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| Clifford Geertz, el antropólogo que defendió la mirada interpretativa frente a las grandes metanarrativas, en su oficina de Princeton. Foto: 1984, autor desconocido. |
El antropólogo que desafió las grandes explicaciones y defendió la experiencia de campo como un viaje que transforma para siempre.
PRINCETON, NUEVA JERSEY. La oficina de Clifford Geertz en el Institute for Advanced Study tiene amplios ventanales. Afuera, los bosques. Adentro, décadas de trabajo en Bali, Java y Marruecos condensadas en libros que cambiaron la antropología. En 1973 publicó La interpretación de las culturas. No imaginó entonces la discusión que sus ideas desatarían. Criticado por unos, celebrado por otros, Geertz construyó una manera propia de entender la cultura como un entramado de significados. No una receta. No un sistema cerrado. Más bien una invitación a leer lo ajeno sin pretender agotarlo.
En noviembre de 1992, los antropólogos Silvia M. Hirsch y Pablo G. Wright lo entrevistaron en Princeton. Querían conocer su formación intelectual, sus reflexiones sobre el trabajo de campo y su opinión frente a las críticas que su obra había recibido. Geertz respondió con la tranquilad de quien ha pasado más tiempo observando que dictando cátedra. Y en sus palabras quedó retratado un modo de hacer antropología que sigue siendo objeto de conversación.
Su formación fue, desde el principio, atípica. No estudió antropología en la universidad. Se graduó en filosofía y en inglés en Antioch College. Luego un amigo le habló de un programa nuevo en Harvard: Relaciones Sociales, una combinación inusual en Estados Unidos que mezclaba antropología con psicología clínica, psicología social y sociología. “En Harvard también había un departamento de antropología tradicional”, contó Geertz en la entrevista, “pero yo aprendí mucha sociología y psicología social”. Esa mezcla marcó su mirada. Cuando más tarde llegó a la Universidad de Chicago, empezó a generar sus propias ideas sobre la dirección que debía tomar la antropología.
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| CLIFFORD GEERTZ" [EH KARTANEGARA/ TEMPO; 28B/77/84; 990407]; Fotógrafo © 1984 E. H. Kartanegara |
El trabajo de campo fue su laboratorio y su escuela. Su primera experiencia en Java, en 1951, formó parte de un proyecto organizado por Harvard y el MIT. Vivió dos años en la casa de un trabajador ferroviario. Aprendió indonesio y javanés. Su objetivo inicial era estudiar el equivalente a la ética protestante en el sudeste asiático, pero el camino lo llevó a otros intereses. “Creo que dada mi formación sociológica y psicológica tuve un acercamiento más cualitativo al trabajo de campo”, explicó. Esa inmersión en la vida cotidiana de las personas se convirtió en el sello de su método.
Cuando Hirsch y Wright le preguntaron si hacer trabajo de campo en otra cultura seguía siendo importante para la antropología, Geertz no dudó. “Considero que es tremendamente importante”, respondió. No por lealtad a una tradición académica, sino porque la experiencia transforma. “Es tremendamente importante insertarse y ver una forma de vida diferente de la propia, porque eso ofrece una perspectiva intelectual”. Añadió una idea que condensa su postura: “La experiencia del trabajo de campo cambia quién eres y qué eres, y es algo que constituye a la antropología”. Para él, la etnografía no ha muerto. Está viva y puede hacerse en aldeas remotas o en barrios urbanos. “La antropología urbana no tiene que ser una antropología de fin de semana”, dijo con ironía.
