Publicar hasta conservar un puesto en la academia parecen asuntos profesionales, pero detrás de cada uno hay tiempo, relaciones, dinero, descanso y decisiones personales.
Por Redacción Nota Antropológica
Esta es una escena que probablemente muchas personas que han pasado por la universidad conocen.
Es de noche. Mañana hay que levantarse temprano, pero todavía falta revisar un artículo, responder un correo, corregir una parte de una tesis o terminar un informe. Y te dices: “Nada más termino esto y ya”.
El problema es que ese “nada más” puede repetirse durante varios años y asumirse como un estilo de vida que no se relaciona con nuestra vida personal, y se da por hecho no generará algún impacto.
Así comienza una pregunta que me llevó a volver a ver varios artículos a los que les hemos dado difusión en Nota Antropológica durante los últimos meses. Son investigaciones diferentes, realizadas por personas distintas, en países distintos, sobre temas que a primera vista parecen no tener demasiado en común.
Temas como el reconocimiento, la burocracia académica, las revistas científicas, incluso investigaciones sobre doctorados, precariedad, relaciones de poder, desigualdades de género y experiencias de mujeres dentro de las universidades. Todas ellas se han compartido con la finalidad de exponer cómo se viven estas experiencias desde personas que están inmersas en este contexto académico.
Al juntarlas encontré algo interesante.
Todas, desde lugares distintos, terminan hablando de una misma relación entre dos espacios que solemos separar: la vida académica y la vida personal.
Porque una beca no solamente significa dinero para estudiar. También puede determinar cuánto tiempo puede dedicar una persona a su investigación.
Empecemos por mencionar que una publicación no solamente es un artículo. Puede significar incluso una oportunidad laboral.
Una recomendación no solamente es una carta. Puede abrir o cerrar una puerta.
Una evaluación no solamente es una calificación. Puede decidir si alguien continúa avanzando o de ahí no va a pasar.
Entonces, ¿podemos decir que todo esto pertenece únicamente a la vida profesional?
Harriet Zuckerman, socióloga emérita de la Universidad de Columbia, dedicó buena parte de su carrera a estudiar cómo se distribuye el reconocimiento dentro de la ciencia.
Zuckerman realizó el trabajo empírico para un artículo de Robert K. Merton sobre el llamado efecto Mateo. Ella fue la entrevistadora de decenas de científicos, reunió la información y trabajó con los datos que después serían utilizados en el artículo. Sin embargo, su participación quedó registrada en una nota al pie.
Tiempo después, su padre fue quien le preguntó: si ella había realizado una parte tan importante del trabajo, ¿por qué no aparecía como coautora?
La pregunta parece simple, incluso algo inocente, pero imaginemos que algo parecido sucede con nuestro propio trabajo. Pasamos meses preparando un proyecto, otra persona aparece al frente y finalmente es su nombre el que queda asociado con el resultado.
¿Qué sucede después?
El reconocimiento puede convertirse en una publicación, una invitación, una beca, una plaza, una colaboración futura. Por eso, la discusión sobre quién recibe crédito no es únicamente una discusión sobre prestigio. También es una discusión sobre oportunidades.
Margaret Rossiter llamó efecto Matilda al fenómeno mediante el cual las aportaciones de mujeres científicas pueden quedar ignoradas o atribuirse a colegas hombres. Esta experiencia nos permite observar que el reconocimiento científico no se distribuye en un vacío social. ¿Has visto o escuchado alguna situación similar?
También intervienen el género, las jerarquías, las relaciones profesionales y las oportunidades disponibles.
El antropólogo colombiano Eduardo Restrepo ha cuestionado las condiciones materiales en las que actualmente se produce conocimiento. Su propuesta de las llamadas “metodologías en fuga” plantea que una investigación necesita cierto margen para cambiar de dirección cuando la realidad estudiada presenta preguntas diferentes a las previstas.
Pero pensemos en la vida cotidiana de aquellos que investigan dentro de una academia que establece líneas de investigación específicas que obedecen a un programa.
Hay una convocatoria que tiene una fecha límite. Después viene el informe. Luego la evaluación. Después otro proyecto. También hay clases, reuniones, correos, formularios y actividades administrativas.
¿En qué momento queda tiempo para que una investigación se desvíe, se detenga, cambie de pregunta o simplemente permita que aparezca algo inesperado?
Entonces, la burocracia deja de ser una palabra que asociamos con oficinas y documentos para convertirse en horas.
