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| Elsa Peña, etnóloga formada en la ENAH, ha dedicado su trayectoria al trabajo de campo y a la defensa de los derechos de los pueblos indígenas. |
Una trayectoria de más de cincuenta años dedicada al trabajo comunitario, los derechos indígenas y la antropología aplicada.
Cuando recibí el primer correo de la Dra. Elsa Peña hubo algo que me llamó inmediatamente la atención: mencionaba que, a pesar de más de cinco décadas de trabajo, nunca había publicado investigaciones académicas. La afirmación resulta, en cierto sentido, desconcertante. En el imaginario de la disciplina pareciera que una de las tareas casi naturales de la persona antropóloga es producir artículos, libros o investigaciones escritas que documenten su experiencia y aporten al conocimiento.
En el caso de la Dra. Elsa Peña, la historia es distinta.
Su trabajo se ha desarrollado principalmente en el terreno de la práctica: en comunidades rurales e indígenas, en proyectos institucionales, en procesos de consulta, en la formación de equipos técnicos y en la defensa de derechos. Es una trayectoria marcada más por el contacto directo con las personas y las realidades sociales que por la producción académica tradicional.
Precisamente por eso decidí proponerle que sostuviéramos esta conversación por correo electrónico. Y debo decir que no me equivoqué.
El resultado es un testimonio amplio y revelador que recorre más de cinco décadas de experiencia antropológica. Pero también funciona como un documento valioso para comprender cómo se vivía la formación en antropología en México durante los años setenta, particularmente en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Por ello recomiendo leer esta entrevista completa. Más que un simple intercambio de preguntas y respuestas, es una experiencia de vida que también puede leerse como un archivo de memoria sobre la formación, los debates y los compromisos que marcaron a toda una generación de antropólogos.
Alberto Canseco: Si mira hacia atrás, ¿cómo comenzó su camino hacia la antropología? ¿Hubo algún momento o experiencia que marcara esa decisión?
Elsa Peña: Aún lo recuerdo bien: los viajes a Texcoco, la casa rústica de mi abuela paterna, la chayotera que cubría una parte del solar, la cocina con estufa de petróleo y las yerbitas que ella misma recogía para cocinar.
Mi abuela tenía una forma de ser y de vivir que yo percibía como distinta, casi sagrada.
Mi abuelo, el sastre —muy español, a mi manera de ver— confeccionaba chamarras hermosas combinando tonos: guinda con gris, gris con azul. Aquellas prendas parecían diseños exclusivos elaborados con sus manos cuidadosas.
Pero antes de ellos, mi primera escuela fueron los largos recorridos con mi padre. Era extraordinario. Nos llevaba a sus tres hijas mayores —¿qué tendríamos?, diez, nueve y siete años— a sus viajes de trabajo. Armaba el equipaje, nos subía al jeep Toyota amarillo, que para mí representaba el vehículo hacia el futuro, y partíamos.
Mi padre amaba el campo y el reto de trabajar con poblaciones rurales. Evocaba los tiempos junto al general Lázaro Cárdenas, cuando llevaba alimentos y rescataba personas durante inundaciones, cruzando ríos y organizando la atención a los pueblos afectados.
Durante esos viajes, mientras el jeep avanzaba entre veredas y polvo, él nos señalaba aquello que amaba: una iglesia antigua, una mujer con rebozo, un niño cargando leña, un hombre guiando su burro.
—Mira —decía.
Y en su voz había respeto. Era una invitación a observar sin juzgar.
El aire cambiaba de olor al dejar la ciudad: en Tlaxcala, la tierra húmeda; en Texcoco, la brisa con olor a alfalfa; en Valle de Bravo, el lago que parecía infinito; en Morelos, las buganvilias sobre los muros blancos; en Xochimilco, el agua reflejando otro cielo.
Así crecí absorbiendo el amor hacia lo rural que mi padre transmitía con su ejemplo. Aquellos viajes y ese contacto con las comunidades me mostraron un mundo distinto al de la ciudad.
Yo nací en la Ciudad de México, una ciudad que entonces era mucho más pequeña. Incluso mis abuelos decían, cuando vivíamos en Coyoacán: “voy a la Ciudad de México”, cuando se referían al centro.
Nuestra vida en Coyoacán era suburbana: el lechero llegaba a caballo a entregar la leche que mi madre recibía en una olla; había tranvía y caballos trabajando en la calle. Pero aquello no era el mundo rural. Ee mundo lo conocía a través de los viajes.
Recuerdo Tlaxcala, su volcán, su frío, su humedad. Pasábamos horas observando una máquina perforadora abrir un pozo para extraer agua potable. A nuestro alrededor, mujeres con rebozos y hombres con huaraches.
