaba a su padre con unas conexiones eléctricas. Esa pérdida me mostró que la desigualdad no solo se trataba de carencias materiales, sino de la vida misma. Comprendí que la desigualdad no solo te quita cosas: puede quitarte la vida. Desde entonces, esa pregunta —¿por qué ellos no y yo sí?— se convirtió en el motor de mi existencia.

A.C.: Esa escena no solo marca una sensibilidad temprana, sino también una forma de entender la desigualdad como algo vivido, no abstracto. ¿En qué momento esa inquietud se convierte en una decisión profesional?

Y.G.: Mi vocación se definió años después, cuando trabajaba como asistente legal en una Organización no Gubernamental de derechos humanos y comencé a visitar centros penales de máxima seguridad en pleno conflicto armado interno.

En ese espacio, rodeada de personas comprometidas con la defensa de quienes habían sido injustamente acusados, el derecho dejó de ser una abstracción teórica para convertirse en un compromiso concreto. Ahí entendí que mi lugar estaría siempre al lado de las víctimas, nunca de los perpetradores.

Ese trabajo me llevó a comunidades altoandinas y a cárceles donde personas inocentes purgaban condenas. Mi labor consistía en analizar expedientes y preparar casos que serían presentados ante la Comisión Ad Hoc de Indultos. Sin embargo, más allá de los documentos, fueron las historias las que terminaron por formarme.

A.C.: En ese tránsito entre expedientes y vidas concretas, ¿hubo encuentros que te marcaran especialmente?

Y.G.: Sí, hubo muchísimas historias; sin embargo, hay una que todavía conservo una con mucha claridad.

Es la historia de Benita, una joven de la selva central de apenas 18 años. Separadas por el locutorio enmallado, me hizo una petición que desarmó cualquier lógica legal: quería un espejo. Después de diez meses de encierro, me dijo que ya no recordaba su propio rostro y que había olvidado cómo sonreír. En ese instante entendí que no estaba frente a un caso, sino frente a una identidad que el sistema estaba borrando.

Gracias a la lucha de organizaciones de derechos humanos y la sociedad civil, cerca de 900 personas lograron recuperar su libertad. Pero fue Benita quien me enseñó que la verdadera defensa no termina cuando se abre una celda: comienza cuando una persona recupera su rostro, su dignidad y su capacidad de soñar.

Con esa convicción —con el espejo de Benita en mi memoria— decidí aceptar el reto de trabajar por la verdad de todo un país... 

A.C.:¿Hubo un momento específico —una escena concreta— que transformara tu manera de entender la justicia?

Y.G.: Sí. Mi comprensión de la justicia cambió de forma irreversible en mi etapa como asistente legal; fue en esa ONG de derechos humanos donde realmente me formé y entendí el peso de mi profesión.  

En ese entonces, la organización no solo ejercía la defensa jurídica, sino que también editaba una revista donde se documentaban casos y avances procesales de personas injustamente acusadas en el contexto del conflicto armado interno. Fue en ese entorno —entre el análisis legal y la necesidad de narrar la verdad— donde viví una escena que marcó un antes y un después en mi vocación.

Mi forma de entender la justicia no nació de los códigos, sino de una llamada telefónica de un minuto.

Recibí la llamada de José Almeida, un hombre que, desde un teléfono público, pedía ayuda tras tres años de encierro sin sentencia. Su caso no correspondía directamente a nuestra línea de trabajo, pero su voz se quedó conmigo.

Días después decidí visitarlo. Para ingresar al penal común más hacinado de Lima, tuve que adaptarme a las condiciones impuestas: alquilar ropa específica, pasar revisiones invasivas, atravesar un entorno hostil. Finalmente lo encontré. Le decían “el Padrecito”. Llevaba consigo una Biblia y una bolsa de plástico donde guardaba los pocos documentos que le quedaban.