Horas que alguien pasa frente a una computadora; horas que se restan de la investigación; horas que también pueden restarse del descanso, de la familia o de cualquier actividad que ocurra fuera de la universidad.
Eso nos lleva a lo que el investigador Mario Espinoza Pino ha estudiado sobre lo que ocurre cuando la universidad organiza buena parte de sus actividades alrededor de la llamada cultura de la excelencia. Porque publicar más, conseguir proyectos, acumular resultados, superar evaluaciones y mantener una trayectoria competitiva forman parte de las exigencias de muchas carreras académicas.
La frase “publica o perece” suele decirse como una broma.
Pero deja de parecer tan graciosa cuando una persona siente que publicar puede determinar si conserva una oportunidad laboral o si es mejor empezar a buscar alternativas incluso en ámbitos fuera de este contexto.
Un estudio publicado en Nature sobre estudiantes de doctorado encontró que quienes perciben una cultura de exceso de trabajo presentan mayores niveles de insatisfacción cuando sus jornadas superan las sesenta horas semanales.
Y es que cuando una persona trabaja más horas de las previstas, ¿está demostrando compromiso o está cubriendo las fallas de una organización que genera más trabajo del que cabe dentro de una jornada?
La pregunta importa porque el doctorado también puede convertirse en un aprendizaje sobre cómo relacionarnos con nuestro propio tiempo.
Se empieza trabajando un poco más.
Después se responde un correo por la noche.
Luego se avanza el fin de semana.
Después se acepta otra tarea porque “puede servir para el currículum”.
Poco a poco, la excepción se convierte en rutina.
La vida académica comienza entonces a extenderse fuera de la universidad.
Pero el tiempo no es el único asunto.
También está el poder.
Carolina Espinosa Luna, investigadora del CRIM-UNAM, junto con Consuelo Corradi, ha estudiado las llamadas economías de legitimidad abusiva a partir de testimonios de mujeres que han experimentado distintas formas de trato desigual dentro de la academia.
Su investigación expone cómo el poder universitario no siempre aparece como una orden directa.
También puede estar en una beca que alguien controla, en una recomendación que necesitamos, en una publicación a la que queremos acceder, en una invitación a un proyecto, en una decisión administrativa que puede afectar nuestra trayectoria.
Una persona puede aceptar más trabajo porque necesita una referencia.
Puede guardar silencio porque depende de alguien para continuar.
Puede aceptar que su participación no aparezca reconocida porque necesita mantener una relación profesional.
Entonces, si una oportunidad depende de una persona que también tiene poder sobre nuestra trayectoria, ¿qué tan libre es realmente nuestra decisión de hacer o no hacer?
Las investigadoras también encontraron que algunas mujeres tardan en reconocerse como víctimas de situaciones de maltrato. Para algunas, hace falta que otra persona les ayude a ponerle nombre a lo que ocurrió.
Esto resulta importante porque las instituciones suelen imaginar que una persona puede identificar inmediatamente una situación problemática, denunciarla y seguir adelante, pero no es así.
Cuando una práctica se repite durante años, puede terminar pareciendo parte normal de la formación.
“Así son los asesores”.
“Así funciona la universidad”.
“Todos tenemos que pasar por eso”.
“Si quieres dedicarte a esto, tienes que aguantar”.
Frases como estas pueden convertir una situación particular en una regla aparentemente inevitable.
Algo similar sucede con el exceso de trabajo.
Si todo el mundo trabaja hasta tarde, quizá parece normal.
Si todo el mundo compite por publicar, quizá parece normal.
Si nadie recibe reconocimiento por ciertas tareas, quizá parece normal.
Pero considero, a título personal, que una práctica sea frecuente no significa que no tenga consecuencias.
También encontramos este problema en las revistas científicas.
Gabriel Angelotti Pasteur, director de Antrópica, ha señalado que mantener una revista implica mucho trabajo. Coordinar artículos, buscar evaluadores, revisar textos, organizar números, responder correos y resolver problemas administrativos requiere tiempo.
Sin ese trabajo, muchas investigaciones simplemente no llegarían a publicarse.
Sin embargo, buena parte de esas actividades puede recibir menos reconocimiento que otros productos académicos.
La academia necesita que alguien haga ese trabajo, pero no siempre recompensa ese trabajo de la misma manera.
Pero, a ver, ¿a nadie le es extraño que una institución pueda depender de una actividad mientras su sistema de evaluación apenas la considera?
