Madres trabajadoras entre México y Canadá: el costo de la distancia en el programa agrícola

Tres mujeres migrantes comparten su experiencia al dejar a sus hijos para trabajar en las granjas canadienses

Vicky, Betty y Letty cruzan la frontera cada año para trabajar, mientras sus hijos crecen esperando su regreso.

Por Redacción Nota Antropológica 

La casa se siente distinta cuando regresan. Los hijos han crecido, aprendieron a caminar o dijeron sus primeras palabras sin que sus madres estuvieran presentes. Hay juguetes nuevos, ropa comprada con el dinero ganado en Canadá, pero también hay una distancia que no se mide en kilómetros. Esa distancia se instala en la mirada de los niños cuando ven a su madre llegar después de ocho meses de ausencia.


Vicky, Betty y Letty forman parte del Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales entre México y Canadá, un acuerdo bilateral que desde 1974 permite a personas del campo laborar en la agroindustria canadiense mediante contratos que van de tres a doce meses por año. Ellas son tres de las 613 mujeres que en 2023 participaron en este programa, una cifra pequeña si se compara con los 25 mil 426 hombres inscritos. Las mujeres no fueron admitidas en este esquema hasta 1989 y hoy representan apenas el 4 por ciento del total de trabajadores.


La investigadora Alejandra Moreno Durán, de la Universidad Autónoma de Querétaro, analizó los testimonios de estas tres mujeres en el documental Migranta con M de mamá, dirigido por el cineasta y antropólogo Aaraón Díaz Mendiburo en 2020. El filme recoge las historias de Vicky Meneses, Betty Perea y Letty Martínez, quienes comparten su experiencia al maternar desde la distancia mientras enfrentan las condiciones de vida y trabajo en las granjas canadienses.


Para ellas, participar en el programa representa una oportunidad económica. Los ingresos obtenidos en Canadá permiten mantener sus hogares en México y proveer de cuidados materiales a sus hijas e hijos. Sin embargo, esta posibilidad tiene un costo que se paga en ausencias, fechas importantes perdidas y la reorganización completa de la vida familiar.


Cuando los niños estaban pequeños, Vicky los dejaba al cuidado de su hermana mayor. Ella siempre estuvo presente, los atendió, los vio crecer. Pero Vicky escuchaba una y otra vez la misma frase: no es lo mismo que estés tú y que les des un beso, porque yo solo soy su tía. Con el tiempo, al regresar a casa, Vicky notó que para sus hijos ella prácticamente no existía. La hacían a un lado a pesar de estar ahí.


Betty enfrenta una situación similar. Sus hijos le han dicho que ellos son los únicos que se quedan sin mamá entre todos sus hermanos y hermanas. Puede compensarles con cosas materiales, pero cuando ellos necesitan apoyo emocional, ella no está. Se sienten abandonados, solos, tristes. Son impactos que no se borran con regalos.


El caso de Letty es aún más complejo. Su hija de tres años ha pasado la mayor parte de su vida en manos de otras personas. Letty se perdió cuando la niña empezó a caminar, escuchó de lejos que sus primeras palabras fueron para otra persona. La pequeña vive entre dos casas, dos cuidadoras, dos mamás: mamá Betty y mamá Chave, su abuelita. Cuando Letty regresa a México, su hija la ve como una extraña. No forma parte de su entorno ni de su vida diaria.


La investigadora Moreno Durán explica en su trabajo que estos testimonios muestran cómo la participación de las mujeres en el programa responde a transformaciones sociales en sus comunidades de origen. Los roles de género tradicionales han cambiado, pero las estructuras de apoyo no se han modificado al mismo ritmo. Ellas continúan siendo las principales responsables del hogar y el cuidado infantil, incluso cuando trabajan a miles de kilómetros de distancia.


El documental también permite conocer otras dimensiones de la experiencia de estas mujeres en Canadá. Letty recuerda cuando trabajaba bajo la lluvia sin impermeable, con ropa de manga larga y botas de hule, sintiéndose como los trabajadores que en su pueblo llaman Tlamangas, esos hombres que van al campo con ropa rasgada y sucia y reciben un pago miserable. Ella estaba embarazada en ese tiempo.


Betty habla de lo que ocurre cuando una trabajadora queda embarazada. Platicó con otras señoras que han pasado por la misma situación y todas hacen lo mismo: ocultan su embarazo. No toman vitaminas, no van al médico, nadie las revisa. Los empleadores no quieren problemas, no quieren lidiar con seguros médicos ni correr el riesgo de que una trabajadora tenga un accidente en la granja. Mejor no quieren a mujeres embarazadas y ya, se acaba el problema.


Letty reflexiona sobre lo que significa guardar silencio para conservar el empleo. Hace a un lado sus emociones, sus necesidades de afecto, la posibilidad de tener una pareja. Sus necesidades sexuales las esconde, las guarda, se somete a lo que los empleadores dicen por miedo a perder el trabajo. Esta situación la enferma, la pone de mal humor, la estresa. Se encierra en su propio mundo, en su cascarón, porque ser social o tener pareja es visto casi como un pecado.