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| Clifford Geertz (de rodillas a la izquierda), seminario sobre 'El significado en la antropología', 1974, en la Escuela de Investigación Americana, Santa Fe, Nuevo México. |
A lo largo de la entrevista, Geertz se mostró escéptico frente a las grandes explicaciones. Cuando le preguntaron por el debate sobre el fin de las metanarrativas, fue directo. “Nunca produje una”, afirmó. Y añadió: “Soy muy escéptico de las metanarrativas, yo sólo quiero narrativas por lo menos, y nada más que de un modo tentativo metanarrativas”. Citó a Isaiah Berlin y Karl Popper como antecedentes de esa crítica. Su formación filosófica, influida por el pragmatismo de Dewey y por Wittgenstein, lo alejó desde temprano de los sistemas totalizadores. “Si crees en Wittgenstein, no crees en las metanarrativas”, sentenció.
Esa desconfianza hacia las explicaciones únicas lo llevó también a rechazar la idea de hegemonía dentro de la antropología. “No creo que alguna corriente de pensamiento o escuela, sea simbólica, interpretativa, economía política o posmodernismo, pueda ser hegemónica”, sostuvo. Recordó los tiempos de Kroeber, Boas o Malinowski, figuras que dominaron el campo. “Eso ha pasado. No hay nadie así ahora”, dijo. Y se incluyó en esa lista. “Definitivamente tampoco yo”. Su posición era clara: la fragmentación y la pluralidad de perspectivas son la condición actual de las ciencias sociales. “A mí me gusta que haya un campo diferenciado. Soy un zorro y no un erizo”, dijo, recuperando la metáfora de Berlin.
Frente al posmodernismo, Geertz mantuvo una postura ambivalente. Reconoció que la corriente había planteado preguntas serias sobre el método antropológico y la autoría etnográfica. Valoró el trabajo de James Clifford. Pero también mostró reservas. “No creo que el posmodernismo sea una actividad continuada que tenga mucho futuro porque es tan crítico, tan escéptico que es difícil saber cómo se va a sostener en el tiempo”, señaló. Añadió una observación sobre los estudiantes: “No creo que sea una buena idea para los estudiantes empezar por el final de la historia, porque lo torna a uno tan escéptico antes de empezar que uno no se compromete en absoluto”.
La entrevista también abordó las críticas que señalaban una supuesta falta de atención al poder y la historia en su obra. Geertz rechazó el señalamiento. “Escribí un libro sobre el Estado balinés durante el siglo XIX, que es sobre la construcción del poder; una historia social de un pueblo de Indonesia, que es sobre política y la formación de grupos. Gran parte de mi trabajo tiene que ver con poder y política”, enumeró. Y aclaró: “Lo que ocurre es que no les gusta lo que digo sobre esos temas, pero para mí no tiene sentido que me digan que no me ocupo de ellos”.
Cuando Hirsch y Wright le preguntaron sobre su relación con la fenomenología y la hermenéutica, Geertz se definió sin encasillarse. “Nunca estoy de acuerdo con las clasificaciones que se le dan a mi obra”, dijo con una sonrisa. Reconoció la influencia de Merleau-Ponty y Schutz, pero se ubicó en otra tradición. “Pienso que entro más en la tradición interpretativa que viene de Gadamer, Charles Taylor, Ricoeur. Esa es la tradición de la cual me considero parte”. Y agregó, con su característico humor: “Si voy a ser miembro de algún club, probablemente sería de ése, no estoy dispuesto a ser parte de ninguno, pero ése es el que mejor me acomodaría”.
Al final de la conversación, Geertz habló del libro que estaba escribiendo entonces: After the Fact. Un título con doble sentido. Tras el hecho, pero también después de que la noción de hecho ha sido puesta en cuestión. En sus páginas intentaba reunir cuatro décadas de trabajo en Marruecos e Indonesia. No era una autobiografía, aclaró, sino un intento de situarse en el texto. De mostrar cómo llegó hasta donde estaba.
¿Y tú? ¿Qué lugar ocupas en la historia que cuentas sobre ti mismo?
Fuente: Hirsch, Silvia M. y Wright, Pablo G. “De Bali al posmodernismo: una entrevista con Clifford Geertz”. Revista de Antropología, pp. 120-126.



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