Me contó que su familia había vendido todo para pagar al “mejor abogado de su ciudad”, quien lo visitó algunas veces prometiéndole libertad, hasta que fue trasladado a Lima y abandonado a su suerte. 

A.C.: Hasta ahí, pareciera una historia más dentro de muchas. ¿En qué momento ese caso se vuelve personal?

Y.G.: Se volvió personal en el instante en que tomé el expediente y leí el nombre del abogado.
Era mi padre.

El tiempo se detuvo.

Yo había crecido sin él. No lo conocí hasta los diecinueve años. Mi historia estaba marcada por su ausencia, pero en ese momento su figura reaparecía de la peor forma posible: como responsable de una negligencia que yo había decidido combatir.

Ese hallazgo fracturó mi identidad. Ya no era solo una abogada frente a un caso de injusticia; era también una hija enfrentando la sombra de su propio origen.

Aun así, decidí seguir adelante. Con una mezcla de rabia, responsabilidad ética y convicción, logré que mi jefe aceptara el caso, bajo una condición: si conseguíamos la absolución, yo debía decirle a José quién era y quién era mi padre.

A.C.: Ahí ya no solo está en juego un caso jurídico, sino una historia personal. ¿Cómo viviste ese proceso?

Y.G.: Fueron meses de trabajo intenso. Investigación, revisión de pruebas, construcción del caso. Pero también fue un proceso interno.

No solo estaba buscando la libertad de José; estaba enfrentando una parte de mi propia historia.
Finalmente, tras cinco meses de trabajo, logramos su absolución.

El día que recuperó su libertad, cumplí mi promesa. Le conté quién era. Al escuchar nuestros apellidos, el silencio se instaló entre nosotros. Luego, entre lágrimas, me dijo algo que transformó mi manera de entender la justicia:
“Su padre me abandonó, pero tuvo que llegar usted para devolverme la vida”.

En ese momento entendí algo: la justicia no es solo la aplicación de la ley. Es la posibilidad de reparar la dignidad humana, incluso cuando esa reparación atraviesa nuestras propias heridas.
Él nunca supo que, mientras yo luchaba por sacarlo de esa celda, también estaba intentando rescatar el apellido que compartíamos.

Esa experiencia transformó para siempre mi manera de entender la justicia. Comprendí que las leyes son insuficientes si no pasan por la empatía, y que a veces la vida nos confronta con nuestras propias sombras para darnos la oportunidad de transformarlas en algo distinto.

José encontró su libertad. Y yo, en ese proceso, encontré el verdadero sentido de mi vocación: ser un puente entre el error y la posibilidad de reparación.

A.C.: ¿Cómo impactó emocionalmente en tu vida personal el escuchar de manera sistemática testimonios de violencia?

Y.G.: Escuchar de manera constante testimonios de violencia e injusticia no fue un proceso neutro. Con el tiempo, el dolor de otros dejó de ser algo externo y empezó a formar parte de mi vida cotidiana.

No fue un impacto inmediato, sino acumulativo. Cada historia, cada relato, iba dejando una huella. Hubo momentos en los que sentí que mi propia estructura emocional se fragmentaba, como si tuviera que desarmarme para poder sostener lo que escuchaba. Era una forma de desgaste, pero también de transformación.

Aprendí a convivir con esa carga. A entender que la libertad es frágil y que el ser humano puede quedar completamente expuesto frente a sistemas que no protegen, sino que vulneran.

A.C.: Cuando el trabajo deja de ser solo trabajo y empieza a tocar lo personal, ¿qué cambia en la forma en que te entiendes a ti misma?

Y.G.: Cambia todo.

En mi caso, ese contacto constante con el dolor ajeno no solo generó desgaste emocional, sino también una claridad ética muy fuerte. La justicia dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en una necesidad urgente, casi vital.

Pero hubo algo más profundo. En ese proceso, empecé a reconocer que mi propia historia también estaba atravesada por las mismas lógicas de abandono e injusticia que veía en los casos que trabajaba.

