“La defensa del territorio también se aprende en el barrio”: Sofía Meraz, abogada y artista escénica

Sofía Meraz, abogada, artista escénica y activista comunitaria, cuyo trabajo articula la defensa jurídica, el arte y la organización barrial. Fotografía: Verónica Cruz | Cortesía Sofía Meraz. 


Entre el derecho y el arte, una reflexión sobre identidad, territorio y comunidad.

Entrevista con Sofía Meraz, Lic en Derecho | B. E. en Artes y Humanidades

En muchas ciudades latinoamericanas, el barrio no es solo un lugar donde se vive: es una forma de pertenecer al mundo. En esos espacios cotidianos —entre vendimias en la calle, vecinas conversando al atardecer y redes que se tejen sin protocolos— también se construyen resistencias silenciosas frente a procesos que amenazan con borrar la memoria colectiva de los territorios.

Desde Monterrey, Sofía Meraz, conocida en el ámbito artístico como Surum D’Lara, ha encontrado en el cruce entre el derecho, el arte y el trabajo comunitario una manera de acompañar esas luchas. Su trayectoria transita entre la defensa jurídica, la protesta artística y la organización barrial, experiencias que la han llevado a observar cómo distintas comunidades —desde la colonia Ladrillera hasta la isla de San Andrés en Colombia— comparten una misma pulsión: defender su identidad frente a las lógicas del despojo y la homogeneización.

En esta conversación para Diálogos a distancia, Meraz reflexiona sobre la vida comunitaria, el papel de las mujeres como lideresas barriales, el impacto cotidiano de la gentrificación y las formas en que el arte y el derecho pueden convertirse en herramientas complementarias para exigir justicia.

Alberto Canseco: Buenas tardes, Sofía. Antes que nada, gracias por aceptar participar en Diálogos a distancia. Para comenzar, ¿quién eres hoy como Surum D’Lara? ¿Cómo dialogan en ti Sofía Meraz, la abogada, y la artista escénica?

Sofía Meraz: Actualmente me considero madre, activista y una ferviente creyente de que el futuro puede ser mejor si logramos crear espacios comunitarios donde la paz sea la semilla de nuestras acciones.

En mí dialogan distintas dimensiones que, en realidad, están hermanadas por la cuestión social. Por un lado, lo jurídico como ciencia social; por otro, las artes como expresión profundamente humana. Mi propia historia personal me ha hecho muy sensible a las dolencias humanas, y ahí nace también mi amor por las artes y por el cuerpo como medio de expresión, comunicación y protesta.

Ese camino fue llevándome poco a poco hacia una búsqueda que no solo tenía que ver con protestar, sino también con defender. Defender mis propios derechos y los de otras personas. Siempre he sido una persona muy empática, y creo que ese es el punto de unión entre una carrera y la otra: la necesidad de comprender a los demás y acompañar sus luchas.

A.C.: ¿Recuerdas el momento en que entendiste que el trabajo comunitario no era solamente una actividad, sino una postura de vida?

S.M.: Creo que empezó cuando reconocí mi identidad como persona de barrio. En el Nuevo León clasista de los años noventa, donde me tocó crecer, ser “de barrio” era ser alguien “naco”, alguien que no representaba el progreso ni esa idea de cultura obrera que predominaba entonces. Ser de barrio era visto como algo despreciable.

Pero conforme fui desarrollando mi identidad artística —y todo el proceso de búsqueda que eso implica, como crear un personaje, una estética, una historia— comencé a entender que mi identidad estaba profundamente ligada a mis raíces. A la colonia de mi infancia, al barrio de mi abuela.

Más adelante, en la lucha colectiva, también comprendí que la organización comunitaria es algo orgánico. Las comunidades se organizan porque forma parte de su identidad. Se hace desde el amor, muchas veces sin cuestionarlo demasiado, y termina convirtiéndose en una vivencia cotidiana.

A.C.: En tu trayectoria también mencionas tu experiencia en el gobierno de Monterrey y posteriormente tu paso por San Andrés, Colombia. ¿Cómo se dio ese tránsito?

S.M.: Cuando trabajé en el municipio de Monterrey empecé a entender realmente lo que significaba el trabajo de campo. Yo ya tenía el corazón puesto en lo comunitario, pero me faltaba la experiencia.

Ahí también se crearon redes con compañeras y compañeros extraordinarios, personas muy entregadas a la labor de generar conciencia y reconocer las redes comunitarias existentes. En ese proceso conocí a un compañero originario de Colombia que trabajó un tiempo con nosotros. Cuando regresó a su país me invitó a participar como oyente en los Diálogos por la Paz que se realizaron en la isla de San Andrés.