Mi padre era protector. Permanecíamos sentadas junto a una pared, en silencio, observando. A veces nos aburríamos y discutíamos entre hermanas, pero mi mente volaba.
El verdor del campo, los olores, aprender a distinguir el maíz de la alfalfa, las carretas cargadas de hierba y las delicias culinarias de los caminos —quesadillas, barbacoa, consomé, tortillas hechas a mano— alimentaban algo dentro de mí.
Muchas veces me imaginaba conduciendo el mismo jeep Toyota, pero ahora en el lugar de mi padre, avanzando hacia el horizonte entre surcos y caminos.
Ese era ya mi sueño.
AC: En su relato aparece constantemente la figura de su padre como mediador entre el mundo urbano y el mundo rural. ¿Podría decirse que fue él quien despertó en usted esa sensibilidad hacia las comunidades?
EP: Sí , absolutamente.
Un día, junto a un río donde los gambusinos lavaban pepitas de oro, ocurrió algo que marcó mi destino.
El sol caía oblicuo y las piedras brillaban como si el agua escondiera pequeños tesoros. Los hombres trabajaban en silencio, hundiendo las manos en la corriente. Yo los observaba fascinada.
Sentí una emoción muy clara que aún puedo nombrar: eso quiero.
Pero había algo más: personas muy humildes que vestían y hablaban de manera distinta; festividades con rezos y ornamentos; rituales que yo no comprendía.
Mi padre me acercó algunas lecturas y comenzó a llevarme al Museo Nacional de Antropología, donde todos los jueves por la noche proyectaban cine etnográfico. Íbamos juntos. Ahí comencé a conocer las diversas culturas del mundo: africanas, inuit, esquimales. Entonces entendí lo que quería hacer: conocer al otro.
Desde muy joven comprendí que existían otras formas de vivir, otros ritmos, otras palabras. Sentía una curiosidad inmensa por esas vidas que parecían fluir fuera del ruido de la ciudad. Quería entender sus rituales, sus ceremonias, sus creencias.
Mi padre me llevó también un libro de Margaret Mead: Educación y cultura en Nueva Guinea. Aquella lectura reforzó mi convicción. Yo quería estudiar esas culturas.
Quería comprender qué sostiene a las personas, qué sueños las hacen levantarse cada mañana, incluso cuando el oro no aparece.
Muchos años después, ya en mis treinta, volví a encontrar a los gambusinos, esta vez en Sonora, mientras participaba en un proyecto del Colegio de Sonora para escribir la historia contemporánea del estado. Ellos seguían ahí, con el agua hasta las rodillas, lavando arena y piedras.
Entonces comprendí que mi vocación había nacido de ese origen profundamente romántico: del deseo de comprender. Ese impulso sigue siendo mi brújula después de décadas de trabajo.
Hoy sigo disfrutando los caminos que me llevan a comunidades rurales: conversar con la gente, escuchar sus relatos, compartir su comida, entender sus símbolos.
Mis valores permanecen intactos, el respeto por todas las personas,l a certeza de que nadie es más importante que otro, y la gratitud hacia la naturaleza por lo que nos ofrece.
La ENAH: formación intelectual y despertar político
AC: ¿Qué significó para usted formarse en la ENAH en el contexto histórico que le tocó vivir?
EP: La mayor riqueza de mis años en la ENAH fue haber tenido profesores extraordinarios. Siempre agradezco que durante algunos semestres pude tomar clases con Paul Kirchhoff, el antropólogo y etnólogo alemán nacionalizado mexicano que definió el concepto de Mesoamérica como una superárea cultural basada en rasgos compartidos: la agricultura del maíz, el calendario ritual de 260 días, las pirámides escalonadas y otros elementos que permitían comprender procesos civilizatorios complejos.
Más allá de sus aportaciones teóricas, Kirchhoff nos enseñó metodología. Nos mostraba cómo establecer límites geográficos con rigor, cómo identificar rasgos culturales agrícolas, sociales y religiosos. Pero, sobre todo, nos enseñó que las culturas no son compartimentos aislados, sino sistemas históricos en diálogo permanente.
Con él aprendí que delimitar no es fragmentar, sino comprender procesos.
Otro profesor que disfruté profundamente fue Carlos Navarrete Cáceres, antropólogo, arqueólogo e historiador guatemalteco-mexicano. Investigador de la UNAM durante más de seis décadas, dedicado a la cultura maya, la arqueología de Chiapas y Guatemala, y a las tradiciones populares.