Entender eso fue, de alguna forma, cerrar una herida que ni siquiera sabía que estaba abierta.
Mi vocación dejó de ser únicamente profesional. Ya no se trataba solo de liberar a personas de celdas injustas, sino de reivindicar la verdad como una herramienta capaz de sanar —no solo a una sociedad, sino también a una misma.

A.C.: Hay algo ahí que parece importante: no solo acompañar el dolor de otros, sino también encontrarte con el propio. ¿Cómo se sostiene eso en el tiempo?

Y.G.: No siempre se sostiene de manera equilibrada.
Hubo momentos en los que sentí que para poder seguir acompañando a otros tenía que dejar partes de mí en silencio. Como si mi mente hubiera construido un refugio para poder continuar, aun cuando eso implicara no mirar del todo ciertas experiencias propias.

Con el tiempo entendí que esa también era una forma de sobrevivir.

Pero también comprendí algo más: que escuchar el dolor ajeno me estaba enseñando una lección que no esperaba. La justicia, cuando es real, no solo repara la vida del otro; también le da sentido a la propia.
Y la paz… la paz no necesariamente viene de resolverlo todo, sino de poder reconciliarte con tu propia historia.

Hoy sé que mi trabajo me dio propósito. Pero también tuvo un costo. Y aprender a reconocer ambos lados ha sido parte fundamental de mi camino.

A.C.: En el paso de la escucha en campo al litigio estratégico, ¿qué cambió en tu concepción de la verdad?

Y.G.: Cambió casi todo.
Al inicio, mi relación con la verdad estaba profundamente vinculada a la escucha. Era una verdad que se construía desde el testimonio, desde el relato directo de las víctimas. Era una verdad humana, situada, cargada de memoria y de dolor.
Pero cuando pasé al litigio estratégico, entendí que esa verdad, por sí sola, no era suficiente.

En el ámbito judicial, la verdad no solo debe ser dicha: debe ser demostrada. Tiene que sostenerse en pruebas, en argumentos, en estándares que permitan que sea reconocida dentro de un sistema que muchas veces es ajeno a la experiencia de quienes han sufrido la violencia.

A.C.: Entonces, ¿la verdad cambia cuando entra al terreno jurídico?

Y.G.: No cambia en su esencia, pero sí en su forma.
La verdad que surge del testimonio sigue siendo el punto de partida. Es ahí donde está el sentido del caso. Pero el litigio te exige traducir esa experiencia en un lenguaje que el sistema pueda reconocer: pruebas, documentos, argumentación jurídica.
Ahí entendí que una historia, por más poderosa que sea, necesita ser sostenida técnicamente para poder incidir.

El reto está en no perder de vista que detrás de cada argumento hay una vida. Que el expediente no sustituye la historia, sino que la contiene.

A.C.: ¿Y qué implica eso en términos más amplios? ¿Se trata solo de ganar casos individuales?

Y.G.: No. Ese fue uno de los aprendizajes más importantes.

El litigio estratégico no busca únicamente resolver un caso particular. Busca algo más amplio: generar precedentes, evidenciar fallas estructurales, obligar al Estado a cambiar prácticas.

En ese sentido, la verdad deja de ser solo una forma de reparación individual y se convierte en una herramienta de transformación colectiva.
Ya no se trata únicamente de hacer justicia para una persona o una familia, sino de evitar que lo mismo vuelva a ocurrir.

A.C.: Pero ese proceso suele ser largo, incluso desgastante. ¿Qué te sostuvo ahí?

Y.G.: Las propias víctimas.

El litigio estratégico me enseñó algo que no aprendí en ningún libro: la persistencia de quienes, a pesar de todo, siguen buscando justicia.

Acompañar esos procesos es enfrentarse a un sistema que puede ser lento, indiferente e incluso revictimizante. Pero también es ver cómo, a pesar de todo, las personas no abandonan su búsqueda.
Eso te obliga a sostenerte también.

