Las tres almas de la libertad de expresión

Matei Candea, antropólogo de la Universidad de Cambridge.


Detrás de la absolución de las caricaturas de Mahoma se esconde una lucha interna entre la razón, el honor y la risa sin límites

Por Redacción Nota Antropológica 

El 22 de marzo de 2007, la 17ª Cámara del Tribunal de París emitió un fallo que se volvería emblemático. La Unión de Organizaciones Islámicas de Francia y la Mezquita de París habían llevado a los tribunales a Charlie Hebdo por la republicación de las caricaturas danesas de Mahoma. El cargo era "insulto público a un grupo de personas por razón de su religión". El tribunal absolvió a la revista satírica. La decisión parecía simple, pero el camino hacia ella fue cualquier cosa menos lineal.


Para entender lo que realmente sucedió ahí, hay que dejar de lado por un momento la imagen típica de un choque entre Occidente y el mundo islámico. El antropólogo Matei Candea, de la Universidad de Cambridge, propone algo distinto. En lugar de comparar culturas como si fueran bloques uniformes enfrentados, sugiere mirar de reojo, lateralmente, entre distintos contextos europeos. Porque lo que aquel juicio puso sobre la mesa no fue un enfrentamiento entre dos mundos, sino una lucha interna dentro de la propia tradición liberal francesa.


Candea pasó años estudiando este caso. Su investigación, publicada en la revista Comparative Studies in Society and History, muestra que dentro de esa sentencia judicial conviven tres formas distintas de entender la libertad de expresión. Tres lógicas que se atraen, se repelen y, finalmente, deben convivir bajo el mismo techo legal.


Y esto nos importa desde Latinoamérica porque, aunque el caso ocurrió en Francia, las preguntas que plantea resuenan en cualquier lugar donde se discuta qué se puede decir, qué no, y quién decide los límites.


La primera de estas lógicas es la más conocida. La razón pública, el debate democrático, el espacio donde los ciudadanos intercambian opiniones para construir consensos. Durante el juicio, los abogados de Charlie Hebdo insistieron en esta línea. Las caricaturas no eran un ataque gratuito, sino una contribución al debate público sobre el integrismo religioso. La revista defendía la libertad de expresión frente a la intimidación. Esta visión sostiene que la palabra pública tiene valor en la medida que alimenta la discusión racional y fortalece la democracia.


Pero el tribunal no se detuvo ahí. Los jueces examinaron una por una las tres imágenes cuestionadas. La primera mostraba a Mahoma diciendo "Es duro ser amado por idiotas". La segunda representaba a suicidas en el paraíso escuchando al profeta gritar "Alto, alto, nos quedamos sin vírgenes". La tercera, la más compleja, era un dibujo de Mahoma con un turbante con forma de bomba que llevaba inscrita la shahada, la profesión de fe islámica.


Al analizarlas, los jueces recurrieron a un lenguaje que poco tenía que ver con el debate racional. Hablaron de honor, de reputación, de la capacidad de las imágenes para herir. La ley de prensa francesa de 1881, aún vigente, fue creada en una época donde los periodistas se batían a duelo por cuestiones de honor. Más de doscientos duelos entre periodistas y lectores ofendidos marcaron la década en que se redactó esa ley. El código legal francés siempre ha entendido que las palabras pueden dañar tanto como una espada.


Para un lector latinoamericano, esta obsesión francesa con el honor puede sonar lejana. Sin embargo, si pensamos en nuestros propios contextos, aparecen códigos similares aunque con otras formas. El agravio, la ofensa, la mancha al nombre propio o familiar también tienen peso en nuestras sociedades. Lo que cambia es cómo cada cultura decide procesar ese daño: si mediante tribunales, mediante la presión social o mediante el silencio.


Los magistrados concluyeron que las dos primeras caricaturas no insultaban a los musulmanes, sino a los fundamentalistas. El profeta aparecía, según su lectura, como alguien preocupado por la distorsión de su mensaje. Sin embargo, al llegar a la tercera imagen, el tono cambió. El tribunal reconoció que ese dibujo, considerado en sí mismo, podía insultar a todos los seguidores del islam y manchar su reputación. Un giro inesperado en una sentencia que terminaría absolviendo a la publicación.


