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| Franz Boas, fundador de la escuela americana de lingüística y pionero en el estudio de las lenguas indígenas desde el trabajo de campo directo. |
Su trabajo con las lenguas indígenas transformó para siempre la forma en que entendemos la cultura y el lenguaje
Cuando Franz Boas llegó a la Tierra de Baffin en el invierno de 1883, el paisaje helado del Ártico le ofreció algo más que una lección de supervivencia. Allí, conviviendo con un grupo de esquimales, el joven alemán comenzó a comprender algo que pocos estudiosos de su tiempo estaban dispuestos a aceptar: para entender verdaderamente una cultura, primero había que aprender su lengua y escuchar lo que sus hablantes tenían que decir.
Gonzalo Aguirre Beltrán, antropólogo mexicano, dedicó un extenso análisis a la figura de este investigador nacido en Minden, Westfalia, en 1858. En su texto, Aguirre Beltrán sostiene que Boas no solo fue un pilar de la antropología estadounidense, sino que sus esfuerzos por profesionalizar esta disciplina en México, especialmente en el campo de la lingüística, han permanecido en una injusta penumbra.
El método que Boas impulsó partía de una premisa sencilla pero revolucionaria para su época. Antes de su llegada a la escena académica, los estudios sobre pueblos indígenas se alimentaban casi exclusivamente de los relatos de misioneros, funcionarios coloniales y viajeros de comercio. Hombres que observaban desde la distancia y escribían desde el prejuicio. Boas, en cambio, propuso algo distinto: la recolección de materiales debía realizarla personal profesional, entrenado en una metodología científica rigurosa y, sobre todo, capaz de convivir con las comunidades.
Sir James Frazer, autor de La Rama Dorada y figura emblemática de la antropología evolucionista, solía presumir que jamás había estado entre los salvajes cuyas formas de vida describía con lujo de detalles. A Dios gracias, nunca, respondía cuando le preguntaban. Boas representaba la antítesis de esa postura. Para él, el trabajo de campo no era una opción sino la condición misma de posibilidad de una ciencia del hombre.
En 1896, desde su posición en la Universidad de Columbia, Boas publicó un artículo que sacudió los cimientos de la antropología de su tiempo. Se titulaba “Las limitaciones del método comparativo en antropología” y en él cuestionaba la forma en que los evolucionistas construían sus monumentales teorías. Aquellos pensadores comparaban costumbres de pueblos distantes, encontraban similitudes superficiales y, sobre esa base frágil, edificaban leyes universales del desarrollo humano. La civilización europea aparecía siempre como la cúspide de un progreso necesario e inevitable.
Boas no negaba la evolución cultural, pero sí el método. ¿Cómo podían afirmarse leyes generales sin un conocimiento razonable de los hechos? ¿De qué servían las grandes síntesis si descansaban sobre datos recogidos por personas indoctas? La única vía legítima, sostenía, era el estudio minucioso de cada cultura en su propio territorio, en su propia lengua y desde sus propias categorías.
Aquí es donde la lingüística adquirió para él un papel central. Boas entendió que la lengua no era simplemente un instrumento para comunicarse, sino la forma misma en que una comunidad organiza su pensamiento y su visión del mundo. Influido por las ideas de Herder y Humboldt, quienes otorgaban al lenguaje la capacidad creativa de conformar la cosmovisión de cada pueblo, Boas abordó el estudio de las lenguas indígenas con una perspectiva novedosa.
Durante sus años de trabajo en la costa del Pacífico norte, entre los kwakiutl y tribus afinas, Boas no se limitó a recoger listas de palabras o paradigmas gramaticales. Se sumergió en la vida de esas comunidades, registró sus mitos, sus relatos populares, sus biografías. La lengua se convirtió así en la puerta de entrada a la estructura interna de la cultura, ese núcleo relativamente estable donde residen los procesos psicológicos que dan forma a la experiencia humana.
Pero su influencia no se detuvo en las fronteras de Estados Unidos. En 1909, siguiendo sus indicaciones, una joven promesa mexicana llamada Manuel Gamio viajó a la Universidad de Columbia para formarse profesionalmente en antropología. Gamio había sido recomendado por Zelia Nuttall, estudiosa del pasado mesoamericano avecindada en Coyoacán, con quien Boas mantuvo una fluida correspondencia durante años.
Dos años después, en enero de 1911, se inauguraba en la ciudad de México la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americanas, un proyecto largamente acariciado por Boas. La escuela contó con el patrocinio de Prusia, la Universidad de Columbia y el gobierno mexicano. Boas asumió la secretaría del comité directivo y, desde esa posición, comenzó a formar a las primeras generaciones de antropólogos profesionales en nuestro país.
En sus cursos de la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de México, Boas combatió las ideas de fondo racista que los evolucionistas habían propagado. Con ejemplos tomados de su experiencia de campo, demostraba hasta la saciedad que todas las lenguas, incluidas las europeas, disponen de iguales facultades para la expresión de ideas abstractas. No era posible ubicarlas en una secuencia de progreso que hiciera a unas salvajes, a otras bárbaras y a las menos civilizadas.
Tampoco existía correlación entre el tipo físico de una población, su lengua y su cultura. Raza, lengua y cultura, insistía Boas, varían independientemente. Una afirmación que, en un tiempo donde el darwinismo social pretendía transferir hipótesis biológicas al ámbito cultural, resultaba profundamente incómoda para muchos.