Si alguien era verdaderamente ameno en el aula era él. Yo incluso me colaba a sus clases de arqueología como oyente, solo para escucharlo. Era un conversador extraordinario y su erudición siempre estaba acompañada de humanidad.
Con él aprendí que el conocimiento puede ser riguroso sin perder sensibilidad.
También tuve como profesores a Román Piña Chan, Jaime Litvak, Javier Guerrero, Eduardo Matos Moctezuma y Margarita Nolasco, entre otros. Las clases eran intensas, atravesadas por debates estructurales y por una fuerte presencia del marxismo.
De Margarita Nolasco recuerdo particularmente su enseñanza sobre las genealogías. Pasamos un semestre entero aprendiendo a reconstruir parentescos con rigor antropológico. Fue ahí donde comprendí que el detalle también es poder: las estructuras familiares hablan de organización social, herencias, riqueza y memoria.
Pero la ENAH no era solo el aula. Era también un espacio profundamente político.
Recuerdo con claridad un episodio en noviembre de 1972, cuando el presidente chileno Salvador Allende visitó México. Durante su estancia acudió al Museo Nacional de Antropología.
Los estudiantes fuimos invitados a recibirlo.
Bajamos con mantas ocultas que habíamos pintado previamente. Cuando llegó Allende lo abrazamos, levantamos nuestras mantas y coreamos consignas mientras alzábamos el puño izquierdo.
Fue un acto profundamente emotivo y político. No era solo entusiasmo juvenil: representaba una postura frente a América Latina y frente a las políticas represivas del gobierno mexicano.
Por supuesto, la policía reaccionó. Nos obligaron a correr escaleras arriba hacia nuestra escuela, que entonces se encontraba en la parte superior del museo.
Con el tiempo comprendí la dimensión histórica de ese momento, habíamos abrazado a un presidente que menos de un año después sería derrocado violentamente en Chile.
Ese recuerdo se convirtió en compromiso.
AC: En su relato la formación académica aparece inseparable de la experiencia política. ¿Diría que en esos años la antropología también se vivía como una forma de compromiso frente a las injusticias del país?
EP: Sin duda.
Un ejemplo muy claro fue lo ocurrido el 10 de junio de 1971, durante la marcha estudiantil que terminó en lo que hoy se conoce como el Halconazo o la Matanza del Jueves de Corpus.
Estudiantes de la UNAM, del IPN, de la ENAH y de otras escuelas marchábamos en solidaridad con la Universidad Autónoma de Nuevo León, exigiendo autonomía universitaria, libertad a los presos políticos y democratización de la enseñanza.
La manifestación fue reprimida violentamente por el grupo paramilitar conocido como Los Halcones.
Recuerdo a nuestros coordinadores gritando:
—¡Corran! ¡Arrojen las canicas!
Tirábamos canicas al suelo para que los caballos de la policía montada resbalaran. Corríamos, saltábamos cercas, huíamos por calles aledañas. Algunos lograron subir a camiones y regresar a la ENAH.
Esa noche hicimos el recuento de compañeros. Los estudiantes más avanzados fueron a hospitales para buscar a los heridos. Pasamos horas con angustia hasta saber quién había logrado regresar.
Tuvimos un compañero fallecido y varios detenidos. Aquella jornada marcó mi conciencia de manera irreversible. Comprendí que el Estado puede ejercer violencia contra su propia población y que la antropología no puede ser neutral frente a esas realidades.
Estudiar a los pueblos implica también defender su derecho a existir sin represión. La ENAH no solo me formó académica mente. Me enseñó que el conocimiento sin compromiso es insuficiente. Aquellos años no fueron solamente años de estudio.
Fueron años de despertar.
El primer trabajo de campo: desigualdad, lengua y poder
AC: ¿Cuál fue su primer trabajo de campo y qué aprendió de él que haya marcado el resto de su trayectoria?
EP: Mi primera práctica de campo en la ENAH la recuerdo como envuelta en una especie de nubosidad. Se suponía que sabíamos a qué íbamos, pero en realidad el objetivo no estaba del todo claro, al menos para mí.
Fuimos enviados a Zacapoaxtla, Puebla, para trabajar con el Instituto Nacional Indigenista (INI). Éramos siete estudiantes de los primeros semestres; todavía no nos separábamos por especialidades. Con el tiempo, de ese grupo surgirían dos arqueólogos, un antropólogo físico y cuatro antropólogos sociales.
Cuando llegamos al INI nos indicaron dónde podíamos dormir.
—Aquí pongan sus bolsas de dormir —nos dijeron—. Aquí van a pernoctar. A bañarse en el río. Aquí hay un baño para sus necesidades.