Entendí que la justicia no siempre es inmediata ni perfecta, pero cuando se persigue con convicción, puede llegar. Y cuando llega, no solo resuelve un caso: deja una marca en el sistema.

A.C.: Si miras tu trayectoria como un proceso, ¿cuál dirías que fue tu mayor quiebre o punto de inflexión?

Y.G.: Si miro mi trayectoria como un proceso, el mayor quiebre no fue un ascenso ni un reconocimiento académico, sino el momento en que el expediente de un desconocido reveló la sombra de mi propio origen.

Ese hallazgo, en el penal común, donde el nombre de mi padre aparecía como responsable de una negligencia que yo había decidido combatir, fracturó mi manera de entenderme a mí misma. Dejé de ser una observadora de la injusticia para convertirme, de algún modo, en parte de ella.
Fue un quiebre de identidad.

Ese momento me obligó a integrar dos dimensiones que hasta entonces estaban separadas: la mujer que creció con la ausencia de un padre y la profesional que buscaba enfrentar las fallas del sistema de justicia. Entendí que mi lucha no era únicamente externa, sino también una forma de reparación personal.

A partir de ahí, mi vocación dejó de ser solo una elección profesional y se convirtió en una postura ética. Comprendí que para defender la libertad de otros tenía que ser capaz de confrontar mi propia historia. 

A.C.: Y, sin embargo, tu trayectoria no se queda ahí. Hay un segundo momento que también marca un cierre importante.

Y.G.: Sí. Hay un segundo punto de inflexión que le da otro sentido a todo el camino recorrido.
Mi participación como investigadora en el juicio contra el expresidente Alberto Fujimori fue, para mí, el cierre de un ciclo.

Desde que comencé como practicante en aquella organización de derechos humanos, escuchando testimonios de víctimas en comunidades alejadas, todo parecía conducir hacia ese momento. Era como si cada historia recogida, cada expediente revisado, encontrara finalmente un espacio donde ser escuchado con la seriedad que merecía.

A.C.: Ahí ya no hablamos de un caso individual, sino de algo mucho más amplio.

Y.G.: Exactamente.

Si en el caso de José Almeida logré una forma de reparación individual, en este proceso sentí que estaba frente a una posibilidad de justicia colectiva.
La sentencia condenatoria por delitos de lesa humanidad no fue solo un resultado jurídico. Fue, para mí, una forma de restitución para todas aquellas personas cuyas voces habían sido ignoradas durante años.

En ese momento entendí que el litigio estratégico, cuando se sostiene en la memoria y en el rigor, tiene la capacidad de alcanzar incluso los niveles más altos del poder.

Y que la justicia, aunque tarde, puede abrirse paso.

A.C.: Después de todo ese recorrido, ¿cómo miras hoy tu propia historia?

Y.G.: Hoy entiendo que mi trayectoria no ha sido solo un ejercicio profesional, sino un proceso de integración.

La justicia dejó de ser algo externo para convertirse en una forma de habitar el mundo. En ese camino, aprendí que no se trata únicamente de resolver casos, sino de sostener la memoria, de escuchar con dignidad y de no apartarse, incluso cuando el proceso es difícil.

También aprendí que la reparación no siempre es completa. Que hay heridas que no desaparecen, pero que pueden transformarse en algo distinto.
Si algo le da sentido a todo lo vivido, es saber que cada historia acompañada, cada proceso sostenido, contribuye —aunque sea de forma mínima— a que la injusticia no se repita.

Y que, a pesar de todo, vale la pena insistir.



A raíz de este proceso de reflexión y escritura, Ysabel Gutiérrez Yagui se encuentra actualmente trabajando en un libro de memoria personal, en el que profundiza muchas de las experiencias y vivencias que atraviesan esta conversación. Este proyecto busca ampliar, desde una mirada íntima, los procesos de justicia, memoria y reparación que han marcado su trayectoria.

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