Para entonces ya habíamos colaborado en proyectos como el Festival de Cine de la Colombia Migrante. Creo que lo que realmente nos hermanó fue esa pasión compartida por la identidad, la defensa del territorio, la cultura y la idiosincrasia de las comunidades. También hay un vínculo histórico importante entre Colombia y México, y con todo eso en mente decidí lanzarme a la aventura de conocer otra cultura y aprender de ella.

A.C.: Durante esa experiencia, ¿hubo alguna escena o situación que haya cambiado tu manera de entender la paz y el diálogo comunitario?

S.M.: Sí. En ese programa trabajamos con los llamados Jueces de Barrio. Me impactó mucho la forma en que la gente veía a estas figuras como referentes comunitarios, y particularmente me llamó la atención que en su mayoría eran mujeres.

Recuerdo especialmente a una jueza muy activa que impulsaba constantemente programas sociales en su colonia: actividades deportivas, culturales, campañas de salud. Incluso cuando varias colonias estaban muy cercanas entre sí, los jueces se organizaban para generar convivencias entre diferentes secciones. Era muy bonito ver cómo los vecinos se conocían, se relacionaban y formaban redes.

Ahí entendí algo muy importante: que en esos espacios cotidianos germina la semilla del diálogo. Los conflictos se resolvían mediante mediación entre vecinos, y eso simbolizaba para mí la posibilidad real de construir una cultura de paz. Cuando existen redes vecinales sólidas y cordiales, la violencia encuentra límites.

A.C.: También hablas de la defensa de la identidad del barrio frente a la gentrificación. Desde tu experiencia como vecina de la colonia Ladrillera, ¿cómo se vive ese proceso en lo cotidiano?

S.M.: Es una situación complicada porque constantemente nos venden la idea de que la gentrificación es algo positivo, que representa progreso. Y muchas veces las personas más vulnerables empiezan a ceder territorio bajo ese discurso.

Hoy en día, la colonia Ladrillera, en Monterrey, está prácticamente invadida por un complejo comercial y residencial. Literalmente una calle divide “el barrio de los pobres” de las lujosas torres de apartamentos donde vive la clase más alta. Las personas que habitan esas torres suelen mirar el barrio con desprecio o miedo: dicen que es una zona fea o peligrosa.

Mientras tanto, la vida en el barrio sigue su curso entre vendimias de elote, música en las calles, perros callejeros y vecinas platicando en sus mecedoras. Esa cotidianidad es parte de nuestra identidad. Por eso muchas personas se aferran a sus casas, porque el desplazamiento silencioso es constante, casi como una infección que va ocupando las calles y reduciendo cada vez más el espacio del barrio.

Hace algunos años, como forma de presión para que la gente vendiera sus casas, comenzaron a ocurrir cortes de luz injustificados en la colonia. Las vecinas se organizaron y bloquearon la avenida Revolución, que es uno de los principales accesos a la colonia. No se movieron hasta que la Comisión Federal de Electricidad garantizó el restablecimiento del servicio. Gracias a esa acción colectiva, hoy la red eléctrica funciona con relativa normalidad.

A.C.: ¿En qué dimensiones se siente más ese impacto de la gentrificación: en el cuerpo, en la memoria, en la economía o en el arte?

S.M.: Definitivamente en la economía. La presencia del complejo residencial ha generado una brecha que obliga a los habitantes del barrio a consumir productos cada vez más caros. El estilo de vida privilegiado se filtra en la mercancía disponible en la colonia.

Antes podíamos encontrar cosas simples, accesibles. Ahora, por ejemplo, ya no solo hay “tortillas de papel”, sino también tortillas orgánicas, libres de gluten y otros productos orientados a un mercado distinto. En ocasiones esas son las únicas opciones disponibles y, por supuesto, tienen un precio mucho más alto.

También hay un impacto en el arte y en la memoria arquitectónica. Pasamos de tener casas coloridas, construidas “por cuartos” —es decir, ampliadas conforme crecía la familia— a edificios uniformes, de colores neutros, blancos o grises. La estética del barrio va siendo absorbida por la estética de las élites. Se pierde la individualidad de cada casa, de cada familia.

A.C.: En varios momentos mencionas la presencia constante de mujeres como líderes comunitarias. ¿Hay alguna figura que haya marcado particularmente tu manera de entender el liderazgo?

S.M.: Sí, sin duda mi madre. Siempre la he visto como una mujer muy fuerte y muy comprometida.

