El mapa de Michel Foucault para entender el racismo del presente

El filósofo francés Michel Foucault durante sus años de enseñanza en el Collège de France, donde dictó el curso que después se convertiría en Genealogía del racismo.


Un hallazgo en los archivos del pensamiento francés: Michel Foucault evidenció como la discriminación racial moderna no nace del miedo al extranjero sino de una maquinaria silenciosa que decide quién vive y quién muere.

Por Redacción Nota Antropológica 

Hay ideas que viajan en el tiempo sin hacer ruido. Luego, un día, alguien las encuentra y todo empieza a verse distinto. Eso acaba de pasar con un curso que el filósofo Michel Foucault dictó en París hace casi cincuenta años. Las clases, que estuvieron perdidas en grabaciones y transcripciones durante décadas, reaparecen hoy como un mapa para entender algo que muchos creían conocer: el racismo. Pero lo que muestran no tiene nada que ver con lo que suele decirse.

Foucault no habla de prejuicios ni de maltratos. No cuenta la historia de cómo unos odian a otros. En su lugar, hace un descubrimiento inquietante. El racismo moderno, el que instalan los Estados, el que se escribe en leyes y se aplica en políticas públicas, no nació del odio. Nació de una guerra. Una guerra antigua, olvidada, que los historiadores dejaron de contar.

Corría el siglo XVII en Inglaterra. La sociedad estaba dividida entre quienes se creían descendientes de los normandos, los invasores, y quienes reclamaban su herencia sajona, los vencidos. Algo similar ocurría en Francia con francos y galo-romanos. En ambos lugares, un puñado de pensadores comenzó a escribir la historia al revés. Ya no cantaban las glorias de los reyes. Contaban cómo unos pueblos habían sometido a otros a sangre y fuego. La paz, decían, no era más que la guerra disfrazada. Las leyes eran las cicatrices de batallas perdidas.

Ese discurso, que Foucault llama la contrahistoria, circuló durante décadas como arma de los desplazados. Los nobles lo usaban para reclamar privilegios. Los rebeldes para exigir derechos. Pero a fines del siglo XVIII algo cambió. El Estado, ese aparato silencioso que empezaba a organizar la vida de millones de personas, tomó el viejo relato y lo transformó.

Ya no se trataba de dos pueblos enfrentados desde tiempos remotos. Ahora se hablaba de uno solo, pero amenazado desde adentro. Los enemigos ya no venían de otras tierras. Vivían aquí. Eran los enfermos, los criminales, los que no encajaban. La palabra raza dejó de nombrar a los extranjeros. Empezó a señalar a los peligrosos.

Foucault encuentra en esta mutación el origen de algo nuevo. Por esos mismos años, el poder cambió de forma. Durante siglos, el soberano había tenido un derecho simple: hacer morir o dejar vivir. La muerte era su momento de gloria. Pero las sociedades industriales necesitaban otra cosa. Necesitaban gente sana, trabajadores fuertes, poblaciones que crecieran y produjeran. El poder se volvió biológico. Su tarea ya no era matar sino hacer vivir.

Y entonces apareció la paradoja. Si el poder existe para proteger la vida, ¿cómo justifica la muerte? ¿Cómo se puede eliminar a alguien en nombre de la vida misma?

El racismo, dice Foucault, fue la respuesta. La única manera de matar en una sociedad que tiene como misión hacer vivir es presentar esa muerte como una necesidad biológica. El otro ya no es un enemigo al que se vence. Es una amenaza que hay que eliminar para que el resto pueda sobrevivir. Los débiles deben desaparecer para que los fuertes se fortalezcan. Los enfermos deben ser apartados para que los sanos no se contagien. La muerte de unos se convierte en la salud de otros.

Este mecanismo, que Foucault rastrea en documentos polvorientos y discursos olvidados, no se quedó en el pasado. Viajó con las potencias coloniales, que justificaron la dominación de continentes enteros apelando a la superioridad de unas razas sobre otras. Se filtró en las guerras del siglo XIX, vistas como formas de regenerar los pueblos. Y alcanzó su forma más cruda en el siglo XX, cuando Estados enteros organizaron la eliminación de poblaciones completas en nombre de la pureza biológica.

El hallazgo de Foucault es inquietante porque desplaza el problema. El racismo no sería entonces una mancha en la conciencia de algunas personas, un defecto moral que la educación podría corregir. Sería una tecnología de poder, un mecanismo instalado en el corazón mismo del Estado moderno. Y como toda tecnología, puede ser usada, olvidada, reactivada.

Hoy, cuando los discursos sobre la seguridad, la salud pública o la identidad nacional vuelven a clasificar a las personas entre las que merecen quedarse y las que deben irse, las preguntas de Foucault resuenan de otro modo. No se trata de señalar con el dedo a quienes odian. Se trata de entender cómo, una y otra vez, el poder encuentra la manera de trazar esa línea invisible que separa las vidas que importan de las que no.

¿Y tú... en qué conversaciones de los últimos meses has escuchado esa línea trazarse de nuevo?

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Fuente

Foucault, M. (1992). Genealogía del racismo. Editorial Altamira.


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