Sostener un espacio sin desaparecer


Elisa Moravis, cofundadora de Mujeresaladas. Foto: Elisa Moravis


Elisa Moravis, escritora y cofundadora de Mujeresaladas, reflexiona sobre lo que implica construir una revista independiente, entre comunidad, escritura y las tensiones de sostener un proyecto en el tiempo, fuera de los círculos tradicionales. 

Entrevista a Elisa Moravis realizada por Alberto Canseco para Nota Antropológica.


Hay proyectos que nacen desde una necesidad concreta y, sin proponérselo del todo, terminan abriendo espacios para otras voces. En ese proceso, quienes los sostienen no solo construyen comunidad, también se enfrentan a las tensiones que implica hacerlo desde la autogestión, el tiempo limitado y la vida cotidiana.

La propuesta de Elisa Moravis llamó mi atención por esa coincidencia: la de sostener un espacio independiente que no responde a estructuras tradicionales, pero que insiste en existir y en crecer a partir de quienes lo habitan. En su caso, a través de Mujeresaladas, una revista y comunidad que articula voces de mujeres desde distintos territorios.

En esta conversación, Elisa habla desde su experiencia como escritora y como parte de un proyecto colectivo. Reflexiona sobre cómo se construyen redes a distancia, lo que implica sostener un espacio editorial independiente y las dificultades que acompañan ese proceso, muchas veces invisibles. También aparecen las razones que la mantienen ahí, en ese ejercicio constante de abrir, acompañar y sostener.

Entrevista a Elisa Moravis, realizada por Alberto Canseco para la serie Diálogos a distancia de Nota Antropológica.

Alberto Canseco (AC): Para comenzar, ¿quién es Elisa hoy?

Elisa Moravis (EM): Elisa hoy es una mujer de 42 años, madre, escritora de ciencia ficción y poesía, que se encuentra en un proceso de maduración constante.

Mi relación con la escritura se ha vuelto más honesta y menos complaciente. Hay una búsqueda más precisa de la voz propia, incluso cuando eso implica tensar los límites.

En lo comunitario, estoy en un momento de reflexión. Hay una pérdida de ingenuidad, sí, pero también una ganancia de claridad: una forma más consciente de habitar lo que escribo, lo que construyo y lo que sostengo. Me interesa seguir creando espacios, pero también entender qué significa realmente sostenerlos: qué implica en términos emocionales, materiales y personales.

Sigo creyendo en el arte como una forma de resistencia y de sentido, pero ya no desde la idealización, sino desde la experiencia.

AC: Es muy  interesante lo que dices porque esa transición entre la idea de crear espacios y la conciencia de lo que implica sostenerlos en el tiempo ¿Cómo surge Mujeresaladas?

EM: Mujeresaladas surge de una necesidad muy concreta: tener un espacio. Un espacio para escribir y publicar. En ese momento, lo que yo percibía era que muchas voces —sobre todo de mujeres— no encontraban lugar o tenían que atravesar filtros muy específicos.

El proyecto nace desde el inicio en colectivo, aunque la idea de la revista aparece primero de manera personal. El concepto y el nombre surgen como una intuición clara de que hacía falta algo así, pero su materialidad se construye desde el inicio con otras: en diálogo, en complicidad, en ese intento —a veces luminoso, a veces complejo— de hacer algo comunitario que ampliara los espacios para el arte de mujeres.

Hubo un momento simbólico importante: el proyecto se lanza un 8 de marzo como un acto de posicionamiento, abriendo un espacio donde las voces pudieran escribirse y leerse sin intermediaciones tradicionales, sin estructura institucional, pero con una intención muy clara.

Con el tiempo, esa puerta que abrimos se volvió un umbral. Empezaron a llegar otras voces, incluso desde fuera del país, y el proyecto dejó de ser algo pequeño para convertirse en un espacio más amplio, más complejo, más vivo.


Elisa Moravis, cofundadora de Mujeresaladas. Fotografía cortesía de Elisa Moravis


AC: Antes de Mujeresaladas, ¿cuál era tu relación con la escritura y la literatura?

