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| Mitomanía, megalomanía, demencia. Tres formas de habitar lo imaginario cuando la realidad no alcanza. Una exploración visual del estudio de Bogar Escobar Hernández. |
El mito personal como estrategia para habitar el mundo
Por Redacción Nota Antropológica
Bogar Escobar Hernández, investigador de la Universidad de Guadalajara, ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la realidad no basta para justificar la propia existencia? Su estudio, publicado en Antropología Americana, explora la delgada línea entre la imaginación y la necesidad humana de encontrar un propósito. A lo largo de sus páginas, el autor sostiene que los seres humanos no solo sueñan despiertos por placer: también lo hacen para sobrevivir.
La capacidad de ensoñación no es un mero adorno evolutivo. Para muchos, se convierte en un mecanismo de compensación. Cuando la vida cotidiana resulta insuficiente, hostil o simplemente vacía, la fantasía ofrece una salida. No se trata de escapar por escapar, sino de construir un territorio donde el yo pueda desplegarse con atributos que en la realidad le son negados: inteligencia, valentía, reconocimiento, grandeza. Es, en palabras del autor, una reinvención de uno mismo.
Esa reinvención opera como un reajuste de la realidad. El individuo no necesariamente miente a los demás: primero se miente a sí mismo. Porque solo así la ficción adquiere consistencia. Y cuando la ficción se sostiene, también lo hace el deseo de seguir viviendo. La fantasía deja entonces de ser un pasatiempo para convertirse en un bastidor donde se teje la propia identidad.
Tres formas de habitar lo imaginario
Escobar Hernández examina tres figuras en las que este mecanismo se manifiesta de manera extrema: el mitómano, el megalómano y la persona con demencia. En cada una, la fantasía opera con una lógica distinta, pero con un mismo propósito: sostener un sentido de vida allí donde la realidad no lo proporciona.
El mitómano construye un relato sobre sí mismo que no corresponde con los hechos. No lo hace por simple engaño, sino por necesidad. Su discurso ficticio funciona como una armadura: le permite presentarse ante los demás y ante sí mismo como alguien valioso. La mentira, en este caso, no es un acto contra la verdad, sino un intento desesperado por existir con peso. El problema es que esa armadura es frágil. Cualquier contraste con la realidad puede resquebrajarla. Y cuando eso ocurre, el mitómano enfrenta una disyuntiva: aceptar los hechos o negarlos con mayor vehemencia. Muchas veces elige lo segundo, aunque eso lo lleve al aislamiento o al absurdo.
El megalómano, por su parte, se concibe a sí mismo como un ser excepcional. Su grandeza no está sostenida en obras o reconocimientos reales, sino en una convicción íntima e inquebrantable. Desde esa perspectiva, los demás son inferiores y el mundo debe plegarse a su voluntad. Esta forma de fantasía suele estar asociada al ejercicio del poder. Pero también conlleva una paradoja: cuanto más se aleja de los otros, más se empobrece su humanidad. La grandeza imaginaria termina por vaciar de contenido real al yo. El megalómano se convierte en un imitador de sí mismo.
El caso de la persona con demencia es quizá el más conmovedor. Al verse excluida del mundo de los otros, encuentra en la fantasía una forma de compañía. Los diálogos con seres imaginarios no son síntomas de irracionalidad, sino intentos de sostener un vínculo. En esos coloquios silenciosos, el alienado experimenta la cercanía que la realidad le niega. Su mundo interior se puebla de presencias que lo escuchan, que no lo juzgan, que no se apartan. Allí, en ese espacio construido con imágenes, encuentra una razón para permanecer.
La paradoja de una existencia inventada
Lo que estos tres casos tienen en común es que la fantasía, usada como soporte del sentido vital, termina por alejar al individuo de aquello que más necesita: el contacto con el otro. El mitómano habla, pero no dice verdad. El megalómano impone, pero no reconoce. El alienado dialoga, pero con sombras. En todos ellos, la relación con la alteridad se debilita. Y con ella, también se debilita la posibilidad de un sentido compartido, de una vida que se justifique en el encuentro.
El autor no juzga estas conductas como patologías aisladas, sino como respuestas humanas a una condición compleja. La organización social, la presión por ser valioso, la dificultad para encajar en los moldes disponibles: todo eso empuja a muchos a buscar en lo imaginario lo que lo real no les da. La fantasía no es entonces el problema, sino el síntoma de una carencia más honda.
Por eso mismo, el estudio no se limita a describir. También invita a mirar de otra manera a quienes construyen mundos paralelos. El mitómano, el megalómano, el alienado, no son seres de otro planeta. Son personas que, a su modo, intentan lo mismo que todos: encontrar un lugar donde su existencia tenga sentido.
¿Hasta dónde llegarías para sostener la historia que cuentas sobre ti mismo?
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Fuente: Escobar Hernández, B. (2026). Relación entre la fantasía y el significado vital humano. Antropología Americana, 11(21), pp. 155-176.

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