En territorios marcados por la guerra, la cámara no solo registra: decide, omite y construye sentido. El antropólogo y realizador Hever Vásquez Astaíza reflexiona sobre filmar la memoria, la confianza y los límites de la imagen en procesos de reincorporación en el Cauca.
Alberto: ¿Cómo fue tu llegada inicial al territorio de Caldono? ¿Qué recuerdas de ese primer acercamiento con la comunidad y, en particular, con los firmantes de paz?
Hever Vásquez Astaíza: Llegar al municipio de Caldono, en el Cauca, fue una experiencia significativa que recuerdo con claridad. Mi primera visita ocurrió en agosto de 2019, en el marco de un proyecto de sistematización sobre el proceso de reincorporación de excombatientes de las FARC-EP.
Desde el inicio, el territorio se reveló como un espacio profundamente marcado por el conflicto armado, pero también como un lugar donde comenzaban a consolidarse nuevas formas de convivencia entre los firmantes de paz y las comunidades locales.
El trabajo se desarrolló en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) Carlos Perdomo, que operaba en dos puntos del municipio: San Antonio, en el resguardo indígena de Pueblo Nuevo, y Santa Rosa, en el resguardo de San Lorenzo. Fue en San Antonio donde encontré mi primer punto de llegada y, con el tiempo, un lugar de acogida al que regresaría en distintas etapas del proceso.
Ahí no solo construí vínculos de trabajo, sino también relaciones de confianza, amistad y acompañamiento con la comunidad. Ese mismo espacio sería, años después, el escenario principal de Renacer (2023).
Recuerdo ese primer ingreso como una experiencia distinta a la que esperaba. Nos recibieron con amabilidad, compartimos alimentos y el diálogo fluyó de manera natural desde el inicio. Los firmantes de paz mostraron disposición para conversar y compartir sus experiencias.
Pero hay un detalle importante: la cámara no estaba presente.
Durante esos primeros días, el trabajo se centró en observar, recorrer el territorio y comprender sus dinámicas. Era, ante todo, un momento para construir confianza. Las visitas al otro punto del ETCR, en Santa Rosa, confirmaron esa misma disposición.
El espacio, además, estaba cargado de signos: murales, símbolos y referencias a la historia de las FARC-EP que seguían presentes en la vida cotidiana. Esa memoria insurgente no era un vestigio aislado, sino una presencia activa que convivía con un territorio mayoritariamente indígena.
Uno de los momentos más significativos fue la coincidencia con el Saakhelu, un ritual del pueblo Nasa. Ahí, los firmantes de paz participaban activamente, evidenciando su proceso de integración a la vida comunitaria. Muchos de ellos pertenecían a esa misma comunidad.
Lo que se observaba no era solo un proceso de reincorporación, sino también una forma de reencuentro con el territorio y con sus propias raíces.
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| Del fusil al azadón (2020): el tránsito de excombatientes hacia la vida civil en un territorio en transformación. |
Alberto: Antes de encender la cámara, aparece algo más complejo: la confianza. ¿Cómo se construye en un contexto como este?
Hever Vásquez Astaíza: En mi experiencia, el cine etnográfico no parte de un guion cerrado, sino que se construye a medida que avanza el trabajo de campo. Por eso, el primer acercamiento no debe hacerse con la cámara, ya que este dispositivo puede generar desconfianza, incomodidad e incluso temor.
En el caso de Del fusil al azadón, el proceso comenzó sin cámara, a partir de conversaciones informales y espacios compartidos que permitieron construir confianza. Aunque los firmantes de paz fueron en general receptivos, también hubo dudas iniciales, algo comprensible por su condición y por lo reciente del acuerdo de paz en ese momento.
Cuando iniciamos la filmación, procuramos hacerlo siempre con el consentimiento de las personas, en medio de sus actividades cotidianas y sin intervenir en sus dinámicas. No se trataba de que actuaran para la cámara, sino de que pudieran mostrarse tal como son en su día a día.
Las entrevistas se plantearon como espacios de conversación más que como ejercicios formales. Más que preguntar, se trataba de dialogar. Eso permitió que las personas se sintieran más cómodas al compartir sus experiencias.
