La lección política de un niño zapatista

Un niño entiende el común: mientras los adultos se pierden en el discurso, las hormigas muestran el camino colectivo.


Un reciente cuento firmado por “El Capitán” revela las tensiones entre organización y práctica dentro del zapatismo contemporáneo.

Por Redacción Nota Antropológica

En los márgenes de la política institucional mexicana, donde el discurso suele endurecerse y volverse inaccesible, el zapatismo ha construido otra forma de decir el mundo: el cuento. Esta vez, bajo la firma de “El Capitán” —una voz literaria vinculada históricamente a , hoy conocido también como Subcomandante Galeano— aparece un nuevo relato que, con humor y aparente sencillez, plantea una reflexión profunda sobre la organización colectiva, las emociones y el sentido del “común”.

Desde el levantamiento de 1994, el no solo ha sido un actor político, sino también un productor constante de narrativa. A través de cuentos, cartas, comunicados y alegorías, figuras como Marcos/Galeano han construido una pedagogía propia: historias donde los animales, los niños o los personajes cotidianos explican lo que los discursos no logran. Personajes como Durito, el Viejo Antonio o ahora este niño zapatista forman parte de una tradición donde la literatura no adorna la política, sino que la hace comprensible.

En los últimos años, esta narrativa ha evolucionado. Lejos del tono épico de los primeros comunicados, los textos recientes del zapatismo tienden a ser más introspectivos, autocríticos y pedagógicos. Ya no se trata únicamente de interpelar al Estado o al capitalismo global, sino también de mirar hacia dentro: cuestionar sus propias prácticas, sus formas organizativas y los desafíos de construir autonomía en el presente.

El Condenado y las Hormigas (El amor y el desamor según un niño zapatista)”, publicado en marzo de 2026, se inscribe en ese momento. Es un cuento que parece menor —la historia de un niño travieso mal nombrado en la escuela— pero que en realidad funciona como una alegoría política compleja.

El relato narra cómo un niño es registrado oficialmente como “Condenado Chamaco del Demonio” debido a una cadena de descuidos provocados por dos situaciones profundamente humanas: el enamoramiento de su maestra y el conflicto de su formador. A partir de ahí, el niño queda aislado, señalado por su propio nombre.

Sin embargo, lejos de victimizarse, el niño observa. Aprende de la milpa, de las plantas, de los animales… y especialmente de las hormigas.

En ellas descubre algo que los adultos no logran explicar: organización sin imposición, trabajo colectivo, distribución de tareas, apoyo mutuo y respuesta comunitaria ante la adversidad. Cuando finalmente llega a dar una explicación sobre “el común” —uno de los conceptos centrales del pensamiento zapatista contemporáneo— nadie entiende. Nadie, excepto el niño, que lo resume en una sola palabra: “hormigas”.

La escena no es menor. Es, en realidad, el núcleo del cuento: mientras las estructuras organizativas y los discursos se vuelven complejos, incluso inaccesibles, el sentido profundo del proyecto zapatista sigue estando en lo cotidiano, en lo observable, en lo vivencial.

El texto también introduce una dimensión poco explorada en los análisis políticos: las emociones. El amor y el desamor no aparecen como elementos secundarios, sino como fuerzas que atraviesan la organización. El enamoramiento distrae, el conflicto desordena, y ambos pueden generar errores institucionales —como el absurdo nombramiento del niño—. En este sentido, el cuento sugiere que ninguna estructura, por autónoma o sólida que sea, está exenta de la condición humana.

Hay también una crítica interna clara. Las autoridades que no entienden, los comités que “se hacen patos”, los discursos que no logran comunicar: el zapatismo se observa a sí mismo sin complacencia. Pero, lejos de desmontarse, se reorienta. La respuesta no está en perfeccionar el discurso, sino en volver a la práctica, a la observación, a la vida colectiva.

En el fondo, el cuento plantea una pregunta vigente más allá del zapatismo: ¿cómo se construye lo común en un mundo atravesado por la distracción, el conflicto y la sobreabundancia de discursos?

La respuesta, sugiere el niño, puede ser más simple de lo que parece: mirar, aprender y organizarse como las hormigas.

Porque, mientras los adultos explican sin entender, alguien más —desde abajo, desde la curiosidad y desde la experiencia— pareciera que ya está comprendiendo.

Para quienes deseen adentrarse en la historia completa y recorrer por sí mismos esta alegoría zapatista, el relato puede leerse íntegro en el siguiente enlace⁠.

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