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| Para Karen López, acompañar es sostener procesos de justicia en medio de la incertidumbre, la frustración y las fallas del sistema. Foto: Cortesía Karen López. |
Una conversación con Karen López sobre el acompañamiento a mujeres en contextos de violencia, las tensiones del sistema de justicia y las formas de sostenerse cuando las instituciones no responden.
En México, denunciar no siempre es sinónimo de justicia. Entre burocracias, omisiones y violencias que se reproducen dentro de las propias instituciones, muchas mujeres enfrentan un camino más complejo de lo que imaginaron al decidir hablar.
En este contexto, el acompañamiento se vuelve algo más que una función profesional: es una forma de sostener, traducir, insistir y, muchas veces, resistir.
En esta conversación, Karen López —abogada, psicóloga y facilitadora— reflexiona sobre lo que implica acompañar a mujeres en procesos institucionales que no siempre están a la altura de sus propias promesas, y sobre las tensiones emocionales, éticas y humanas que atraviesan ese trabajo.
Entrevista con Karen López, abogada por Alberto Canseco, Editor, Nota Antropológica
Alberto Canseco: En tu trabajo conviven varios roles: abogada, psicóloga, facilitadora de escritura terapéutica, consultora y docente. ¿Cómo se entrelazan estas dimensiones cuando acompañas a mujeres que han vivido violencia?
Karen López: Es una gran pregunta, porque en realidad separar todas las partes que integran a una misma persona es muy complicado, sobre todo cuando se acompaña a mujeres en situaciones de vulnerabilidad. En esos procesos es difícil que no converjan otras áreas de lo que una es y de lo que sabe hacer, como la psicología, la docencia o la facilitación de procesos terapéuticos.
A veces puede parecer que los límites entre las profesiones se desdibujan o que el acompañamiento se limita únicamente a la función formal que una está desempeñando en ese momento. Sin embargo, también creo que todas esas dimensiones están presentes de alguna manera y dialogan entre sí.
Cuando se acompaña a una persona que ha vivido experiencias de violencia —y que muchas veces atraviesa procesos traumáticos—, el acompañamiento necesita ser diferenciado. Implica una escucha profundamente compasiva, pero también una orientación que permita a la persona resignificar sus experiencias y, si así lo decide, enfrentar un proceso de acceso a la justicia.
En ese sentido, esta dimensión multifacética de mi trabajo también me permite generar rapport y construir espacios de confianza. Esa confianza es fundamental para poder atravesar juntas los procesos. En el camino, inevitablemente recurro a herramientas de distintos ámbitos de mi formación que ayudan a sostener y acompañar mejor esos procesos.
A.C.: En lo que dices aparece algo importante: acompañar no es solo una función técnica, sino una forma de estar con otras.
Desde tu experiencia, ¿qué significa realmente acompañar a una mujer que decide denunciar o enfrentar un proceso institucional?
K.L.: Acompañar a una mujer en un proceso de denuncia implica, en primer lugar, prepararla para lo tormentoso que puede llegar a ser ese camino. Esto significa ser muy honesta respecto a los alcances reales de un proceso institucional, las fallas del sistema y las situaciones que, desafortunadamente, pueden resultar revictimizantes.
Muchas veces el propio sistema vuelve a colocar a las mujeres en un lugar de vulnerabilidad, donde no siempre se les reconoce como sobrevivientes, sino que se les vuelve a situar únicamente en el lugar de víctimas. Por eso, parte importante de mi trabajo consiste en hablar de esto con claridad, anticipar lo que puede ocurrir y preparar el camino para que sea un poco menos duro dentro de lo posible.
Acompañar también implica actuar con honestidad y, en muchas ocasiones, hacer cosas que no necesariamente están del todo establecidas dentro de los procedimientos formales. Tiene que ver con buscar alternativas, insistir y abrir caminos donde parece que no los hay, hasta encontrar un espacio que permita avanzar en el proceso.
Al mismo tiempo, acompañar requiere mucha paciencia. Es comprender que los procesos de cada mujer tienen su propio ritmo y que ese ritmo no siempre coincide con el de las instituciones ni con el que una misma podría imaginar. Parte del acompañamiento consiste justamente en respetar esos tiempos y sostener el proceso desde ahí.
A.C.: Hay una tensión muy clara entre el tiempo institucional y el tiempo de las personas.
Muchas mujeres llegan a las instituciones buscando justicia y terminan enfrentando indiferencia, burocracia o incluso revictimización. ¿Cómo se vive ese momento desde el lugar de quien acompaña?
K.L.: Si te soy sincera, esta es una frustración constante en mi vida. Muchas veces he pensado en retirarme del acompañamiento. Creo que también empecé muy joven en este trabajo y, hoy que tengo 30 años, puedo reconocer que hay un cansancio profundo por todas las emociones que están en juego cuando te dedicas a acompañar procesos de violencia.