Recuerdo que cuando yo era niña participaba activamente en mesas vecinales y en asociaciones de padres de familia. Organizaba kermeses en el barrio y siempre estaba involucrada en actividades comunitarias.

Más adelante, como servidora pública, también la vi ayudando a las personas con mucha paciencia y profesionalismo. En muchas oficinas públicas uno se encuentra con actitudes déspotas o con funcionarios que tratan a la gente con aires de superioridad. Ella siempre fue lo contrario: alguien que orientaba y acompañaba.

Pero quizá lo que más me marcó fue verla trabajando con las vecinas del barrio: limpiando la plaza, recogiendo basura en los terrenos baldíos, pintando los juegos infantiles o gestionando con las autoridades municipales que se cumpliera con el alumbrado público. Todo con el objetivo de crear espacios dignos para las infancias.

A.C.: En tu práctica también se cruzan la protesta artística y la defensa jurídica. ¿Cómo dialogan esos dos lenguajes?

S.M.: Para mí las artes son un medio, una herramienta y también un agente de cambio. Existe una necesidad profunda de hacerse escuchar, de ocupar espacios —incluso aquellos reservados para ciertas élites— y colocar ahí la vida del barrio, la cotidianidad, las violencias que atravesamos.

Pero también surge una pregunta importante: ¿cómo hablar de defender derechos si no los conocemos? Ahí es donde se cruzan mis dos caminos. El derecho aporta el conocimiento y el marco para comprender qué derechos están siendo vulnerados; el arte se convierte en el medio para comunicar esa exigencia.

He participado en distintas formas de expresión: murales, iconoclasia, documentación visual y escrita, interpretación escénica, poesía en micrófonos abiertos durante manifestaciones. Todo ello tiene un fondo común: no solo defender derechos, sino exigir justicia, reivindicar identidades y garantizar que esos derechos puedan ejercerse.

A.C.: ¿Dirías entonces que el arte y el derecho son lenguajes distintos para un mismo conflicto o que en ocasiones generan tensiones entre sí?

S.M.: Yo diría que son lenguajes hermanos. Lo artístico no es ajeno a lo social, y lo jurídico tampoco.

Para mí es muy importante que una de las fuentes del derecho sea la costumbre. De ahí nacen también muchas expresiones artísticas de una comunidad, aquellas que construyen su identidad. Si ambas cosas nacen de ese mismo origen, entonces pueden servir para lo mismo: proteger, demandar, reivindicar y apropiarse de los espacios.

Nunca he sentido que estén en conflicto. Al contrario, creo que las artes y el derecho se deben a la comunidad.

A.C.: Si tuvieras que nombrar el hilo que conecta Monterrey, la colonia Ladrillera y San Andrés, ¿cuál sería?

S.M.: El sentido de pertenencia. La identidad. La necesidad de expresar que uno pertenece a una comunidad y que esa comunidad merece ser defendida.

Muchas colonias en Monterrey tienen algo propio que protegen con mucho orgullo. Las personas se organizan y exigen al gobierno que cumpla con sus funciones. Así es como se van formando colectividades de manera orgánica.

Eso fue algo que pude observar tanto en mi barrio como en muchas colonias regias, y también en San Andrés. Hay un impulso compartido por defender lo que se es.

A.C.: Finalmente, cuando se habla de “desarrollo” y “progreso” en América Latina, ¿qué te gustaría que se comprendiera mejor sobre nuestras comunidades?

S.M.: Creo que las comunidades latinas ya viven su propio desarrollo en lo comunitario. Tienen sus formas de organización, sus maneras de trabajar y de crecer.

El barrio conoce a su gente y sabe cómo pueden avanzar juntos. Cuando llegan agentes externos —ya sea la iniciativa privada, la intervención extranjera o ciertos proyectos institucionales— a decir qué es desarrollo y qué no lo es, muchas veces se ignora esa realidad.

Ese enfoque me provoca rabia y tristeza, porque suele responder a una lógica capitalista donde las comunidades se convierten en espacios de explotación económica. Además, ocurre algo muy doloroso: el borrado estético de la identidad.

Las costumbres, los colores, las expresiones culturales se van perdiendo en nombre del consumo y la productividad. Y eso duele. Las comunidades han sobrevivido durante décadas, han resistido cambios históricos y han cuidado sus redes y sus tradiciones.

Por eso creo que ningún agente externo, vestido con traje corporativo, debería venir a “desarrollar” un barrio como si fuera un terreno vacío. Los barrios ya tienen su propio desarrollo, uno que responde a su identidad y a su manera de vivir.


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