EM: Mi relación con la literatura empieza muy temprano, primero como lectora. Aprendí a leer desde muy chica y, hacia los ocho años, ya estaba enganchada con la ciencia ficción, el terror y, en general, con la literatura especulativa. Me interesaban los mundos posibles, lo extraño, lo que se sale de la realidad inmediata.

Durante mucho tiempo mi vínculo fue más desde la lectura que desde la escritura. Leía con intensidad, pero también con una sensación que con los años se volvió más clara: la dificultad de encontrar a mujeres dentro de esos géneros. No es que no existieran, pero no estaban al alcance de forma evidente, no eran las primeras referencias ni las que circulaban con mayor fuerza.

Esa ausencia —o esa invisibilidad— se fue quedando como una inquietud de fondo.

Mi acercamiento a la escritura llega mucho después, en 2021, en el contexto de la pandemia. Ahí empiezo a escribir de manera más consciente, a tomar talleres, a entender la escritura no solo como una práctica íntima, sino como un trabajo que también se construye y se comparte.

Desde entonces, mi escritura se ha movido entre la ciencia ficción y la poesía, explorando temas que atraviesan el cuerpo, la maternidad, la tecnología, la memoria y las formas en que habitamos lo cotidiano.

Mujeresaladas no surge aislado de ese proceso, sino como una consecuencia natural de ese recorrido: primero como lectora, luego como escritora y finalmente como alguien que también busca abrir espacio para otras voces.

AC: Mencionas un punto importante, cuando comienzan a llegar textos desde fuera de tu ciudad. ¿Qué estabas haciendo en ese momento y qué sentiste al abrir esos correos?

EM: Sí, eso ocurrió muy pronto, hacia el segundo o tercer número de la revista, cuando comenzaron a llegar las primeras respuestas desde fuera de La Paz, incluso de México.

Recuerdo abrir el correo y encontrar textos enviados por mujeres que no conocía, que no compartían mi geografía inmediata. Fue un momento particular, porque hasta entonces, junto con mis compañeras, pensábamos el proyecto en una escala más cercana, incluso más enfocada en mover nuestras propias producciones locales. Pero esos correos abrieron otra posibilidad. La digitalidad permitió que el proyecto se desbordara de su punto de origen casi de inmediato.

Ese momento desplazó la idea inicial: ya no estábamos creando solo una revista local, sino un punto de encuentro entre periferias. Se hizo más evidente que había mucho en común entre mujeres que no se conocían ni compartían territorio, pero que sí compartían la experiencia de escribir desde los márgenes, desde lo no central, desde lo que no siempre tiene espacio.

Desde entonces, sostener Mujeresaladas ha sido también un ejercicio de tejido cultural a distancia: construir red sin un centro fijo, desde la dispersión, y comprobar que la periferia no es una limitación, sino otra forma de circulación.

AC: En ese punto, el proyecto ya no solo crece en volumen, también en responsabilidad ¿Cómo fue la primera vez que decidiste asumir ese lugar de mediación? Es decir, tomar esas voces, organizarlas y convertirte en un puente entre ellas y un público lector.

EM: Desde el inicio, el trabajo de la Conseja Editorial con los materiales implicaba leer, seleccionar, organizar, responder y darles una forma dentro de la revista, como parte de su propio funcionamiento.

Mujeresaladas se construye desde lo colectivo, lo que requiere ciertos procesos de articulación para que los textos puedan convivir dentro de cada número. En ese sentido, el proyecto funciona como un medio, como un canal: un espacio de mediación que tiene que ver con ordenar, acompañar y dar coherencia, más que con intervenir en las voces.

La intención no es modificar lo que cada autora escribe, sino generar las condiciones para que esas escrituras puedan existir, circular y encontrarse con sus lectoras dentro de un mismo espacio.

Con el tiempo entendí que el trabajo de sostener el espacio y de permitir que las distintas escrituras encuentren un lugar en común muchas veces no se nombra, pero es parte fundamental de la construcción del proyecto.

AC: En esa construcción también aparece una decisión de nombrar lo que están haciendo ¿Por qué el nombre Mujeresaladas? ¿Qué significa para ti y qué intención hay detrás de ese nombre?