En Renacer, aunque ya existía una relación previa con el territorio, el proceso fue similar, pero con mayor cuidado debido a la sensibilidad del tema. Se priorizó siempre la escucha, el respeto y las voces de las personas, sin forzar situaciones ni respuestas.
Además, compartir lo que se iba registrando fue clave. Muchas personas mostraban interés por verse en cámara, y eso generaba una especie de complicidad que fortalecía la confianza y facilitaba el proceso.
Alberto: En ese tránsito, ¿hay un momento en el que dejas de ser externo o eso nunca ocurre del todo?
Hever Vásquez Astaíza: Más que un momento puntual, es un proceso gradual. En contextos como estos, uno nunca deja de ser completamente externo, pero sí puede construir relaciones de confianza que permiten una cercanía distinta.
En mi caso, ese tránsito se dio cuando dejé de ser únicamente alguien que iba a investigar o grabar, y comencé a involucrarme en la cotidianidad del territorio: compartir espacios, acompañar procesos comunitarios, participar en actividades y sostener una presencia constante.
Un punto clave fue cuando la misma comunidad del ETCR en San Antonio empezó a invitarme a distintos espacios, más allá de un proyecto específico. Ahí entendí que ya no era solo alguien que llegaba con una cámara, sino alguien con quien se podía contar.
Eso me permitió documentar festivales, ceremonias, grados, talleres y proyectos productivos. Sin embargo, siempre he sido consciente de que esa cercanía implica una responsabilidad ética. Mi lugar sigue siendo el de un acompañante que observa, dialoga y construye en conjunto, sin perder de vista los límites de su posición.
Alberto: Filmar implica decidir constantemente. ¿Cómo sabes cuándo encender la cámara y cuándo no hacerlo?
Hever Vásquez Astaíza: Es una combinación de experiencia, sensibilidad e intuición. Con el tiempo se desarrolla un “instinto”, pero no es improvisado: está guiado por criterios éticos y por la relación construida con las personas.
Por eso es fundamental conocer el territorio sin la cámara. Eso permite una presencia situada, no mediada únicamente por el dispositivo.
No todo debe ser grabado. Hay momentos que, aunque puedan ser relevantes para la narrativa, no deben pasar por la cámara: por su carácter íntimo, por el nivel de confianza que implican o simplemente porque no es el momento adecuado.
Saber cuándo no grabar es tan importante como saber cuándo hacerlo.
En mi caso, priorizo los momentos en los que las personas se sienten cómodas y en los que la cámara no interfiere. También es clave el consentimiento y la lectura del contexto. Hay situaciones en las que la presencia de la cámara puede alterar lo que está ocurriendo, y en esos casos es mejor no encenderla.
Más que capturarlo todo, el interés está en construir un registro respetuoso, donde la cámara acompañe sin imponerse.
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| Renacer (2023): relatos de excombatientes que resignifican su pasado en medio de la reconstrucción social. |
Alberto: ¿Recuerdas algún momento en el que dudaste si debías grabar?
Hever Vásquez Astaíza: Sí, varios, especialmente durante Renacer. Hubo situaciones atravesadas por emociones muy sensibles o recuerdos del conflicto armado.
En esos momentos, aunque uno reconoce que pueden ser escenas muy potentes, también entiende que no todo debe registrarse.
En algunas ocasiones decidí no encender la cámara, porque el momento requería más escucha que registro. Para mí fue fundamental entender que la relación con las personas está por encima de cualquier imagen.
Esa decisión implica renunciar a ciertas escenas, pero también permite construir confianza a largo plazo. Y muchas veces es esa confianza la que hace posible que surjan otros momentos igual de significativos, pero desde un lugar más cuidado.
Algo similar ocurre en la edición. Hay situaciones que fueron grabadas, pero las personas piden que no aparezcan en el producto final. En esos casos, ese material simplemente no se usa.
Hay historias que se quedan ahí: entre quien filma y quien confía.
Alberto: En tu experiencia, ¿qué tanto de lo que vemos en tus documentales es “la realidad” y qué tanto es una construcción a partir de tus decisiones como realizador?
