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La prehistoria se equivocó con las mujeres

Movilidad diversa, estatus, oficios y redes femeninas de cuidado y poder. 


Un estudio internacional cuestiona la idea de que las mujeres siempre fueron las que se movían por matrimonio en la Europa antigua

Durante décadas, la arqueología contó una historia sobre el pasado remoto de Europa. Los hombres viajaban, comerciaban, exploraban y llevaban la tecnología a nuevos territorios. Las mujeres, cuando se movían, lo hacían únicamente por seguir a sus esposos. Esta narrativa, repetida en libros de texto y estudios académicos, presentaba a las mujeres como piezas intercambiables que circulaban entre aldeas para casarse, mientras los hombres permanecían en sus comunidades heredando la tierra y el poder.


Un equipo internacional de investigadoras e investigadores decidió poner a prueba esta idea. Analizaron críticamente lo que realmente dicen los datos sobre la movilidad femenina en la prehistoria europea tardía, un período que abarca desde el Neolítico hasta la Primera Edad del Hierro, aproximadamente entre el 6000 y el 1000 antes de nuestra era.


La investigación partió de que en los últimos años, los análisis de ADN antiguo y de isótopos de estroncio se han convertido en herramientas fundamentales para rastrear la movilidad de las poblaciones del pasado. El ADN permite identificar linajes maternos y paternos, mientras que los isótopos de estroncio, presentes en los dientes y los huesos, indican si una persona creció en el lugar donde fue enterrada o si llegó de otra región. Al interpretar estos datos, muchos estudios concluyeron que las mujeres mostraban mayor diversidad genética o eran más frecuentemente identificadas como "no locales", lo que se interpretaba automáticamente como evidencia de patrilocalidad, es decir, las mujeres dejaban su lugar de nacimiento para ir a vivir con la familia de sus esposos.


El equipo sospechaba que esta conclusión era demasiado simple. Para verificarlo, realizaron un meta-análisis exhaustivo de la literatura publicada. Revisaron 24 estudios de ADN antiguo que incluían 977 individuos y 228 investigaciones de isótopos de estroncio con más de 3.200 personas de las que 1.751 tenían información sobre su sexo osteológico. Luego sometieron estos datos a pruebas estadísticas para determinar si el patrón de mayor movilidad femenina se sostenía a lo largo del tiempo.


Los resultados sorprendieron incluso a las propias investigadoras. Las mujeres no locales solo superaron significativamente a los hombres no locales en el período anterior al 5000 antes de nuestra era, es decir, en el Neolítico más temprano. En todas las franjas temporales posteriores, el número de hombres y mujeres que se habían movido de su lugar de origen era estadísticamente igual o, en algunos períodos como después del 3000 antes de nuestra era, había más hombres no locales que mujeres. Cuando analizaron los datos por culturas arqueológicas específicas, solo en la cultura LBK, la primera cultura agrícola de Europa central, encontraron más mujeres foráneas que hombres. En culturas tan conocidas como la de los vasos de embudo o la cultura Yamna, los números eran equilibrados o mostraban más hombres.


El problema, según las autoras, no está en los datos sino en cómo se interpretan. La arqueología ha heredado de la antropología términos como patrilocalidad, patrilinealidad y patriarcado, pero los utiliza de manera imprecisa y casi intercambiable. En los estudios de parentesco, la patrilocalidad tiene un significado específico: se refiere a la co-residencia de hermanos varones. La virilocalidad, en cambio, indica simplemente que la pareja reside en el lugar del esposo. Pero en la literatura arqueológica, todo se etiqueta como patrilocalidad, dando por sentado que si las mujeres se mudaban, automáticamente perdían estatus y poder.


Esta confusión conceptual tiene consecuencias importantes. Asumir patrilocalidad lleva implícitamente a asumir patrilinealidad, la transmisión de la herencia por línea masculina, y de ahí a patriarcado, la autoridad del padre o de los varones mayores. Pero estos tres elementos no siempre van juntos. Las investigadoras recurren a ejemplos etnográficos contemporáneos para mostrar esta diversidad. En comunidades del sur de África, las mujeres que se casan y van a vivir con la familia del esposo pueden conservar una vaca para su uso personal y acumular riqueza negociando las dotes de sus hijas. En los Andes bolivianos, las jóvenes esposas viven los primeros años con la familia del marido en una posición subordinada, pero con el tiempo establecen su propio hogar y las mujeres mantienen una intensa movilidad para pastorear, vender en mercados o visitar a sus familias. En Benin, las niñas son enviadas a ser criadas por mujeres de su clan patrilineal, generando movimientos que nada tienen que ver con el matrimonio.


La posición de una mujer en estos sistemas cambia además a lo largo de su vida. Una joven esposa recién llegada a la casa de sus suegros tiene muy poca autonomía. Pero con los años, cuando tiene hijos y eventualmente se convierte en suegra, su estatus y capacidad de decisión aumentan considerablemente. La movilidad no es un evento único en la juventud, sino un proceso continuo con motivaciones diversas.


Para ilustrar esta complejidad, el equipo presenta cuatro estudios de caso arqueológicos que muestran realidades mucho más matizadas que el modelo simple de la patrilocalidad. En la Grecia neolítica, los patrones de asentamiento cambian constantemente. Las aldeas se fundan, se abandonan, se reorganizan. El tamaño de las casas no se ajusta a los indicadores que la antropología cruzada asocia con patrilocalidad o matrilocalidad. La movilidad parece haber sido una estrategia comunitaria para evitar la concentración de poder y mantener el orden social, no un mecanismo para controlar a las mujeres.