EM: El nombre surge de una imagen muy clara: mujeres nacidas con la sal en los labios.

La sal tiene muchas capas simbólicas: está asociada al mar, a lo cambiante, pero también a lo que resiste. Pensar en “mujeres saladas”, en separado, es pensar en mujeres que no buscan suavizarse, que atraviesan la vida con sus complejidades, que se adaptan a las mareas.

También influye la dimensión histórica y política de la sal como un bien valioso. En ese sentido, el nombre apunta a reconocer el valor de las voces de mujeres que durante mucho tiempo han sido desplazadas, subestimadas o relegadas.

Desde el inicio también estuvo presente la idea de comunidad. Así como la sal conserva y realza, Mujeresaladas busca preservar, acompañar y dar lugar a distintas experiencias y escrituras sin homogeneizarlas.

Pero el nombre es, además, una integración. Se convierte en una sola palabra porque hay otra capa: el cruce entre “saladas” y “aladas”. Como nosotras, mujeres de la costa, ancladas a un territorio y a una historia, pero que también se permiten moverse, expandirse, explorar, volar.

En ese sentido, Mujeresaladas es una forma de nombrar escrituras que tienen cuerpo, memoria, resistencia y también posibilidad de movimiento.

AC: A medida que el proyecto crece, también lo hace la carga de sostenerlo. Desde tu experiencia, ¿qué implica estar al frente de un proyecto como este? ¿Qué tipo de responsabilidades —visibles e invisibles— conlleva sostener una comunidad editorial independiente?

EM: Implica estar pendiente de muchas cosas al mismo tiempo, algunas muy visibles y otras que casi no se notan, pero que son las que hacen que el proyecto siga funcionando; actualmente esta labor recae especificamente en quienes continuamos frente a la Conseja Editorial: Fer Cisneros y yo.

Por un lado, está lo más evidente: leer textos, organizar los números, lanzar convocatorias, publicar, mover la revista. Pero hay otra parte que no siempre se ve y que tiene que ver con sostener el ritmo, dar seguimiento, cuidar que todo vaya tomando forma.

En un proyecto independiente y colectivo, además, muchas cosas se van resolviendo sobre la marcha, según lo que se necesita en ese momento, y eso implica estar en constante ajuste.

También hay algo importante que tiene que ver con sostener el espacio en sí: que siga existiendo, que tenga continuidad, que no se pierda el sentido. Eso implica tanto lo práctico como lo más intangible.

Más que una dirección en el sentido formal, es una forma de acompañar y articular para que el proyecto pueda seguir siendo un lugar habitable, tanto para quienes escriben como para quienes leen.

AC: Has mencionado que el proyecto se construye desde la autogestión, la maternidad y lo que llamas precariedad creativa. ¿Cómo se viven esas tensiones en lo cotidiano? ¿Qué ha sido lo más complejo de sostener?

EM: Se viven como se puede. No hay una fórmula ni un equilibrio real, hay una negociación constante con el tiempo, el cuerpo y la energía. Hay días en los que todo se junta: la casa, las niñas, el trabajo, la escritura, el proyecto… y no alcanza. Literalmente no alcanza. Entonces toca decidir qué se atiende primero y qué se queda pendiente, sabiendo que muchas veces ese pendiente eres tú misma.

La autogestión suena bien en discurso, pero en la práctica significa hacer de todo: editar, organizar, responder mensajes, pensar convocatorias, resolver problemas, sostener el ritmo… y hacerlo sin un equipo estructurado, sin horarios claros, sin una separación real entre lo personal y lo creativo. Todo ocurre en el mismo espacio, en los mismos tiempos, en la misma cabeza.

La maternidad atraviesa todo. No es algo que puedas poner en pausa para concentrarte. Está en los horarios, en el cansancio, en la atención constante, en la carga mental. Muchas veces Mujeresaladas se ha sostenido en esos espacios que quedan al final del día: cuando ya se durmieron, cuando hay silencio, cuando el cuerpo está cansado pero la cabeza sigue activa.