Y añadieron algo que todavía recuerdo con claridad:
—Ustedes traen un plan de trabajo. Se espera que lo desarrollen sin molestar a la gente.
Esa fue nuestra bienvenida institucional.
Nuestro profesor, Andrés Medina, nos había indicado que debíamos estudiar la producción cafetalera en el municipio: identificar las comunidades productoras, analizar cómo cultivaban el café, a quién lo vendían, cuántos beneficios existían y cómo funcionaba el comercio local.
También debíamos observar quiénes concentraban el poder económico.
Nunca nos dijeron explícitamente que evaluáramos el trabajo del INI en la región, pero aquello estaba implícito.
Convivimos con promotores comunitarios y la realidad hablaba por sí sola.
Aprendimos algo fundamental: no se puede trabajar en comunidades monolingües sin intérpretes. Aquello parecía una obviedad, pero en ese momento lo descubrimos de forma muy concreta.
También comprendimos que la producción del café no estaba determinada únicamente por tradiciones locales, sino por reglas del capitalismo que imponían precios, ritmos y márgenes de ganancia.
Los caciques acaparaban el café. Los productores indígenas entregaban la cosecha en cereza en los centros de beneficio. Había tres o cuatro beneficios en la región, pero el del cacique estaba mejor equipado y concentraba la mayor parte de la producción.
Las tiendas mejor surtidas también pertenecían a los caciques. Formalmente ya no existían las tiendas de raya, pero persistían mecanismos similares: mercancías a cambio de cosechas futuras o de artesanías. La dependencia seguía ahí.
También observamos que el INI operaba bajo una lógica profundamente paternalista: ofrecía atención médica, apoyaba con agua potable, pero no transformaba las relaciones estructurales que sostenían la desigualdad.
Esa fue una de las primeras grietas que observé, el desarrollo sin transformación del poder puede convertirse simplemente en administración de la pobreza.
El trabajo de campo también tenía sus momentos cotidianos. Probamos el yolispa, una bebida que alegra el ánimo y que también se usa para curar malestares estomacales. Conocimos hornos tradicionales de barro y comimos panes deliciosos.
Caminábamos por caminos barrosos donde era fácil resbalar cuesta abajo, a pesar de nuestras flamantes botas Crucero. Aprendimos a usar mangas para la lluvia y a caminar bajo aguaceros. El cuerpo también aprende en el trabajo de campo.
En nuestro equipo siempre había un líder y un sublíder. Curiosamente, ambos eran hombres. Las mujeres trabajábamos con rigor, aportábamos ideas, pero no encabezábamos nada. Aquella experiencia fue también una primera lección sobre jerarquías de género dentro de nuestra propia formación.
AC: Ese primer trabajo de campo parece haber sido también un primer contacto con las estructuras de poder local. ¿Fue ahí donde comenzó a comprender que la desigualdad no era solamente cultural, sino profundamente política?
EP: Sí. Allí entendí que muchas de las condiciones que observábamos no eran simples rasgos culturales, sino parte de una estructura de poder.
La desigualdad tenía raíces económicas, históricas y políticas. Esa fue una lección muy importante.
La siguiente práctica que realicé fue con Gustavo Esteva, aplicando cuestionarios en zonas de la Ciudad de México. No recuerdo con precisión el objetivo del estudio, pero en ese momento Esteva realizaba análisis críticos del Estado y sus políticas económicas.
Ahí comenzaba a aparecer otra dimensión de la antropología: la crítica estructural. Además, los estudiantes más avanzados a veces nos llevaban a trabajar como jornaleros en cosechas de maíz y frijol en Xochimilco y Tulyehualco.
La paga no era dinero, sino la convivencia con las familias campesinas que nos ofrecían comida: habas en salsa verde y tortillas recién hechas.
Después venía la gripe inevitable, porque nadie nos había enseñado a protegernos del polvo que levantan las plantas de maíz al cosechar. Pero esa experiencia también fue parte del aprendizaje.
Ahí entendí que la formación antropológica no ocurre solamente en las aulas ni en los textos. Se forma en el barro, en el cansancio del cuerpo, en la observación directa de la desigualdad y en las preguntas que comienzan a incomodar.
AC: Mirando hacia atrás, ¿diría que esas primeras experiencias de campo terminaron definiendo el tipo de antropología que usted quería hacer?
EP: Sin duda. Con el paso del tiempo comprendí que nada de lo vivido en la ENAH fue anecdótico. Ni las caminatas en Zacapoaxtla, ni las genealogías, ni las discusiones teóricas, ni los episodios políticos.