En la Europa central neolítica, particularmente en la cultura LBK, los análisis de ADN del cementerio de Nitra en Eslovaquia muestran un panorama complejo. Había familias extensas que vivían juntas durante generaciones, pero también pequeños grupos de personas emparentadas e individuos sin parentesco genético con nadie. Tanto hombres como mujeres "faltaban" del cementerio, lo que significa que habían emigrado a otros lugares. Las mujeres que llegaban de fuera no eran simplemente esposas intercambiadas, sino personas con historias diversas que posiblemente respondían a oportunidades económicas o decisiones personales.


El caso más espectacular proviene de la España calcolítica, del sitio de Valencina en Sevilla. Allí, en una tumba elaborada, se encontró el cuerpo de una persona joven de entre 17 y 25 años rodeada de objetos excepcionales: un colmillo de elefante africano, objetos de marfil, ámbar y piedras preciosas. Durante años, los arqueólogos llamaron a esta persona el "Mercader de Marfil", asumiendo que era un hombre. Análisis recientes de péptidos del esmalte dental demostraron que era una mujer, ahora llamada la "Dama de Marfil". A poca distancia, en la estructura de Montelirio, se encontraron los restos de veinte mujeres enterradas con atuendos decorados con cuentas y objetos también de materiales exóticos. Todas las que pudieron ser sexadas resultaron ser mujeres. Estas mujeres, además, mostraban signos de haber realizado trabajos físicos exigentes y tenían altos niveles de mercurio en los huesos, posiblemente por el uso ceremonial de cinabrio. En este contexto, las mujeres no solo se movían, sino que controlaban el comercio de bienes de prestigio a larga distancia y ocupaban posiciones sociales elevadas.


En la Primera Edad del Hierro de los Alpes, las imágenes grabadas en situas, recipientes de bronce para banquetes, muestran escenas de la vida cotidiana y ceremonial. Los hombres aparecen con más frecuencia en escenas de movimiento como guerreros o jinetes, pero las mujeres también son representadas en situaciones que implican desplazamiento. En una situa de Montebelluna, una mujer aparece como pasajera en un carro tirado por caballos. En otra de Pieve d'Alpago, una escena muestra un parto con dos mujeres asistiendo, probablemente parteras que habrían viajado para ayudar. La presencia de biberones de cerámica en esta época sugiere que las madres podían separarse temporalmente de sus bebés, permitiendo que otras personas del grupo se hicieran cargo mientras las mujeres realizaban otras tareas o viajaban.


Estos ejemplos muestran que las razones para moverse en la prehistoria eran tan variadas como lo son hoy. Las mujeres podían desplazarse para establecer alianzas, para comerciar, para aprender oficios, para atender partos de familiares, para criar hijos de otras familias, para escapar de conflictos o simplemente para buscar mejores oportunidades. Reducir toda esta complejidad a la etiqueta de "matrimonio" empobrece nuestra comprensión del pasado y, de paso, proyecta hacia atrás en el tiempo ideas modernas sobre el papel de las mujeres.


El equipo propone un nuevo enfoque para estudiar la movilidad en el pasado. Los datos de isótopos y ADN deben ser el punto de partida, no el final de la investigación. La pregunta no puede ser simplemente si había o no patrilocalidad, sino cómo se relacionaban los patrones de movilidad con los sistemas económicos, con la organización de los asentamientos, con las tareas cotidianas, con las redes de cuidado y con las biografías individuales. Esto requiere integrar técnicas arqueológicas tradicionales que han quedado un poco olvidadas en la era de la genética: estudiar la duración de los asentamientos, analizar la distribución de las tareas a través del desgaste óseo, rastrear la circulación de objetos y estilos, mapear los paisajes de producción y consumo.


La investigación también advierte sobre el peligro de usar sociedades actuales o históricas como modelos directos para el pasado. El colonialismo transformó profundamente los sistemas de parentesco en muchas regiones del mundo, favoreciendo formas patrilineales y patrilocales que no necesariamente existían antes. Las sociedades prehistóricas podrían haber sido mucho más diversas y flexibles de lo que imaginamos.


Lo que está en juego no es solo una discusión académica sobre parentesco en la Edad de Piedra. La forma en que contamos la historia de las mujeres en el pasado tiene consecuencias en el presente. Si asumimos que la subordinación femenina y el control de su movilidad han sido la norma desde siempre, naturalizamos esas condiciones como inevitables. Si, por el contrario, mostramos que las mujeres del pasado tuvieron agencia, poder, movilidad y estatus en contextos muy diversos, abrimos la posibilidad de imaginar futuros diferentes.


Las investigadoras expresan qué no se trata de encontrar una única respuesta sobre cómo era la movilidad de género en la prehistoria. Se trata de mostrar que las narrativas dominantes, como la de la patrilocalidad universal, solo se sostienen si ignoramos partes de los datos y si aplicamos conceptos de manera poco rigurosa. Al abrir el análisis a la complejidad, al mostrar que diferentes tipos de evidencia permiten diferentes puntos de vista, la arqueología cumple su función más valiosa: recordarnos que el pasado fue genuinamente distinto y que, por lo tanto, el presente no es la única forma posible de organizar las relaciones entre mujeres y hombres.


¿Alguna vez has dado por sentado que las cosas siempre fueron como son ahora, sin imaginar que el pasado pudo ser radicalmente diferente? 


Fuente: Bickle, P., Hofmann, D., Souvatzi, S., Cintas-Peña, M., Rebay-Salisbury, K., Schauer, P., Khalil, U., Shaw, D. y Van Vleet, K. E. (2025). Moving to Stay in (a Woman's) Place: Was Patrilocality the Dominant Mode of Postmarital Residence across Later European Prehistory? Current Anthropology, 66(6).


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