¿Cómo se explica esta contradicción? El tribunal apeló al contexto. Señaló que la imagen aparecía en un número especial dedicado a analizar la polémica de las caricaturas, acompañada de artículos que explicaban el propósito del medio. Además, el dibujo se reproducía en formato muy pequeño. El contexto, sostuvieron los jueces, transformaba la naturaleza del mensaje.


Pero junto a la razón y al honor, una tercera fuerza recorría los pasillos del tribunal. El espíritu de Charlie Hebdo, autodefinido como "periódico irresponsable", encarna una tradición francesa que el teórico Nicholas Harrison llama "anticensura". Es el impulso de decirlo todo, de no reconocer límites, de reírse de cualquier autoridad. Esta corriente viene de lejos: del Marqués de Sade, para quien "la filosofía debe decirlo todo", pasando por los surrealistas hasta llegar a Mayo del 68 con su consigna "prohibido prohibir".


Durante el juicio, esta tensión se hizo visible. Philippe Val, director de la revista, explicaba con seriedad la función democrática de la sátira. Pero también celebraba, fuera de la sala, haberle dicho a su abogado que transmitiera al juez una expresión poco amable. La revista quería ser tomada en serio como defensora de la república, pero también quería seguir siendo el adolescente irreverente que se burla de todo sin excepción.


El fallo final intentó domesticar esta energía desbordada. Definió la caricatura como un género literario que, aunque provocador, forma parte de la libertad de expresión y comunicación de pensamientos. La risa quedaba así subordinada a la razón, convertida en instrumento del debate público. El tribunal no condenaba la irreverencia, pero le pedía que se explicara, que se justificara, que demostrara su utilidad democrática.


La forma misma de la sentencia resultó inusual para los estándares franceses. Tradicionalmente, las decisiones judiciales en Francia son breves, casi telegráficas. Derivan su autoridad de la contundencia, no de la explicación. Se espera que el juez simplemente aplique la ley, no que razone extensamente su aplicación. Este estilo, heredado de la Revolución Francesa, buscaba recortar el poder de los jueces, que antes podían legislar desde sus tribunales sin dar explicaciones.


Pero esta sentencia ocupó más de veinte páginas. Incluyó tres páginas y media solo para describir el contexto del caso. Los comentaristas legales la elogiaron por su "pedagogía". El diario Le Monde publicó un artículo titulado "¿Acaso no es hermoso el derecho?" celebrando la sutileza del razonamiento. La propia forma del fallo, extensa y argumentada, encarnaba el ideal democrático que defendía en su contenido.


Lo que Candea propone con su mirada lateral es precisamente esto: en lugar de comparar a Francia con "el Islam" como bloques opuestos, habría que comparar a Francia consigo misma, con sus propias tensiones internas. Y también, quizás, invitar a otros países, como los latinoamericanos, a mirar sus propias tensiones sin necesidad de encajarlas en el molde de un choque de civilizaciones.


Porque en América Latina también conviven, aunque con otros nombres, esas tres almas. La razón que busca construir espacios de debate público. El honor que se siente herido por ciertas palabras. Y la risa que quiere reírse de todo sin pedir permiso. La diferencia es que aquí esas tensiones suelen leerse en clave política local, no como un enfrentamiento entre modernidad y tradición.


La sentencia de 2007 logró, durante unas páginas, mantener estas tres fuerzas en equilibrio. Reconoció el daño potencial de las imágenes, pero lo disolvió en el contexto. Definió la sátira como herramienta democrática, pero no condenó su exceso. Validó la preocupación por el honor, pero la subordinó a las exigencias del debate público. Por un momento, las tres almas de la libertad de expresión hablaron al unísono.


Fuera de los tribunales, sin embargo, siguen tirando cada una en direcciones opuestas.


¿Y tú... en cuál de estas tres almas te reconoces más cuando alguien dice algo que te molesta profundamente?


Si esta nota te hizo pensar en alguien con quien has discutido sobre estos temas, compártela. Tal vez descubran que no están tan lejos el uno del otro.


Fuente: Candea, M. (2025). French Law, Danish Cartoons, and the Anthropology of Free Speech. Comparative Studies in Society and History, 1-32. doi:10.1017/S0010417524000252


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