Hever Vásquez Astaíza: Todo documental es, en alguna medida, una construcción. Aunque parte de situaciones reales, siempre está mediado por decisiones: qué se graba, qué se deja por fuera, cómo se edita y desde qué punto de vista se narra.
Hay una pregunta que me acompaña constantemente en el proceso: ¿de quién es la historia?
Mis documentales están atravesados por mi mirada como antropólogo y realizador, pero también por las relaciones que se construyen con las personas durante el trabajo de campo. Por eso, más que hablar de una representación objetiva, prefiero pensar en una interpretación situada.
No se trata de mostrar “la realidad tal cual es”, sino de construir una representación honesta, coherente y respetuosa con el contexto y con las personas que participan. En ese sentido, la subjetividad no es un problema a evitar, sino una condición inevitable que debe asumirse de manera reflexiva.
Alberto: Esa idea desplaza algo importante: la cámara no como espejo, sino como decisión. En ese proceso, también hay errores. ¿Cuáles fueron los más importantes en tu caso?
Hever Vásquez Astaíza: Uno de los principales aprendizajes fue entender los tiempos del territorio. Al inicio, en algunos momentos, existía una expectativa de avanzar más rápido en el proceso de registro, sin comprender que la confianza y las relaciones comunitarias requieren tiempo.
También aprendí a no sobrecargar el proceso con la cámara. En el intento de registrar todo, se corre el riesgo de perder la calidad del encuentro. Hoy tengo más claro que no todo necesita ser filmado.
Es fundamental vivir la experiencia, porque eso también nutre el proceso creativo. Esos errores me permitieron ajustar mi forma de trabajar y entender que el proceso es tan importante como el resultado.
Sobre todo, me dejaron una mayor sensibilidad frente a los ritmos del territorio, las dinámicas comunitarias y las decisiones de las personas.
Alberto: ¿Y en sentido contrario? ¿Qué decisiones fueron clave para que los documentales tomaran forma?
Hever Vásquez Astaíza: Priorizar la construcción de relaciones de confianza por encima del resultado audiovisual fue fundamental. Iniciar sin cámara, desde el diálogo y la presencia en el territorio, permitió que las personas se sintieran cómodas participando.
Otro aspecto clave fue asumir el proceso como algo abierto, sin un guion rígido. Construir la historia desde el caminar, desde la conversación, desde lo que emerge en el campo, hace que el resultado sea más orgánico y menos invasivo.
También fue importante apostar por una mirada que privilegiara las voces de los propios protagonistas. Permitir que las personas se narraran a sí mismas le dio identidad a los documentales y coherencia con el enfoque etnográfico.
Todo esto, sumado a la constancia en el trabajo de campo, permitió no solo consolidar los proyectos, sino también llevar el trabajo antropológico a espacios más públicos.
Pero, sobre todo, permitió generar un impacto en la comunidad retratada.
Alberto: La cámara aparece entonces no solo como herramienta, sino como forma de estar en el mundo. ¿Cómo impacta eso en tu vida cotidiana?
Hever Vásquez Astaíza: Con el tiempo, la cámara deja de ser únicamente un dispositivo de registro y se convierte en una forma de habitar el territorio.
No es algo que se enciende solo para grabar. Empieza a formar parte de la manera en que uno observa, escucha y se relaciona con lo que ocurre alrededor.
Eso implica estar constantemente atento a los detalles, a las conversaciones, a los momentos que pueden ser significativos. Pero también exige aprender a poner límites: saber cuándo dejar la cámara a un lado y simplemente estar presente.
Esa presencia constante puede ser exigente, pero también transforma la forma de mirar. Tiene menos que ver con lo que se ve y más con cómo se ve.
Te vuelve más sensible a los procesos, a las personas y a las historias, pero también más consciente de la responsabilidad que implica registrar la vida de otros.
Alberto: Trabajas con procesos que no terminan: la reincorporación, la memoria, la vida después de la guerra. ¿Cómo decides que una película está lista?
Hever Vásquez Astaíza: Es una de las decisiones más complejas, porque son procesos abiertos, sin un cierre claro en la vida real.
Por eso, mis documentales no buscan cerrar la historia. Buscan mostrar un momento dentro de un proceso más amplio.