Desde un lugar muy personal, me considero una persona profundamente idealista. Realmente creo en el cambio, en el progreso y en los derechos humanos. Por eso, cada vez que me enfrento a una desilusión por parte del sistema, para mí es muy doloroso. Y lo es aún más cuando veo el impacto que esas fallas tienen en la vida de las personas que buscan justicia.
Muchas veces lo que aparece es frustración, incluso el deseo de abandonar todo y dedicarme a algo completamente distinto. Pero, al mismo tiempo, hay algo que me mantiene ahí: esos pequeños momentos en los que algo sí se mueve, en los que una pequeña acción logra abrir una posibilidad o transformar el camino.
También creo que, desde el lugar de quien acompaña, muchas veces una tiene que sostenerse con mucha fuerza frente a las demás personas. Si tú te quiebras frente a ellas, inevitablemente también transmites desesperanza. La persona que está atravesando el proceso necesita saber que hay alguien ahí, al pie del cañón, incluso cuando el sistema no está preparado para que los procesos avancen como deberían.
Por eso diría que se vive con mucha incertidumbre, frustración y tristeza. Aunque también existen momentos de satisfacción cuando algo se logra o cuando ves que el acompañamiento sí impacta en la vida de alguien. Pero también es cierto que, en muchos casos, quienes acompañamos terminamos enfrentando distintas formas de violencia institucional en el propio proceso.
A.C.: En alguna de tus respuestas mencionaste una frase muy fuerte: que a veces una siente que “muere un poquito cada vez que el sistema falla”. ¿Qué tipo de fallas del sistema dejan esa sensación?
K.L.: Me ha tocado ver fallas muy duras dentro del sistema. Por ejemplo, he visto cómo se encubre a personas que ejercen violencia simplemente porque fueron jueces o porque tuvieron algún cargo importante dentro de las propias instituciones. También me ha tocado ver casos en los que fiscales aceptan sobornos, mientras que las víctimas —que muchas veces apenas logran reunir dinero para pagar a un abogado— terminan endeudándose, pidiendo prestado o incluso vendiendo cosas para poder responder a esas exigencias.
Ese tipo de situaciones me lastiman profundamente, porque realmente creo en los derechos humanos y en el sentido de las instituciones. A veces me cuesta comprender cómo hay personas dentro del propio sistema que no respetan esos principios.
Además, parte de mi trabajo también está en la capacitación de servidores públicos. Cuando estoy en esos espacios siento que estoy haciendo algo importante, que estamos construyendo herramientas para transformar las instituciones. Pero luego, cuando en la práctica me encuentro con que muchas de esas personas no aplican los estándares de derechos humanos que conocen, aparece una gran desilusión.
También duele ver cómo muchas fiscalías no dan seguimiento a carpetas de investigación, ya sea porque dicen tener demasiado trabajo o porque no consideran prioritario el caso. O situaciones en las que las víctimas no tienen acceso directo a ciertas pruebas y, aun así, las autoridades no hacen nada para buscarlas o integrarlas a la investigación.
Todo eso genera un desgaste profundo. Ver cómo los sistemas fallan constantemente a las personas termina debilitando la credibilidad en las instituciones, y muchas personas prefieren no denunciar.
A.C.: Hay algo ahí que pesa, no solo es la falla, sino la repetición de esa falla.
Trabajas también con escritura terapéutica y procesos de resignificación de las violencias. ¿Qué papel puede tener la palabra escrita en procesos de reconstrucción personal?
K.L.: Esta es una de mis preguntas favoritas. Creo firmemente que escribir, contar tu historia y también compartirla con otras personas es una de las herramientas más poderosas de empoderamiento. Pero me refiero a un empoderamiento genuino, no a ese que a veces promueven las instituciones de manera muy asistencialista y que termina quedándose solo en el discurso. Hablo de un proceso en el que realmente se le devuelve a las personas una facultad que siempre ha sido suya: la de reconocerse como sujetas de derechos y recordar que pueden hacerlos valer.
En algunos de los talleres que he facilitado, particularmente en un refugio para mujeres que viven violencia en Tijuana, me encontré con historias profundamente dolorosas, pero también con historias de enorme valentía. Recuerdo sesiones en las que las mujeres hablaban sobre sus experiencias y me compartían lo importante que era para ellas poder plasmar lo que habían vivido en una hoja y, después, compartirlo con otras.