Todo formaba parte de una formación profunda que no siempre estaba escrita en los programas académicos. La ENAH me dio herramientas conceptuales, pero también me dio una posición frente al mundo.
Comprendí que no puede haber intervención legítima sin comprensión cultural, ni respeto a la lengua, ni participación de las comunidades.
La lengua es territorio. Es dignidad.
También comprendí que el asistencialismo puede aliviar problemas inmediatos, pero no transforma las estructuras que producen la desigualdad.
Esa reflexión fue fundamental cuando años más tarde participé en procesos de consulta comunitaria y en proyectos de desarrollo.
La antropología me enseñó a formular preguntas que todavía me acompañan:
¿Quién gana?
¿Quién pierde?
¿Quién decide?
¿Quién queda fuera?
Entre la academia y la acción: elegir la antropología aplicada
AC: Usted menciona que su trabajo se ha desarrollado principalmente desde la antropología aplicada. ¿Cómo entiende hoy esa práctica y qué tensiones ha encontrado entre la investigación académica y la intervención?
EP: Desde mi experiencia, la investigación teórica y la antropología aplicada se diferencian principalmente por su objetivo final.
La investigación académica busca generar conocimiento, desarrollar teorías y ampliar la comprensión de los fenómenos culturales. Sus resultados se dirigen principalmente a la comunidad científica y suelen expresarse en libros, artículos y debates teóricos.
La antropología aplicada, en cambio, utiliza ese conocimiento para resolver problemas concretos del mundo real: políticas públicas, desarrollo comunitario o intervención institucional.
También difieren en sus destinatarios. La investigación teórica dialoga con otros investigadores. La antropología aplicada trabaja con gobiernos, organizaciones, comunidades o instituciones que buscan soluciones prácticas.
La temporalidad también cambia. La investigación académica puede extenderse durante años o incluso décadas. La aplicada, en cambio, suele regirse por plazos, términos de referencia y entregables definidos.
Sin embargo, ambas dimensiones son interdependientes: la teoría proporciona herramientas analíticas, mientras que la práctica devuelve nuevas preguntas a la teoría.
Cuando yo estudiaba en la ENAH no existían becas para los estudiantes. Algunos compañeros contaban con apoyo familiar, pero muchos tuvimos que trabajar desde los primeros años de carrera.
En ese momento el mercado laboral en antropología todavía no estaba saturado. Si tenías buenas calificaciones podías encontrar trabajo en alguna institución.
Yo fui seleccionada para trabajar en el Departamento de Investigaciones Históricas, dirigido por Enrique Florescano, en el Castillo de Chapultepec.
Entrábamos a trabajar a las ocho de la mañana y salíamos a las tres de la tarde. Después corríamos a comer algo rápido para iniciar clases a las cuatro y terminarlas a las ocho de la noche. Muchas veces la biblioteca permanecía abierta un par de horas más y aprovechábamos ese tiempo para consultar libros.
Luego venían las tareas en casa, a veces hasta la madrugada. No era una vida fácil, pero era parte de nuestra formación.
Ese salario, aunque modesto, permitía pagar transporte, comida, copias y algunos libros. Fue así como me inicié en la investigación histórica: seminarios, informes, análisis y discusiones con los coordinadores.
También venían los regaños, las tensiones y las rivalidades. Todo eso formaba parte del aprendizaje. Posteriormente pedí mi cambio cuando el CIESAS abrió plazas para investigación. Allí sí existía un sistema de becas para los estudiantes aceptados.
Había que presentar un proyecto de investigación y someterlo a evaluación. Si tus calificaciones y tu trayectoria eran bien valoradas, te asignaban un tutor.
En mi caso fui aceptada por la maestra Teresa Rojas, quien se convirtió en mi directora de tesis. El compromiso era muy exigente: programas de trabajo estrictos, seminarios permanentes y entrega constante de avances.
Yo todavía no terminaba los cinco años de estudios necesarios para obtener la maestría en Ciencias Antropológicas, así que debía combinar las obligaciones del CIESAS con las clases que aún cursaba en la ENAH.
Debo reconocer que aquel ambiente no era del todo lo mío. Había un control muy fuerte de los coordinadores —las famosas “vacas sagradas”— y se esperaba que entregáramos un capítulo de tesis cada semana para ser discutido en seminario.
Cada vez que revisaban y criticaban mis capítulos me enfermaba de fiebre durante días. Aquello era demasiado para mí. Sin embargo, durante ese periodo desarrollé mi tesis de maestría sobre las chinampas de San Luis Tlaxialtemalco.
