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| Antropóloga filipina documenta su comunidad rural, entre la diáspora y el lugar de origen. |
Una investigación en el lugar de origen desafía las tradiciones de una disciplina acostumbrada a buscar al "otro" en lugares lejanos
Cuando una estudiante de posgrado en antropología decidió investigar su propia comunidad en Filipinas, un académico le aconsejó cambiar su tema de estudio mientras aún estaba a tiempo. Estudiar su propio pueblo, le dijeron, sería demasiado doloroso y tomaría mucho tiempo. Además, existía el riesgo de que su trabajo fuera visto como un simple ejercicio de introspección sin rigor científico.
La estudiante se llamaba Dada Docot. Escuchó esas advertencias. También escuchó otras: que investigar en el lugar de origen resultaba demasiado emocional, demasiado subjetivo y que, en todo caso, era un tipo de trabajo que debía realizarse después de haber aprendido a hacer investigación en comunidades ajenas. El estudio del "otro" funcionaba como un rito de paso obligatorio.
Pero ella siguió adelante.
La antropología tiene una historia compleja con las comunidades que estudia. Un músico y actor indígena llamado Floyd Red Crow Westerman compuso una canción en la que retrata a los antropólogos como visitantes ocasionales que llegan a las reservaciones con financiamiento generoso, como si estuvieran de vacaciones. Un académico de las islas del Pacífico, Epeli Hau'ofa, comparó los trabajos antropológicos con los escritos de navegantes, colonizadores y misioneros. Una activista hawaiana, Huanani Kay-Trask, no dudó en equiparar a los antropólogos con los administradores coloniales. Un intelectual indígena llamado Vine Deloria, por su parte, señaló que detrás de cada política fallida en comunidades nativas hay un antropólogo.
Estas críticas han calado hondo en la disciplina. Hoy, muchos antropólogos se preguntan si están investigando correctamente, si están retribuyendo lo suficiente a las comunidades que estudian y si están siendo respetuosos con quienes comparten sus historias y su tiempo.
Docot, quien ahora trabaja como profesora en la Universidad Purdue en Estados Unidos, se hizo esas mismas preguntas. Con educación y trabajo en el extranjero, con el privilegio que otorga un pasaporte poderoso y financiamiento del Norte Global, se cuestionó si su investigación en Nabua, un pueblo rural filipino, era realmente distinta de aquellas prácticas extractivas que la disciplina busca dejar atrás. ¿Estaba acaso tomando historias que podría publicar pero cuyos problemas materiales no podría resolver?
Un académico filipino llamado Rommel Curaming ofrece una perspectiva útil en medio de estas dudas. Señala que la preocupación de los investigadores por si su trabajo es verdaderamente transformador puede no importarles a las comunidades. Lo que realmente les interesa es que sus vidas mejoren.
Otro investigador filipino, Nelson Nava Turgo, vivió un dilema particular cuando regresó desde Inglaterra para hacer trabajo de campo cerca de su lugar de origen. Los pescadores de la comunidad, que conocían a su padre, lo veían como un "balikbayan", un filipino retornante del extranjero que podía traer regalos y ayuda. Las solicitudes de apoyo eran constantes. Turgo tuvo que pausar sus entrevistas y se preguntó si no estaba siendo visto como una presa fácil. Su experiencia invierte la narrativa habitual del antropólogo que extrae información sin dar nada a cambio.
Docot tardó tres años en dejar Filipinas después de su trabajo de campo. Se sentía atrapada pensando en cómo retribuir materialmente a su comunidad. La advertencia que recibió como estudiante se cumplió: investigar en casa resultó ser una tarea prolongada y llena de ansiedades. Ahora vive en la diáspora y mantiene el vínculo con su lugar de origen a través de su trabajo antropológico, aunque se pregunta si la distancia física no la acerca a esa figura del investigador que llega de visita, como en la canción de Westerman.