El director del documental, Aaraón Díaz Mendiburo, conoció a estas mujeres a lo largo de varios años. A Vicky la encontró a través de su familia en Puebla, cuando acompañaba a una antropóloga canadiense que investigaba sobre la salud de los trabajadores. A Betty se la presentó una amiga en un partido de fútbol. A Letty la conoció en un supermercado en Canadá, al salir de hacer compras. Con algunas de ellas mantiene un vínculo de casi veinte años, una amistad que permitió que los testimonios fluyeran con confianza frente a la cámara.


La investigadora Moreno Durán sostiene en su análisis que el cine etnográfico funciona como una plataforma que amplifica las voces de quienes suelen quedar fuera del debate público. En este caso, Vicky, Betty y Letty aparecen en las pantallas contando su propia historia, sin intermediarios que hablen por ellas. Sus palabras llegan a más personas que los informes oficiales o los estudios académicos, y generan una conexión distinta con quienes ven el documental.


Las imágenes muestran lo que los boletines de las secretarías de gobierno no registran. La vida cotidiana en las granjas, las llamadas telefónicas con los hijos que se quedaron en México, las fotos guardadas en el teléfono, el frío, la soledad, las pequeñas victorias y las pérdidas que no tienen reparación.


La historia de estas tres mujeres no es única. Cada año cientos de madres mexicanas viajan a Canadá para trabajar en los campos de cultivo. Dejan atrás a sus familias con la esperanza de darles una vida mejor. El dinero que envían paga la escuela, la comida, la ropa. Pero también hay un costo que no aparece en las cifras oficiales.


Cuando los hijos crecen y miran a su madre, a veces ven a una extraña. Cuando las madres regresan y buscan el abrazo de sus niños, a veces encuentran distancia. Cuando las familias se reúnen después de meses separadas, tienen que aprender a conocerse de nuevo.


Vicky lo dice claramente en el documental. Puede darles cosas materiales a sus hijos, pero lo emocional no está. Cuando ellos necesitan un apapacho o incluso un regaño, ella no puede estar. Las graduaciones, los cumpleaños, las noches de enfermedad, todo eso ocurre sin su presencia.


Betty lo expresa con otras palabras. Sus hijos le han dicho que cambiarían todo lo que ella les ha dado por un abrazo, por un regaño, por tenerla cerca el día de su graduación. Lo material no reemplaza lo que se pierde en la distancia.


Letty ve crecer a su hija a través de fotografías y videollamadas. La niña tiene dos mamás ahora, dos casas, dos vidas. Cuando Letty regresa, tiene que ganarse de nuevo un lugar que nunca debió perder.


El programa entre México y Canadá cumple cinco décadas de operación. Durante este tiempo, miles de familias han dependido de los ingresos generados en las granjas canadienses. Las mujeres llegaron tarde a este esquema, pero hoy son parte de él y enfrentan condiciones que no fueron diseñadas pensando en ellas.


La investigadora Moreno Durán concluye en su trabajo que la aparición de Vicky, Betty y Letty en el documental representa un ejercicio de palabra pública. Ellas hablan, cuentan su experiencia, muestran su vida. Con ello se convierten en algo más que trabajadoras en un programa temporal. Son mujeres con nombre propio, con historia, con una voz que decide alzarse para contar lo que ocurre cuando la necesidad obliga a madres e hijos a vivir separados por una frontera.


El documental Migranta con M de mamá se ha proyectado en distintos espacios, incluyendo la Cineteca Nacional en la Ciudad de México. Las imágenes han llegado a donde los informes académicos no alcanzan. Las palabras de Vicky, Betty y Letty han tocado a personas que quizá nunca habían pensado en lo que significa trabajar lejos de los hijos para darles una vida mejor.


El documental del que habla esta investigación, Migranta con M de mamá, está disponible en YouTube y puede verse de forma gratuita. Fue realizado por el doctor Aaraón Díaz Mendiburo, investigador del Centro de Investigaciones sobre América del Norte de la UNAM, y se comparte a través del canal de UNAM Canadá. En él, Vicky, Betty y Letty abren su corazón para contar lo que significa ser mujer, madre y trabajadora migrante en un programa que las lleva lejos de casa cada temporada.


A lo largo de una hora de material, las protagonistas muestran las grietas que la distancia deja en sus familias. Hablan de los hijos que crecen con otras personas, de las fechas importantes que se pierden, del costo emocional de mantener un hogar desde el otro lado del continente. Para quienes vivimos en México sin experimentar la migración de cerca, escuchar sus voces ayuda a entender que lo que para algunos es una realidad lejana, para otros es el pan de cada día: la necesidad de irse para que la familia pueda comer.




¿Y tú... has pensado alguna vez en lo que significa para una madre tener que elegir entre estar con sus hijos y poder mantenerlos?


Si esta historia te pareció importante, compártela con alguien que necesite conocer lo que ocurre detrás de las frutas y verduras que llegan a nuestra mesa. Los comentarios están abiertos para quienes quieran contar su propia experiencia o reflexionar sobre este tema. 


Fuente

Moreno Durán, A. (2026). Mujeres jornaleras agrícolas migrantes entre México y Canadá: empoderamiento desde el cine etnográfico femenino. Revista Tlatelolco: democracia democratizante y cambio social, 4(2), 44-61.



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