Fue también una etapa muy enriquecedora, porque conocí a figuras fundamentales de la antropología mexicana como Ángel Palerm, Guillermo Bonfil Batalla, Arturo Warman y Luis Reyes.
Mi investigación se centró en los cambios históricos del sistema lacustre de la Ciudad de México. Analicé el manejo del agua desde la época de México-Tenochtitlan hasta el periodo colonial.
Trabajé directamente con una familia chinampera para registrar su vida cotidiana y desarrollé una tipología de las familias productoras de la región.
Pero, a pesar del interés académico del proyecto, sentía que algo me faltaba.
AC: En ese momento usted tenía ya una trayectoria académica sólida y estaba rodeada de figuras centrales de la antropología mexicana. ¿Qué la llevó entonces a buscar otro camino?
EP: Yo conocía el trabajo que realizaba Arturo Warman sobre la situación de los campesinos y sentía que ese enfoque estaba más cerca de mis inquietudes. Finalmente fui transferida a su grupo de investigación. Pero como Warman tenía demasiados estudiantes, quedé bajo la tutoría de Roberto Melville.
Con él logré concluir mi tesis y graduarme como etnóloga con maestría en Ciencias Antropológicas. Poco después obtuve una beca para estudiar extensionismo agrícola en Israel.
Aquella experiencia cambió mi manera de ver muchas cosas. Regresé convertida en extensionista agrícola. Al volver a México me integré nuevamente al equipo de Roberto Melville, que trabajaba en Campeche. Allí realicé investigaciones sobre ejidos colectivos.
En ese periodo observé que varias compañeras del CIESAS estaban comenzando a trabajar en secretarías del gobierno, como la Reforma Agraria o SAGARPA.
Entonces hablé con el doctor Warman y le dije algo muy claro: No quería seguir investigando únicamente para escribir artículos que después serían criticados por otros colegas.
Yo quería trabajar directamente con las comunidades. Quería dedicarme a la antropología aplicada. En ese momento Arturo Warman se trasladó al Instituto Nacional Indigenista (INI).
Y yo me fui con él.
El INI era justamente el espacio donde siempre había querido trabajar. Quería comprobar si desde ahí era posible generar cambios reales en las condiciones de vida de las comunidades marginadas.
El giro de los derechos indígenas: del INI al zapatismo
AC: ¿Hay alguna experiencia concreta con comunidades rurales o indígenas que considere un punto de inflexión en su vida profesional y personal?
EP: Para muchos antropólogos, un momento decisivo fue el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994. Yo puedo decir que también lo fue para mí.
En ese momento trabajaba en el Instituto Nacional Indigenista (INI), en el estado de Morelos, como responsable del área de cultura. Cuando ocurrió el levantamiento armado comenzaron los Diálogos de San Andrés, y dentro del INI se produjo una transformación.
El coordinador de Protección y Rescate de las Culturas Indígenas, Carlos Zolla Luque, tomó una decisión que cambió nuestra práctica institucional. Hasta entonces el trabajo consistía en ejecutar programas ya diseñados: apoyos, proyectos productivos, infraestructura.
Pero después del levantamiento la instrucción fue:
—Se suspenden los programas hasta nuevo aviso. Si los pueblos necesitan algo, que vengan y lo demanden.
Aquello alteró completamente la lógica de intervención. Dejábamos de imponer proyectos desde las instituciones y abríamos un espacio de escucha.
Al mismo tiempo comenzamos a difundir los Acuerdos de San Andrés y a impartir talleres sobre derechos de los pueblos indígenas.
Elaboramos cuadernillos pedagógicos para explicar el Convenio 169 de la OIT, tratando de traducir conceptos jurídicos complejos a un lenguaje accesible para las comunidades.
Todo esto ocurrió mientras se cerraba el INI y se creaba una nueva institución: la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI).
Fue un momento de transición institucional, pero también de transformación ética. Comprendí que el trabajo con pueblos indígenas no puede limitarse a la administración de programas. Implica posicionamiento político, claridad ética y compromiso con los procesos históricos que viven las comunidades.
AC: ¿Diría entonces que el levantamiento zapatista obligó también a replantear la forma en que el Estado se relacionaba con los pueblos indígenas?
EP: Sí. El zapatismo puso sobre la mesa algo que durante mucho tiempo se había ignorado: los pueblos indígenas no querían ser beneficiarios pasivos de programas, sino sujetos de derechos.
Eso obligó a muchas instituciones a replantear su forma de trabajar. En nuestro caso significó pasar del asistencialismo a la discusión sobre derechos, autonomía y participación.
