Byung-Chul Han lo advirtió: no estás fallando, estás viviendo bajo una presión constante

Byung-Chul Han. El pensador de la sociedad del rendimiento y sus claroscuros. 


La presión por rendir, por optimizar cada minuto, por ser tu propia mejor versión, terminó enfermándonos de una manera muy particular. Un filósofo lo explicó hace años.

Por Redacción Nota Antropológica 

Pues bien. Resulta que no es tu culpa. O al menos no es solo tuya. Hay alguien que lleva años diciéndolo: Byung-Chul Han, un filósofo surcoreano que vive en Alemania, escribió hace tiempo un libro pequeño pero con una idea enorme. Se titula La sociedad del cansancio y lo que dice, básicamente, es que no estás fallando, estás viviendo bajo una presión que nadie te puso encima, pero que todos sentimos.

Veras, antes —dice Han— vivíamos en una sociedad disciplinaria. Había reglas, castigos, un “no” por todas partes. La autoridad te decía qué hacer. Pero hoy… hoy el mandato cambió. Ya no te dicen “no puedes”. Te dicen “sí puedes”. Te dicen “tú puedes” y la verdad es que eso suena bonito, ¿no? Suena a libertad.

Pero Han lo pone al revés, ese “sí, tú puedes” se convierte en una obligación silenciosa, sí, por que si puedes, entonces debes. Si puedes ser mejor, más rápido, más productivo… ¿por qué no lo estás siendo? ¿Qué te pasa?

Ahí es donde empieza el problema. Porque entonces uno se convierte en su propio jefe, y a la vez también en su propio esclavo. No hay un capataz con látigo a tras de ti, pero te levantas a las seis, revisas el teléfono antes de lavarte la cara, respondes mensajes mientas desayunas, te exiges más, te comparas con otros, te empujas y cuando llegas a la noche, lo único que tienes es una especie de vacío. Mucho ruido mental y agitado a más no poder.

Imagínate a alguien que se obliga a correr todos los días, aunque le duelan las rodillas, porque si no corre “no es suficiente”. Pues así estamos con el trabajo, con las redes sociales, con las relaciones, con el aspecto físico. Corremos, corremos y cuando nos detenemos, sentimos culpa.

Han dice que la depresión, el agotamiento extremo, esa sensación de que “ya no puedo más”, no vienen de un enemigo exterior. No es un virus. No es algo que te ataca desde afuera. Es el resultado de un exceso de positividad. Demasiado estímulo. Demasiada información. Demasiada posibilidad. Todo llega, todo se acumula y el cerebro, que no tiene botón de apagado, termina colapsando.

Porque hay una diferencia enorme —y Han lo explica como nadie— entre la potencia de hacer y la potencia de no hacer. ¿Sabes cuál es la potencia de no hacer? Es poder decir “no” cuando todo te grita “sí”. Es poder mirar por la ventana sin mirar el móvil. Es poder quedarte quieto sin sentir que pierdes el tiempo.

Pero hoy eso casi no se lleva a cabo. Nos educan para reaccionar rápido, para cambiar de tarea, para estar en todo y Han lo dice claro: eso no es evolución, eso es regresión. Es lo que hacen los animales salvajes cuando están en la selva, pendientes de todo porque si no, se los comen. Nosotros no estamos en una selva —o quizá sí— pero actuamos como si en cualquier momento llegara el peligro.

Mientras tanto, el aburrimiento, ese espacio que antes nos permitía pensar, soñar, crear, se ha vuelto casi insoportable. Walter Benjamin —un pensador alemán que Han cita frecuentemente— decía que el aburrimiento es como un pájaro que incuba el huevo de la experiencia. Sin él, no hay nada nuevo. Solo reproducción de lo mismo. A más velocidad, menos novedad. 

Entonces, ¿qué hacer con este cansancio que no es solo físico?

Han encuentra una pista en el escritor Peter Handke. Handke habla de un cansancio que no separa, sino que une. Un cansancio que deja de pelear contra todo y se abre. Como cuando después de un día largo, te sientas con alguien sin necesidad de hablar, y hay paz. No es el cansancio del que ya no puede más. Es otro. Es el que te permite, por fin, soltar.

Yo pienso a veces ¿cuándo fue la última vez que estuve cansado pero tranquilo? No agitado, no frustrado. Simplemente… ahí presente.

Porque este modelo de vida nos tiene en una especie de guerra interna. Uno contra uno mismo y en esa guerra, el depresivo no es un débil es un soldado herido en combate contra su propia exigencia.

Ahora que sabes esto por qué no cierras los ojos un segundo, o no los cierres, pero haz una pausa. Respira. ¿Cómo estás? ¿De verdad, cómo estás?

¿Y tú… hasta cuándo vas a seguir creyendo que la respuesta es hacer más?

Si esto resonó contigo, compártelo con alguien que también necesite escuchar que no todo está colapsado. Solo está viviendo en una época que olvidó enseñar a parar.


Fuente:

Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Traducción de Arantzazu Saratxaga Arregi. Herder, 2012.


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