Y la precariedad creativa es muy concreta. Es trabajar sin recursos, o hacer mucho con muy poco, y tener constantemente la sensación de que lo que haces importa, pero no siempre se sostiene en condiciones dignas. Y aun así, seguir.

También hay una tensión emocional que no siempre se nombra: sostener un proyecto implica sostener vínculos, expectativas, desacuerdos, silencios. No todo es armonía en lo colectivo, y aprender a habitar eso sin que el proyecto se rompa —o sin romperte tú— ha sido parte del proceso.

Lo más complejo ha sido eso: sostener sin desaparecer. No diluirme completamente en el proyecto, no convertirme solo en eso. Aprender a poner límites, a reconocer cuándo algo ya no se puede, a no sostener por inercia.

AC: Sabemos que los proyectos independientes suelen ser procesos largos y, a veces, inciertos. En tu caso, ¿qué es lo que mantiene viva tu motivación para continuar con Mujeresaladas a lo largo del tiempo?

EM: No hay una sola respuesta, y creo que eso es importante decirlo. La motivación no es constante ni lineal, cambia todo el tiempo.

A veces son las otras: las que escriben, las que encontraron en Mujeresaladas un espacio donde sí podían publicar, donde su voz sí tenía lugar. Tener el privilegio de leerlas, ver lo que están haciendo, saber que algo de esto que hago les sirve o les importa, eso sostiene mucho.

A veces soy yo, porque también es mi espacio. Porque necesito ese lugar para escribir, para pensar, para existir desde otro lado. Hay cosas que solo puedo decir ahí.

A veces son mis hijas. Hay algo muy claro en la idea de dejar una genealogía, de que ellas crezcan sabiendo que estos espacios existen, que no todo tiene que estar dado, que también se puede construir. No sé exactamente cómo lo van a leer en el futuro, pero sé que me importa que esté ahí.

Y a veces es pura terquedad. No querer soltarlo. Seguir, aunque no siempre esté claro hacia dónde o bajo qué condiciones. Hay algo en insistir, en no dejar que se caiga tan fácil.

No tengo una motivación épica, más bien una suma de razones que se van turnando.

AC: ¿Cómo se construye comunidad a distancia desde la periferia? ¿Qué has aprendido sobre el tejido de redes fuera de los centros tradicionales de circulación cultural?

EM: Estar en la periferia implica no tener acceso directo a ciertos circuitos, a ciertos espacios de validación o de circulación. Pero también te obliga a encontrar otras formas: usar lo digital, moverte por afinidades, construir vínculos que no dependen de la cercanía física.

En ese proceso ha pasado algo importante: las que estamos en las periferias nos hemos empezado a encontrar. A leernos, a reconocernos, a voltearnos a ver. Y eso cambia mucho, porque deja de ser una experiencia aislada y empieza a sentirse como algo compartido.

Se va formando una comunidad que no necesariamente está concentrada en un lugar, pero que existe en esa red de lecturas, colaboraciones, mensajes y textos que circulan. Una comunidad que se sostiene, en parte, porque nos miramos entre nosotras y porque decidimos hacerlo.

Hay algo ahí de construir nuestras propias miradas y también nuestras propias moradas. Espacios donde no tenemos que adaptarnos a lo que ya está dado, sino donde podemos escribir desde lo que somos, con nuestras propias referencias, ritmos y preocupaciones.

La comunidad a distancia no ocurre sola. Hay que sostenerla: responder, leer, estar, generar continuidad y también aceptar que es una red que a veces se activa y a veces se diluye.

Lo que he aprendido es que la periferia no es solo una limitación, también es una posición. Desde ahí se pueden tejer otras formas de relación, más directas, menos mediadas por instituciones. Y que, aunque no siempre tengamos la misma visibilidad, sí estamos construyendo algo que antes no estaba: una red que se reconoce y se sostiene desde sus propios márgenes.

AC: En este momento, ¿qué está buscando Mujeresaladas? ¿Hacia dónde sientes que se está moviendo?

EM: En este momento, Mujeresaladas está buscando consolidarse como un espacio que siga siendo habitable, tanto para quienes escriben como para quienes leen.