Recuerdo especialmente a una mujer que comenzó a escribir su historia incluso fuera de los talleres. Un día me dijo que quería que la leyera, porque su sueño era algún día publicar un libro con su historia para que otras mujeres pudieran conocerla y quizá prevenir situaciones similares. Eso me pareció profundamente significativo, porque ahí aparece justamente esa posibilidad de encontrar un sentido a lo vivido. No desde la idea de que “tenía que pasar para que yo estuviera aquí”, sino desde una pregunta distinta: ¿qué hago con esto que ya sucedió y que no puedo borrar de mi historia?
La escritura abre la posibilidad de llevar esa experiencia hacia otro lugar. Permite quitarle peso a la culpa, al miedo o a las interpretaciones negativas que muchas veces se imponen sobre la propia historia y transformarlas en algo distinto: en arte, en fuerza, en prevención, en otra forma de presentarse ante el mundo.
Además, cuando una persona vuelve a leer lo que ha escrito, también puede reconocer el camino que ha recorrido y darse cuenta de que ya no está en el mismo lugar en el que estaba cuando todo ocurrió. Eso es profundamente poderoso. Lo he visto muchas veces: cómo este proceso fortalece a las mujeres y las lleva a reconocer que pueden contar su propia historia, sin importar cuál sea la historia que otras personas intenten contar sobre ellas.
A.C.: Es como si la escritura permitiera recuperar algo que el propio proceso de violencia intenta arrebatar: la posibilidad de narrarse a una misma. Desde tu experiencia en el acompañamiento, ¿qué papel juega la confianza cuando una mujer decide acudir a una institución?
K.L.: La confianza es vital. Muchas mujeres no inician procesos de denuncia porque ya llegan con la idea de que las van a tratar mal, que no les van a creer o que nada va a pasar.
Las instituciones todavía tienen un trabajo muy fuerte pendiente para recuperar esa confianza y demostrar con hechos que están ahí para acompañar a las personas.
Sin embargo, en mi trabajo también intento devolver a las mujeres la conciencia de que esas instituciones tienen obligaciones hacia ellas. No debería ser opcional cumplirlas o no.
Muchas veces, incluso con desconfianza, pero teniendo claridad sobre sus derechos, las mujeres acuden a las instituciones y terminan, de alguna manera, enseñándoles cómo deberían hacer su trabajo.
A.C.: Hoy muchas instituciones enfrentan una crisis de credibilidad frente a la violencia de género. Desde tu perspectiva, ¿hasta qué punto las personas siguen confiando en ellas?
K.L.: No me atrevería a decir que todo es negativo. La verdad es que también he tenido casos en los que las personas me cuentan que han sido atendidas con mucha amabilidad, que las han acompañado adecuadamente y que han dado seguimiento a sus procesos. Es importante reconocer que esas experiencias también existen.
Desde mi experiencia, esos escenarios positivos suelen darse con mayor frecuencia cuando la persona llega muy informada y preparada para exigir sus derechos. Cuando alguien conoce lo que le corresponde y cómo funciona el proceso, muchas veces eso también cambia la manera en que es atendida.
También ocurre que muchas personas llegan a ciertas instituciones con la confianza de que fueron creadas precisamente para ayudarles. Y cuando esa expectativa se rompe, la caída suele ser más dolorosa.
Por eso me cuesta dar una respuesta absoluta. Yo diría que, en términos muy generales, podría pensarse como un 30–70. Hay personas que todavía confían en las instituciones y otras que ya no. También depende mucho de quién esté atendiendo el caso. El personal puede ser muy variado, y a veces las instituciones cambian mucho con el tiempo.
He visto que, en ocasiones, algunos proyectos institucionales comienzan con equipos muy comprometidos y con una perspectiva clara de derechos humanos, pero con el paso del tiempo esos puestos cambian, se ocupan por otras personas y el enfoque se transforma.
Por eso diría que, más que la confianza en sí misma, lo más importante es la información. La confianza no garantiza que las instituciones actúen como deberían hacerlo, pero la certeza que una persona tenga sobre sus derechos y sobre las obligaciones de las instituciones sí puede ayudarle a no desistir de su proceso.
A.C.: Entonces no es solo confiar, sino saber desde dónde exigir. ¿Qué tipo de cambios serían necesarios para que las instituciones puedan ser realmente espacios de escucha y protección?
K.L.: La verdad es que tenemos una cultura bastante complicada en cuanto al trabajo como servidor público. Lo digo también desde mi propia experiencia de haber estado ahí y, por ahora, no tener muchas ganas de volver, aunque uno nunca debería decir nunca.
Algo que siempre menciono en conferencias, conversatorios y talleres sobre estos temas es que, en realidad, México sí tiene un marco jurídico muy sólido. Tenemos leyes, tratados internacionales, una Constitución muy garantista y distintos mecanismos de acceso a la justicia. Es decir, en términos de justicia formal, hay muchas cosas previstas. También existen las instituciones, que en teoría son las herramientas encargadas de garantizar esos derechos.