Las tensiones no terminan ahí. Entre académicos filipinos, existen debates intensos sobre quién tiene el derecho legítimo de producir conocimiento sobre el país. Quienes viven en Filipinas y quienes residen en el extranjero suelen cuestionar mutuamente su arraigo. La historiadora Caroline Hau observa que estos grupos indagan en las raíces del otro. Un académico llamado Neil Garcia señala que estos debates sobre identidad tienden a derivar en racismo.
Estas disputas, sin embargo, ocultan problemas estructurales más urgentes. Dos investigadores filipinos, Romeo Toring Jr. y Maria Mangahas, analizaron los artículos publicados en la revista AghamTao, el órgano oficial de la asociación de antropólogos de Filipinas. Encontraron que la mayoría de los investigadores trabajan desde la capital, Manila, y que sus estudios se concentran en las mismas regiones que interesaban a los antropólogos estadounidenses durante la época colonial: la Cordillera, Mindanao musulmán y la isla de Palawan. Las áreas que no formaban parte de ese mapa colonial permanecen en los márgenes.
Por otra parte, los conceptos teóricos que se utilizan para analizar la realidad filipina provienen en su mayoría de Europa y Estados Unidos. Las formas de entender a la persona, los rituales y las estructuras sociales siguen marcos heredados de escuelas antropológicas del Norte Global. Temas como el poder de la Iglesia Católica en la política filipina, que mantiene criminalizado el aborto y prohibidos el divorcio y el matrimonio igualitario, reciben poca atención.
Un antropólogo filipino llamado Gideon Lasco, al revisar las prácticas de citación en textos de antropología médica escritos por sus compatriotas, confirma que los marcos occidentales predominan. Otra investigadora, Janet Arnado, encuentra que los autores del Norte Global, incluyendo académicos filipinos en la diáspora, dominan el campo de estudios migratorios a través de sus publicaciones y citas. Quienes investigan desde Filipinas permanecen en la periferia, aunque estudien los mismos temas.
La diferencia de recursos entre investigadores de la diáspora y aquellos con base en Filipinas también genera dilemas éticos. Al contratar asistentes de investigación, traductores o colaboradores locales, surge la pregunta sobre cuál debería ser el estándar de pago. Quienes tienen financiamiento del Norte Global podrían pagar salarios más altos, lo que parece justo en un contexto de desigualdad global. Pero esa misma práctica podría desplazar a investigadores locales que no pueden ofrecer las mismas condiciones.
A pesar de estas complejidades, Docot sostiene que la antropología del lugar de origen merece un lugar central en la disciplina. Durante la pandemia de COVID-19, las restricciones de viaje obligaron a muchos antropólogos a investigar cerca de casa. Esa experiencia demostró que es posible hacer trabajo de campo de calidad sin viajar a lugares lejanos.
Sin embargo, en los cursos introductorios de antropología, los estudiantes siguen encontrándose primero con Bronislaw Malinowski, considerado el padre de la etnografía, y con la idea de que la antropología consiste en estudiar al "otro". Quienes consideran investigar su propia comunidad a menudo dudan de que eso sea realmente antropología.
Docot ahora recibe correos de futuros estudiantes de posgrado que buscan supervisión para sus proyectos. La mayoría quiere estudiar comunidades lejanas. Pocos consideran la posibilidad de mirar hacia su propio lugar de origen. La autora espera que eso cambie. Hacer antropología del lugar de origen no resuelve todos los problemas de la disciplina, pero puede enriquecer las conversaciones sobre cómo avanzar hacia una antropología más consciente de su historia y más atenta a las comunidades que estudia.
¿Has pensado alguna vez en las historias que surgen del lugar donde creciste y en quién es quien debería contarlas?
Si conoces a alguien que esté investigando su propia comunidad o considerando hacerlo, compártele esta nota. Tal vez encuentre aquí una similitud con sus propias dudas.
Fuente
Docot, D. (2025) 'Anthropology of the Hometown', American Anthropologist. Disponible en: https://anthrosource.onlinelibrary.wiley.com/journal/15481433

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