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| En Brick Lane, los dueños de restaurantes bangladesíes enfrentan una pregunta constante: cómo servir alcohol a los clientes sin apartarse de las propias creencias. |
En un barrio de Londres, los dueños de restaurantes bangladesíes enfrentan una pregunta incómoda: ¿se puede servir alcohol y seguir siendo fiel a las propias creencias?
Imaginen una calle larga y estrecha. A un lado, edificios antiguos con ladrillos color terracota. Al otro, paredes cubiertas de grafiti y locales con las persianas bajadas. En las aceras, bicicletas de reparto van y vienen mientras el olor a especias flota en el aire.
Esa calle existe y se llama Brick Lane. Está en Londres, pero podría estar en cualquier ciudad del mundo donde las tradiciones chocan con las exigencias de la vida moderna.
Brick Lane es conocida como la calle del curry. Allí se concentran decenas de restaurantes regentados por familias bangladesíes que llegaron al Reino Unido hace décadas en busca de un futuro mejor. Con el tiempo, esos pequeños negocios se convirtieron en un imán para turistas y oficinistas que cada noche llenan las mesas para probar los platos típicos del sur de Asia.
Pero hay un detalle que muchos comensales ignoran mientras hojean la carta.
La mayoría de esos restaurantes pertenecen a personas musulmanas. Y el islam prohíbe el consumo de alcohol. Sin embargo, los clientes piden vino para acompañar la comida, cerveza para refrescarse, licores para brindar. Y los dueños necesitan vender para mantener sus negocios a flote.
¿Cómo resolver esa contradicción?
El antropólogo Sean Carey pasó tiempo en Brick Lane observando lo que ocurre detrás de las puertas de esos restaurantes. Lo que encontró fue una serie de arreglos cotidianos que los dueños han ido tejiendo para no traicionar sus convicciones ni tampoco su sustento.
Carey llama a esto piedad pragmática. Una forma de vivir la fe que no se aferra a reglas rígidas sino que busca acomodos posibles en un mundo que no siempre se ajusta a lo que dictan las creencias.
Algunos dueños, por ejemplo, obtienen la licencia para vender alcohol pero no lo tocan. Delegan esa tarea en empleados que no comparten su fe o que están en otro momento de su vida espiritual. De esta manera, el negocio ofrece lo que el cliente busca sin que el propietario tenga que manejar personalmente lo que su religión le prohíbe.
Otros forman sociedades con familiares o amigos. Así, la responsabilidad se reparte y la decisión de vender alcohol no pesa sobre una sola persona. Entre varios, la carga se aligera.
También está el factor del tiempo. Carey conversó con restauradores que en su juventud bebían con naturalidad, como cualquier londinense más. Pero después de cumplir con el Hajj, la peregrinación a La Meca que todo musulmán debería realizar al menos una vez en la vida, decidieron dejar el consumo personal. Sin embargo, continúan sirviendo alcohol en sus restaurantes. No lo ven como una traición sino como una forma de entender que el negocio sostiene a varias familias y que los cambios profundos requieren tiempo.
En una comunidad donde todos se conocen, el honor también importa. Los vecinos observan, comentan, juzgan. Mantener el equilibrio entre lo que dicta la fe y lo que exige el negocio es también una forma de preservar el respeto de los demás.
Pero mientras estos acomodos sociales se mantienen, Brick Lane enfrenta otras amenazas más difíciles de sortear.
Las aplicaciones de entrega a domicilio cambiaron por completo la forma de comer fuera. Ahora la gente pide desde el celular y los repartidores en bicicleta, como el que aparece en la imagen que acompaña la investigación, se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Los restaurantes tienen que pagar comisiones a esas plataformas y ajustar sus precios para competir.
La gentrificación también avanza. El barrio se pone de moda, llegan nuevos vecinos con mayor poder adquisitivo, los alquileres suben. Los pequeños comercios de toda la vida, esas tiendas que venden de todo, desde shishas hasta cargadores para el teléfono, empiezan a desaparecer. En su lugar, abren negocios con otro estilo, otra clientela, otro precio.
Carey se pregunta entonces si Brick Lane podrá mantener su carácter. Las adaptaciones sociales, esos acuerdos tácitos entre la fe y el bolsillo, probablemente sobrevivan. Pero si los locales cierran, si los edificios se remodelan, si los vecinos de siempre tienen que irse, ¿qué quedará de la calle del curry?
Por ahora, los restaurantes siguen abriendo al mediodía y cerrando pasada la medianoche. Los clientes llegan, piden mesa, hojean la carta. Algunos piden vino, otros no. Los dueños atienden, sonríen, cobran. Y en algún momento de la noche, cuando el último comensal se marcha y empiezan a recoger las mesas, la pregunta vuelve a aparecer.
¿Hasta cuándo se podrá mantener este equilibrio?¿tú qué harías si tu forma de ganarte la vida chocara con algo en lo que crees firmemente?
Si conoces a alguien que haya tenido que navegar entre lo que piensa y lo que hace para ganarse el pan, comparte esta nota con esa persona. Tal vez encuentre en esta calle londinense un reflejo de lo que vive cada día.
Fuente:
Carey, S. (2026) 'The Brick Lane Islamic Shop & Brick Lane Mini Market', Anthropology Today, 42(1), pp. 1-2.

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