Una revisión bibliométrica sobre antropología urbana encontró una producción científica considerable sobre las ciudades, pero una presencia reducida de trabajos que relacionaran directamente antropología urbana y salud.
Esto nos habla de cómo investigar durante décadas un mismo fenómeno y, aun así, dejar algunas preguntas prácticamente fuera de nuestra perspectiva.
Esto importa porque la ciencia no solamente produce respuestas.
También decide, de manera directa o indirecta, qué preguntas reciben tiempo, financiamiento, publicaciones y reconocimiento.
Después de revisar todos estos artículos, eso fue lo que comenzó a llamarme la atención.
No estamos frente a problemas separados.
El reconocimiento se relaciona con las oportunidades.
Las oportunidades se relacionan con las redes.
Las redes pueden relacionarse con el poder.
El poder puede determinar quién obtiene recursos.
Los recursos afectan el tiempo disponible.
El tiempo influye en la producción.
La producción entra en las evaluaciones.
Las evaluaciones vuelven a determinar oportunidades.
El círculo continúa.
Mientras tanto, tu profesor o profesora, asesor o asesora, o incluso tú o yo, estamos intentando vivir dentro de todo ese proceso.
Una persona que necesita dormir.
Que quizá tiene hijos.
Que cuida a sus padres.
Que paga una renta.
Que tiene pareja.
Que necesita comer, descansar, salir, enfermarse, tener vacaciones o simplemente pasar una tarde sin abrir la computadora.
Por eso quizá hemos cometido un error al hablar de la academia como si fuera una esfera separada de la vida.
La universidad no termina necesariamente cuando salimos por la puerta.
Puede continuar en el correo que revisamos durante la cena, en el artículo que corregimos durante las vacaciones, en la preocupación por conseguir una plaza, en la beca que necesitamos conservar o en la recomendación que esperamos recibir por parte de algún profesor reconocido.
También necesitamos preguntarnos qué parte de su vida tiene que reorganizar para poder seguir trabajando así.
Ese es el punto que encontré al juntar estos artículos.
Con esto no estoy tratando de decir que la academia está mal organizada, sino que hay que observar cómo las relaciones de poder, las diferencias de género y clase, los sistemas de reconocimiento, las métricas, la precariedad y la burocracia terminan teniendo consecuencias fuera de las instituciones.
El lado de la vida académica que todos ven serían los artículos publicados, los congresos, los títulos, las becas, los reconocimientos.
Pero también están las horas que nadie contabiliza, el trabajo que nadie reconoce, los correos enviados de madrugada, las oportunidades que dependen de una relación, los proyectos que se aceptan por necesidad y las decisiones personales que terminan adaptándose a las exigencias profesionales.
Si para tener una carrera académica necesitamos entregar cada vez más tiempo de nuestra vida, ¿en qué momento dejamos de construir una trayectoria profesional para comenzar a construir nuestra vida alrededor de ella?
Si esta pregunta te resulta familiar, cuéntame cómo la has vivido y no olvides seguirnos para enterarte de la siguiente Nota Antropológica.
Fuentes
Espinosa Luna, C. y Corradi, C. (2025). Mediaciones entre la violencia académica contra mujeres y su autopercepción como víctimas. Estudios Sociológicos de El Colegio de México, 43, pp. 1-25.
Espinosa Luna, C. y Corradi, C. (2026). Economías de legitimidad abusiva. Explicación sociológica de la violencia académica contra mujeres. Estudios Sociológicos, 44, e2873.
Espinoza Pino, M. (2025). Las servidumbres de la excelencia: cuerpo, explotación y violencia en la universidad neoliberal. Sociologia Histórica.
Restrepo, E. (2026). Teoría social, metodologías en fuga y materialidades en el establecimiento académico: apuntes desde un prisma anarquista. Tabula Rasa, 58, pp. 99-116.
Varela Tovar, M. A., Medina García, J. A. y Herrera Sánchez, G. (2026). Sustentabilidad social y antropología urbana en relación con el bienestar y la educación para la salud: una revisión bibliométrica basada en PRISMA y Web of Science. Revista Dilemas Contemporáneos: Educación, Política y Valores, XIII(3), artículo 25.
Vera, H. (2026). Mujeres en la ciencia y desventajas acumuladas: entrevista con Harriet Zuckerman. Sociológica México, 41(114), pp. 413-427.
Fuente adicional: Nature (2025), “The nine-to-five PhD: mere myth or an achievable goal?”

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