Uno de los momentos más significativos para mí fueron los talleres que impartimos a mujeres indígenas y jornaleras en Chihuahua y Baja California. Comenzábamos hablando de derechos humanos y después abordábamos los derechos de las mujeres.
En varias ocasiones los talleres terminaban con abrazos colectivos y con frases que nunca he olvidado.
Las mujeres decían:
—Gracias, maestra Elsa, porque nosotras no sabíamos que tenemos derechos.
Ese reconocimiento no era hacia mi persona. Era el reconocimiento del poder transformador del conocimiento cuando se comparte con respeto.
Ahí confirmé algo fundamental: la antropología puede convertirse en una herramienta de dignificación cuando se coloca al servicio de las personas.
AC: En su trayectoria aparece constantemente la idea de trabajar con las comunidades y no simplemente sobre ellas. ¿Cómo se traduce eso en la práctica?
EP: Recientemente viví una experiencia que me hizo reflexionar mucho sobre esa diferencia. Una amiga antropóloga de mi generación en la ENAH, investigadora del INAH, me invitó a participar en un taller relacionado con la defensa de la milpa tradicional.
En el taller participaron investigadores, representantes de organizaciones y personas de comunidades indígenas. Sin embargo, observé algunas debilidades importantes.
El facilitador no había preparado un plan claro de pertinencia cultural ni de género. Tampoco generó espacios específicos para las personas hablantes de lengua maya ni propició activamente la participación de las mujeres.
Incluso llegó a decir que “también se vale quedarse callados”. En contextos de desigualdad lingüística y de género, el silencio no siempre es libertad. Muchas veces es exclusión.
Tampoco se sistematizaron claramente los acuerdos que se iban construyendo durante el taller. No hubo una devolución organizada de las conclusiones colectivas.
El cierre fue especialmente delicado: quedó en el aire la continuidad del consejo comunitario que se estaba formando. Un mal cierre puede poner en riesgo todo el proceso organizativo.
Cuando se trabaja con procesos colectivos, cerrar un taller no es un trámite administrativo: es un acto de responsabilidad ética. Implica definir acuerdos, responsabilidades y próximos pasos.
Al final del taller mi amiga consideró que los objetivos se habían cumplido. Yo, en cambio, pensé que el proceso había quedado incompleto. Esa diferencia refleja dos formas distintas de entender la antropología.
La investigadora puede cumplir con sus objetivos metodológicos. Pero la antropóloga comprometida debe responder también ante las personas con quienes trabaja. Cuando una se involucra con una comunidad, el criterio de evaluación no es el informe entregado.
Es lo que queda después:
la mujer que habló,
el acuerdo que se consolidó,
la organización que continúa.
Esa es, para mí, la diferencia fundamental: no hacer antropología sobre las poblaciones, sino hacer antropología con ellas y para ellas...
Lo que la antropología me dio — y lo que yo le devolví
AC: Después de más de cinco décadas de trabajo, ¿qué siente que la antropología le dio y qué siente que usted le dio a la antropología?
EP: Después de más de cinco décadas de trabajo puedo decir que la antropología no fue solamente una disciplina académica en mi vida. Fue una manera de mirar el mundo, de situarme frente al poder y de decidir de qué lado estar.
La antropología me dio herramientas. Me dio método, rigor, capacidad de observación y escucha. Me dio amplitud de visión para comprender que ninguna realidad social es simple y que toda comunidad es el resultado de procesos históricos, tensiones internas y memorias acumuladas.
Me dio también una comprensión profunda del pasado. Aprendí que los conflictos contemporáneos no nacen en el presente: tienen raíces coloniales, agrarias, económicas y culturales.
Esa conciencia histórica me permitió intervenir sin simplificar los problemas ni imponer categorías externas.
También me dio una perspectiva territorial. Como antropóloga y doctora en geografía humana comprendí que el territorio no es solo un espacio físico, sino un espacio vivido, simbólico, productivo y político. El territorio es identidad, memoria y también disputa.
Sin comprender eso, ningún proyecto —energético, forestal o de infraestructura— puede entender realmente sus impactos.
La Escuela Nacional de Antropología e Historia me dio algo todavía más grande: una conciencia social. Allí aprendí a reconocer estructuras de explotación, a cuestionar las relaciones de poder y a entender que el conocimiento nunca es neutral.
La antropología me enseñó a caminar al lado del campesino, no delante de él.
A escuchar antes de proponer.
A solidarizarme con los explotados sin romantizar la pobreza.
En síntesis, me dio una ética.
AC: Y en sentido inverso, ¿qué considera que usted le ha aportado a la antropología a lo largo de su trayectoria?
