Árboles o personas: el dilema que el cambio climático impone en un barrio de Nueva York

 

Lo que parecía una discusión técnica sobre infraestructura climática terminó siendo el espejo de una ciudad que nunca resolvió sus fracturas. Este collage es un fragmento visual de esa historia.

Una comunidad se fractura cuando la urgencia de protegerse del agua enfrenta a vecinos de distintas clases y orígenes

Por Redacción Nota Antropológica 

En cualquier ciudad del mundo, un parque es un parque. Un lugar para caminar, para que los niños jueguen, para respirar entre tanto cemento. Pero cuando el agua sube y las tormentas golpean con más fuerza, ese mismo parque puede convertirse en el centro de una batalla que no es solo sobre árboles y concreto, sino sobre quién merece ser protegido.

En el Lower East Side de Manhattan, esa batalla lleva años librándose. La antropóloga Naomi Schiller documentó entre 2018 y 2021 cómo un proyecto multimillonario para construir un muro contra inundaciones terminó dividiendo a un vecindario que parecía tener un enemigo común: las decisiones autoritarias de sus gobernantes.

La historia comienza después del huracán Sandy, que en 2012 arrasó con esta zona de Nueva York. Las autoridades, junto con organizaciones vecinales, diseñaron un plan para proteger la costa. Durante casi cinco años, los residentes participaron en reuniones, revisaron bocetos y dieron su opinión. Todo parecía encaminado.

Pero en octubre de 2018, el entonces alcalde Bill de Blasio cambió el plan sin consultar a nadie. La nueva propuesta era radical: destruir por completo el parque East River, un pulmón verde de más de cincuenta hectáreas con mil árboles, para levantar sobre ese terreno un dique cubierto de tierra. El costo: mil quinientos millones de dólares.

Al principio, la indignación unió al vecindario. En una asamblea realizada en diciembre de ese año, un líder comunitario latino tomó el micrófono y dijo: "Esta comunidad está acostumbrada a que le mientan". El público, integrado por vecinos blancos, negros, asiáticos y latinos, estalló en aplausos. Por un momento, todos estaban del mismo lado.

Pero esa unidad duró poco.

Pronto surgieron dos posturas irreconciliables. Por un lado, los vecinos blancos de clase media que vivían en viviendas privadas lanzaron la campaña "Salvemos el parque". Para ellos, los árboles, la biodiversidad y los espacios verdes no eran negociables. Por el otro, los líderes latinos y negros de los conjuntos habitacionales públicos respaldaron el nuevo plan. Necesitaban protección contra las inundaciones, explicaron. Preferían el diseño original, sí, pero no podían arriesgarse a que otra tormenta sirviera como excusa para abandonar las viviendas públicas, tal como ocurrió en Nueva Orleans tras el huracán Katrina.

El enfrentamiento se resumió en una frase que se volvió bandera: "Personas antes que árboles".

Para entender por qué esta frase partió al vecindario, hay que mirar hacia atrás. Schiller reconstruye cómo décadas de políticas de vivienda moldearon el Lower East Side. En las décadas de 1940 y 1950, mientras los veteranos blancos de la Segunda Guerra Mundial accedían a viviendas subsidiadas y luego se mudaban a suburbios con créditos hipotecarios garantizados, los puertorriqueños y afroamericanos eran confinados a los conjuntos habitacionales públicos que luego serían abandonados por el estado. Las cooperativas privadas construidas con dinero público mantuvieron una selección de inquilinos casi exclusivamente blanca hasta que una demanda judicial en 1977 demostró su patrón de discriminación. Años después, esas cooperativas se privatizaron y multiplicaron su valor, transfiriendo riqueza mayoritariamente a familias blancas.

Así, cuando el cambio climático obligó a decidir cómo proteger el barrio, los residentes se encontraron divididos por una geografía de la desigualdad que no fue producto del azar, sino de decisiones estatales sistemáticas.

En medio del conflicto, los vecinos blancos de clase media intentaron procesar su lugar en esta historia. Henry, un hombre blanco de sesenta y tantos años que se mudó a una cooperativa en 2004, recordaba haber creído que el racismo era cosa del pasado después de las luchas por derechos civiles. Pero la emergencia del movimiento Black Lives Matter y el ascenso de Donald Trump lo llevaron a cuestionarse. "Supongo que soy este elitista blanco que solo piensa en lo suyo", reflexionó en una conversación.

Las tensiones se trasladaron también a los espacios de organización vecinal. En una reunión de un grupo recién formado, Tara, una mujer afroamericana de clase media, señaló que el equipo era "muy blanco". Henry le preguntó qué podían hacer para atraer a residentes de las viviendas públicas y si ella podía traer a "su gente". Tara rechazó la solicitud con una pregunta que resonó en la sala: "¿Tengo que educar continuamente a los blancos?".

Clara, una mujer blanca de treinta y tantos años, intentó llevar el debate hacia una comprensión más amplia. "Imagínense un grupo de ambientalistas blancos apareciendo en una manifestación de Black Lives Matter con carteles que digan 'Las vidas de los árboles importan'", dijo en una reunión. "Eso es lo que esto puede parecer para algunas personas". Pero no todos aceptaron ese marco. Algunos vecinos blancos insistieron en que hablar de racismo era una táctica divisiva impulsada por los propios funcionarios. Sarah, una mujer blanca de setenta años que había visto multiplicarse el valor de su apartamento tras la privatización de su cooperativa, respondió: "¿Y mis necesidades? ¿Acaso yo no importo aquí?".

Mientras tanto, los líderes de las viviendas públicas redoblaban su respaldo al proyecto. En una manifestación, Tara tomó la palabra frente a un grupo reunido en el conjunto habitacional Jacob Riis. "El racismo ambiental tiene raíces en cuatrocientos años de políticas racistas que deliberadamente intentan mantenernos en malas viviendas, en barrios y escuelas sin apoyo", dijo. "Y dicen que saben lo que es mejor para nosotros. No lo saben. Nunca han pisado los proyectos".

Su análisis apuntaba a un sistema de opresión que va más allá del aire que se respira o los árboles que se talan. Pero su exigencia se concentró en un punto concreto: que se construyera ya el proyecto de protección contra inundaciones. Ni ella ni los vecinos blancos que se oponían conectaron sus luchas con el sistema económico que, en última instancia, determina quién vive junto al agua y quién queda desprotegido.

El proyecto East Side Coastal Resiliency sigue adelante. Las máquinas ya están en marcha. Pero la fractura en el barrio quedó expuesta. Lo que parecía una decisión técnica sobre infraestructura climática terminó siendo el espejo de décadas de desigualdad construida ladrillo por ladrillo, política por política.

¿Y tú? ¿Qué crees que ocurre en tu ciudad cuando las decisiones sobre el territorio enfrentan a unos vecinos contra otros? Si esta historia te hizo pensar en tu propio barrio, compártela con alguien con quien suelas debatir estos temas. Vale la pena seguir la conversación.


Fuente: Schiller, N. (2023). Trees versus People: Urban Climate Adaptation and Popular Politics on New York’s Lower East Side. Annals of the American Association of Geographers.



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