Terminar una película implica encontrar una forma narrativa que permita dar cuenta de ese momento sin pretender abarcarlo todo. Es reconocer que la película es una ventana parcial, situada en un tiempo y en unas condiciones específicas.
Más que un cierre definitivo, lo que se construye es un punto de llegada dentro del relato, sabiendo que la vida continúa más allá de la película.
En ese sentido, el final también es una decisión narrativa.
Y el documental, más que agotarse en sí mismo, abre la posibilidad de seguir pensando y dialogando sobre lo que muestra.
Alberto: Hay otra decisión igual de compleja: irse. ¿Cómo se cierra un proceso en campo?
Hever Vásquez Astaíza: Nunca es fácil. Después de un trabajo prolongado, uno no solo se lleva imágenes, sino vínculos, afectos y experiencias compartidas.
Salir del territorio implica tomar distancia, necesaria para la edición y la reflexión, pero también genera una sensación de ruptura. No es simplemente terminar un proyecto, es reconfigurar una relación.
En mi caso, he intentado que ese cierre no sea definitivo. Mantener el contacto, regresar cuando es posible y compartir los resultados hace parte de una forma más responsable de cerrar el proceso.
Después de los documentales, seguí acompañando algunos espacios, realizando registros y apoyando iniciativas comunitarias. Es una forma de no desaparecer una vez termina el proyecto.
Hoy el ETCR ya no existe.
Y, en ese sentido, todo lo que se registró se convierte también en memoria de un momento que ya no está.
Alberto: En ese contexto, la pregunta ética es inevitable: ¿qué se le debe devolver a la comunidad?
Hever Vásquez Astaíza: Lo primero es no entender el proceso como una extracción de información o imágenes. La cámara etnográfica no es una herramienta de vigilancia.
Trabajar con comunidades implica una responsabilidad ética que va más allá del resultado audiovisual.
Devolver no es solo entregar el documental final. Es compartir el proceso, generar espacios de diálogo y procurar que las personas se vean representadas de manera digna y respetuosa.
En mis proyectos, esa devolución ha ocurrido en distintos niveles: desde socializaciones del material hasta el acompañamiento a procesos comunitarios más amplios.
También implica mantener una relación en el tiempo. No desaparecer una vez termina el proyecto.
Más que una obligación puntual, es un compromiso continuo.
Alberto: Después de todo este proceso, ¿qué cambió en tu forma de mirar y de filmar?
Hever Vásquez Astaíza: Cambió, sobre todo, la forma de entender desde dónde miro.
Al inicio, uno puede estar más enfocado en el resultado: la imagen, la estética, la narrativa. Con el tiempo entendí que lo más importante es la relación que se construye con las personas y el territorio.
También cambió mi forma de mirar. Me volví más consciente de que la cámara no es un dispositivo neutral, sino una herramienta que implica decisiones, responsabilidades y una posición frente a lo que se registra.
Eso me llevó a ser más paciente, más cuidadoso y más atento a los tiempos del territorio.
Aprendí también a soltar el control. A confiar en el proceso, en lo que emerge en el trabajo de campo, y a aceptar que las historias no siempre se construyen como uno las imagina.
En el fondo, estos procesos reafirmaron mi interés por una antropología más cercana, más comprometida y más abierta al diálogo.
Una antropología que no solo observa, sino que se involucra, se deja afectar y entiende que el conocimiento se construye en relación con otros.
Después de todo, no todas las historias necesitan cerrarse.
El trabajo audiovisual de Hever Vásquez Astaíza puede consultarse en el canal de YouTube Etnograf Gestión & Cultura AC, dedicado a la reflexión antropológica y la difusión de contenidos sobre cultura y sociedad.Antropólogo y realizador audiovisual con formación en antropología visual, su trabajo se sitúa en el cruce entre investigación social y creación audiovisual, con énfasis en procesos comunitarios y memoria en territorios atravesados por el conflicto armado en Colombia.
Para quienes deseen conocer más sobre su trabajo o seguir sus proyectos, Hever Vásquez Astaíza comparte sus redes sociales: en Instagram como @hevervasquez_ y en Facebook como Hever Vásquez. A través de estos espacios es posible mantenerse al tanto de sus producciones y procesos audiovisuales.

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