En Milpa Alta, en Pochutla, Oaxaca, y en otros lugares del país, Boas se dedicó a estudiar la fonética del náhuatl y sus variaciones dialectales. Le interesaban especialmente las modificaciones que la lengua experimentaba por su contacto prolongado con el castellano. En todas partes de América, escribió, las lenguas nativas son transformadas por el contacto con lenguas europeas, no solo en el vocabulario sino también en la fonética y en la gramática.
Esta atención a los procesos de cambio lingüístico lo llevó a cuestionar las clasificaciones meramente genealógicas de las lenguas. Una clasificación de ese tipo, sostenía, no representa adecuadamente el desarrollo de lenguas que han estado en contacto durante siglos. Era preciso tomar en cuenta además la hibridación, esto es, la aculturación lingüística.
En 1917, Boas fundó el International Journal of American Linguistics, una publicación que se convertiría en vehículo fundamental para los estudios sobre lenguas indígenas del continente. En su introducción al primer volumen, insistió en la necesidad de ser precavidos ante los intentos por descubrir orígenes comunes cuando no se contaba con documentos que ilustraran las conexiones históricas. Las lenguas influyen unas sobre otras, los préstamos léxicos pueden llegar a cambiar la sustancia del idioma sin alterar sus formas internas. Antes de resolver problemas de origen, era preciso describir los procesos que ocurrían ante nuestros ojos.
Tres años después, en un artículo publicado en American Anthropologist, Boas delineó con claridad su propuesta metodológica para el estudio de las lenguas. El primer momento consistía en el estudio de la diferenciación dialectal, que facilita el conocimiento de las semejanzas morfológicas entre estructuras de habla vecinas. El segundo lo constituía el estudio detallado de la distribución de las manifestaciones fonéticas, gramaticales y lexicográficas, incluyendo la descripción de los principios en que se basa el agrupamiento de conceptos. El tercero, finalmente, ponía interés no solo en la investigación de las similitudes lingüísticas sino igualmente de las disimilitudes entre las lenguas.
Esta manera de trabajar, atenta a los detalles y reticente a las generalizaciones prematuras, fue heredada por sus discípulos. Entre ellos, Eduardo Sapir, con formación universitaria como lingüista, encaminó sus intereses por el ámbito del estudio de las lenguas ágrafas y se convirtió en el exponente más lúcido de la nueva tendencia. Leonard Bloomfield, por su parte, llevó el rigor positivista hasta sus últimas consecuencias y dominó la lingüística estadounidense durante décadas. Sin embargo, como el propio Bloomfield reconocería más tarde, en un sentido o en otro, Boas fue el maestro de todos ellos.
La influencia de Boas en México no se limitó a sus años de enseñanza directa. A través de Manuel Gamio, sus ideas sobre la antropología como ciencia aplicada encontraron terreno fértil. Gamio fundaría el departamento de antropología en la Secretaría de Agricultura, en congruencia con la concepción de una antropología capaz de incidir en la realidad social del país.
Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con el enfoque boasiano. En la década de 1930, Robert Redfield y sus colegas de la Universidad de Chicago, formados en el funcionalismo estructural británico, criticaron a Boas por su negativa a formular leyes generales. Lo acusaban de incapacidad para conformar un sistema científico sólido. Más tarde, Julian Steward en Estados Unidos y Ángel Palerm en México lamentaron lo que consideraban un tiempo perdido durante el largo predominio de las ideas de Boas. La suspensión provisional del pensamiento teórico, argumentaba Palerm, conducía a la parálisis progresiva.
También en Europa se alzaron voces críticas. Jean Poirier, historiador de la etnología, reprochaba a Boas su propensión a dispersarse en el estudio de aspectos variados de la antropología, desde la antropología física hasta el folklore, con mengua del rigor científico.
Estas críticas, sin embargo, parecen no tomar en cuenta una cuestión fundamental. La supuesta ausencia de teoría en la obra de Boas no era sino un arbitrio para demoler las especulaciones dominantes e implantar, a través de la metodología histórica, una nueva forma de entender la dinámica cultural. La acumulación paciente de materiales a que él y sus seguidores se dedicaron era la tarea ingente que exige toda disciplina cuando inicia sus primeros pasos, si es que ha de alcanzar la condición de ciencia.
Boas sabía muy bien que detrás de esa tarea de acopio era preciso el respaldo de una orientación teórica definida para elegir los hechos pertinentes. Y sabía también que el procedimiento empleado en la investigación era un buen recurso para encaminar la búsqueda y valoración de los datos. Su ambiciosa meta, la conformación de una ciencia del hombre comprehensiva que abarcara ramas múltiples, era ciertamente una utopía difícil de lograr, pero en modo alguno irrealizable.
Hoy, cuando la antropología y la lingüística enfrentan nuevos desafíos, la lección de Boas sigue vigente. Antes de construir grandes teorías, debemos asegurarnos de que los materiales con que trabajamos son confiables. Antes de comparar, debemos comprender cada fenómeno en su propio contexto. Antes de juzgar, debemos aprender la lengua del otro y escuchar lo que tiene para decir.
¿Y tú has tenido la oportunidad de escuchar una lengua distinta a la tuya y dejarte interpelar por su manera particular de nombrar el mundo?
Si conoces a alguien que estudie lenguas indígenas, que trabaje con comunidades originarias o que simplemente sienta curiosidad por la diversidad lingüística de nuestro país, comparte esta nota con esa persona.
Fuente
Aguirre Beltrán, G. (1983). Franz Boas, la antropología profesional y la lingüística antropológica de México. Anales de Antropología, 20(1), 9-30.

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