Entonces, el problema pareciera estar en el punto intermedio: en cómo logramos enlazar esa justicia formal con la justicia material. Es decir, cómo logramos que lo que está establecido en la ley realmente se cumpla en la práctica a partir de los recursos y las estructuras que ya existen.
Desde mi perspectiva, una parte importante de ese problema tiene que ver con las personas que integran las instituciones. Necesitamos servidores públicos que realmente quieran hacer el trabajo, que estén preparados para hacerlo y que además reciban una remuneración adecuada por ese trabajo.
Si soy sincera, hay puestos dentro del servicio público que me parecen muy interesantes, pero que no corresponden ni a las capacidades ni a las especializaciones que he adquirido en los últimos años. En muchos casos, la remuneración no es proporcional a la responsabilidad o a la preparación que se exige. Por eso, en lo personal, muchas veces resulta más viable trabajar en organizaciones de la sociedad civil, donde al menos existe una mayor correspondencia entre el trabajo que se realiza y la forma en que se remunera.
Este es un tema del que a veces no se habla mucho. Es muy fácil criticar al sistema, pero también es cierto que el sistema muchas veces no brinda las condiciones necesarias para que quienes trabajan en él puedan hacerlo bien. Y, en ocasiones, tampoco parece existir un interés real en que los puestos estén ocupados por personas verdaderamente capacitadas.
A esto se suma otro problema muy arraigado: los compadrazgos. Es algo bastante normalizado. A veces no importa si alguien tiene o no las capacidades necesarias; si se prometió un puesto, ese puesto se otorga.
Por eso creo que los cambios necesarios pasan, en gran medida, por contar con personas realmente preparadas, pero también con condiciones laborales dignas que permitan que esas personas quieran permanecer en las instituciones y hacer bien su trabajo.
Finalmente, también considero que hay mucho por hacer en materia de capacitación. Si bien existen programas de formación, muchas veces se quedan en algo superficial o en un requisito que se cumple para obtener un certificado. Haría falta que esos procesos fueran mucho más profundos y comprometidos, especialmente en temas relacionados con la violencia simbólica, los estereotipos y las ideologías que influyen en la forma en que se atienden estos casos. Solo así podríamos empezar a transformar de fondo la manera en que operan las instituciones.
A.C.: El problema no parece estar solo en las leyes, sino en cómo —y quiénes— las hacen posibles en la práctica. En medio de esas tensiones, ¿qué te permite seguir acompañando y sosteniendo este trabajo?
K.L.: Por ahora, creo que lo que me permite seguir acompañando es que también estoy atravesando una reestructuración personal de mi vida y de mis propias ideas. En este momento todavía se siente genuino seguir haciendo este trabajo.
También creo que me aferro a ciertas cosas que me sostienen y que me mantienen viva y cuerda: la escritura, la danza, el dar clases. En particular, ser maestra me ha ayudado a ver todo esto desde otro lugar. Me gusta pensar que, desde ahí, puedo sembrar pequeñas semillas que quizá el día de mañana se conviertan en personas que acompañen estos procesos desde lugares más éticos y más conscientes.
Otra parte importante ha sido aprender a poner límites: tomar espacios, separarme de los casos cuando es necesario y entender que no soy la responsable total de un sistema que muchas veces es profundamente deficiente.
Aun así, la verdad es que no siempre se sale ilesa de estos procesos. Hay experiencias que inevitablemente dejan huella. Pero aprender a sostenerse también implica reconocer eso y buscar las formas de seguir adelante sin perderse en el camino.
A.C.: Sostener también implica saber hasta dónde. Si tuvieras que explicar qué significa acompañar a una mujer en su búsqueda de justicia, ¿qué dirías?
K.L.: Diría que acompañar a una mujer en su búsqueda de justicia es, antes que nada, comprender todos los días que la decisión siempre está del lado de la mujer a la que acompañas. Eso significa aceptar que el proceso puede ser cambiante y que la idea de justicia puede tomar formas muy distintas. No siempre la búsqueda de justicia se traduce en un proceso formal dentro de las instituciones; a veces tiene que ver con otros caminos de reparación, de reconocimiento o de cierre.
También diría que es un trabajo que te cambia la vida. Después de escuchar tantas historias y de caminar al lado de tantas mujeres, ya no puedes volver a ver el mundo de la misma manera.
Acompañar implica sentir el dolor de otras como si, de alguna forma, también fuera tuyo. Implica investigar, prepararte, ingeniártelas constantemente para encontrar caminos dentro de un sistema que muchas veces es injusto o profundamente limitado.
Y también es un ejercicio constante de resistencia: aferrarte a no perderte en el proceso, a no perder el sentido de lo que haces, incluso cuando pareciera que el sistema está muy lejos de cambiar.

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