Después de un tiempo de trabajo continuo, hay una necesidad de hacer una pausa interna para mirar lo que se ha construido, lo que ha funcionado, pero también lo que se ha vuelto difícil de sostener. Más que un cambio radical, es un movimiento continuo. Mujeresaladas no es un proyecto fijo: se va ajustando, creciendo y encontrando su lugar conforme avanza.

En ese proceso, el proyecto se ha ido abriendo a distintas posibilidades: seguir publicando, sí, pero también pensar en otras formas de encuentro, de circulación y de diálogo.

Hay un interés por seguir ampliando la red, por continuar encontrando voces que se identifiquen con el espacio y que quieran habitarlo desde sus propias búsquedas. También hay una intención de afinar lo que ya existe, cuidar los procesos y sostener el sentido del proyecto.

AC: ¿Cómo imaginas su futuro? ¿Qué te gustaría que llegara a ser o provocar en los próximos años?

EM: Más que imaginarlo como algo completamente definido, me interesa que Mujeresaladas pueda seguir existiendo en el tiempo sin perder su sentido. Que se mantenga como un espacio donde las voces puedan llegar y encontrar un lugar, donde la escritura no tenga que ajustarse a moldes para poder ser leída.

Que siga siendo un medio que conecte, que acerque, que permita que ciertas conversaciones ocurran. Que los textos no se queden solo en la publicación, sino que encuentren lectoras, que se muevan, que generen eco.

Si algo me gustaría que provocara en los próximos años, es que más mujeres se animen a escribir, a compartir, a ocupar espacio. Que quienes llegan como lectoras también puedan verse reflejadas, cuestionadas o acompañadas por lo que encuentran.

Y, en un plano más amplio, no lo pienso como algo que tenga que volverse otra cosa, sino como algo que pueda seguir siendo, pero con más alcance, más vínculos y más posibilidades de encuentro.

AC: Para quien llega por primera vez, la entrada al proyecto también es importante. Si alguien se acerca a Mujeresaladas sin conocerlo, ¿qué te gustaría que entienda del proyecto? ¿Y qué te gustaría que sepa de ti como la persona que articula estas voces?

EM: Me gustaría que lo sienta como un espacio cercano, un lugar donde conviven distintas voces, distintas formas de escribir y de mirar el mundo, y donde esa diversidad se acompaña. Más que una línea única, lo que hay es una conversación que se va construyendo con cada texto.

También me gustaría que se perciba como un espacio vivo, en movimiento, que se transforma con las personas que lo habitan, tanto quienes escriben como quienes leen.

Y sobre mí, soy una presencia dentro del propio movimiento del proyecto. Alguien que, como parte de una colectividad, articula, acompaña y da forma a lo que sucede dentro de la revista, pero no desde un lugar separado, sino implicada en lo mismo que atraviesa a quienes escriben. Soy alguien atravesada por la misma necesidad: escribir, leer y compartir.

AC: Finalmente, para quienes quieran formar parte ¿Cómo pueden colaborar o participar en la revista?

EM: Mujeresaladas tiene una convocatoria permanente abierta. Siempre estamos recibiendo textos y propuestas.

La forma más directa de participar es a través de esa convocatoria, donde se pueden enviar colaboraciones tanto escritas como visuales: poesía, cuento, ensayo, miscelánea —un espacio bastante libre—, así como fotografía, ilustración o pintura.

La participación se realiza principalmente a través del sitio web, en el apartado de convocatoria general:

Los textos se envían en formato digital, acompañados de una breve semblanza y una imagen de la autora. Cada propuesta es revisada por la colectiva antes de su publicación.

También es posible acercarse a través de redes sociales, que funcionan como un espacio activo de contacto y comunidad:
Instagram: Mujeresaladas
Facebook: Mujeresaladas

O escribir directamente al correo:

Además, el acercamiento puede ser más orgánico: seguir el proyecto, leerlo, compartirlo, escribirnos. Mujeresaladas no es solo un espacio de publicación, también es una comunidad que se construye a partir de quienes la habitan.


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