EP: En términos estrictamente académicos, quizá no mucho. He escrito algunos artículos, impartido algunas clases en la ENAH y participado en distintos proyectos, pero no construí una escuela teórica ni una obra bibliográfica extensa.
Con el tiempo entendí que la pregunta podía formularse de otra manera:
¿Qué le di, desde la antropología, al mundo indígena?
¿Qué aporté a las mujeres?
¿Qué pude hacer por las comunidades con las que trabajé?
He compartido con muchas comunidades el conocimiento de sus derechos. No como discurso abstracto, sino como herramienta concreta para la defensa de sus territorios y su dignidad.
He acompañado procesos de gestión y organización comunitaria, ayudando a traducir el lenguaje jurídico y administrativo en términos comprensibles.
También he trabajado en la formación de personal técnico forestal en derechos humanos, derechos indígenas y perspectiva de género, convencida de que la transformación también debe ocurrir dentro de las instituciones.
Durante varios años formé al personal técnico de la Comisión Federal de Electricidad en la aplicación de salvaguardas sociales en proyectos energéticos.
Mi trabajo consistía en incorporar el enfoque de derechos humanos, derechos indígenas y género en proyectos de electrificación, ampliación de plantas geotérmicas y desarrollo energético.
No era un ejercicio teórico. Implicaba modificar prácticas institucionales, prevenir conflictos y reconocer los impactos sociales de las obras.
También he acompañado comunidades en la defensa de lugares sagrados frente a proyectos que no comprendían su dimensión cultural.
He participado en procesos de consulta comunitaria y en iniciativas de desarrollo donde procuré que las mujeres no quedaran relegadas a beneficiarias pasivas, sino que fueran reconocidas como sujetas de derechos y actoras estratégicas.
He trabajado también en procesos de electrificación rural buscando alternativas tecnológicas ambientalmente responsables, convencida de que el desarrollo no debe reproducir desigualdades ni dañar los territorios.
AC: Su trayectoria muestra un tránsito constante entre instituciones públicas, trabajo comunitario y formación técnica. ¿Cómo evalúa hoy el papel de la antropología aplicada?
EP: Mi trayectoria se desarrolló más en el campo aplicado que en el académico, pero no considero que haya sido un camino menor. La antropología aplicada, cuando es rigurosa y ética, puede ser una forma profunda de incidencia social.
He trabajado en salvaguardas sociales, políticas públicas, formación institucional y procesos de diálogo comunitario. En cada uno de esos espacios intenté sostener una coherencia: que el conocimiento antropológico sirviera para equilibrar relaciones de poder.
No siempre se logra. Las estructuras son fuertes y los intereses económicos también.
Pero cada proceso de consulta bien conducido, cada técnico sensibilizado, cada mujer que comprende que tiene derecho a decidir, cada comunidad que logra formular su demanda con claridad jurídica, representa una pequeña victoria.
Si debo responder con honestidad qué siento hoy después de más de cincuenta años de trabajo diría esto:
La antropología me dio conciencia histórica, una ética del acompañamiento y una manera crítica de entender el desarrollo.
Yo le devolví a la antropología una vida puesta en práctica. Le devolví coherencia entre teoría y acción. Quizá mi mayor aporte no esté en las bibliotecas.
Quizá esté en procesos fortalecidos, en instituciones sensibilizadas, en mujeres que reconocen su agencia y en comunidades que defienden su territorio con argumentos y conciencia histórica.
Y eso, para mí, es una forma legítima de hacer antropología.
AC: Si no es indiscreción, ¿podría comentarnos por qué, a pesar de su larga trayectoria, no ha publicado más trabajos académicos? ¿Tiene que ver con el tipo de trabajo que ha desarrollado o con las dinámicas de la antropología aplicada?
EP: La respuesta es sencilla: por el tipo de trabajo que desarrollo.
Tengo muchos informes técnicos, evaluaciones de impacto social y documentos institucionales, pero esos materiales no tienen las características que exige la academia para publicar.
Mi tesis es publicable, pero publicar por cuenta propia ha sido un verdadero viacrucis.
Alguna vez intenté enviar un material, pero tendría que reescribirlo completamente para ajustarlo a los criterios académicos, y no he tenido el tiempo para hacerlo.
Es eso.
Si desea continuar la conversación con la Dra. Elsa Peña o conocer más sobre su trayectoria y experiencia profesional, puede contactarla a través del siguiente correo electrónico: ehaaz@hotmail.com, medio que ella mantiene para la comunicación con colegas, amigos y personas interesadas en dialogar sobre estos temas.

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