El rostro que no estaba en los evangelios


Detrás de cada imagen de Cristo se esconden siglos de arte, poder y búsqueda de sentido


Del pastor anónimo de las catacumbas al emperador de los mosaicos bizantinos, la imagen de Jesús fue moldeada por los mismos poderes que buscaban explicarlo


Los evangelios no dicen nada sobre su apariencia. Ni una palabra sobre si era alto o bajo, si su mirada era intensa o serena, si su cabello caía sobre los hombros o lo llevaba corto. Los textos que fundaron el cristianismo guardaron silencio absoluto sobre el rostro de su figura central.

Ese silencio no fue un descuido. Fue, más bien, una puerta abierta. Una invitación a que cada generación, cada cultura, cada poder que reclamara su herencia pudiera dibujarlo a su manera.

Los primeros cristianos tardaron siglos en atreverse a ponerle cara a Dios. Cuando lo hicieron, en las catacumbas de Roma durante el siglo III, no inventaron algo nuevo. Tomaron prestado. La imagen de Cristo como Buen Pastor, un joven imberbe que carga una oveja sobre los hombros, era reconocible para cualquier habitante del imperio. Los mismos raszos finos, el cabello rizado, la juventud casi femenina, aparecían en las estatuas de Apolo, de Dionisio, de Orfeo. No era un rostro. Era un código cultural.

El rostro de Cristo que los evangelios nunca describieron
Del pastor de las catacumbas al emperador de los mosaicos, así se construyó la imagen más reproducida de la historia. 


Ofelia Manzi, historiadora del arte, documenta en su cómo esta primera iconografía respondía a una necesidad concreta. El cristianismo nacía en un mundo donde la imagen era el principal vehículo de memoria. Los romanos conservaban los rostros de sus antepasados en los hogares y los de sus emperadores en los espacios públicos. Para ser reconocido, para existir en el imaginario colectivo, Cristo necesitaba vestirse con los mismos ropajes visuales que esa sociedad entendía.

Por eso los primeros retratos cristianos no fueron los de Cristo. Fueron los de Pedro y Pablo, representados en medallones conmemorativos como los que honraban a los funcionarios imperiales. La lógica era la misma. La imagen aseguraba la memoria. Y la memoria aseguraba la presencia.

Medallones con retratos de los santos Pedro y Pablo, Gesso con marcos ovalados dorados. 


Pero junto al Cristo pastor apareció otro rostro. En los sarcófagos y en los mosaicos más antiguos, también se representaba a Jesús como un maestro barbado, rodeado de sus discípulos. Era la imagen del filósofo, del sabio que transmite doctrina. En una cultura donde la enseñanza se representaba visualmente con figuras como Sócrates entre sus discípulos, este modelo resultaba tan natural como el del pastor.

Ambos rostros convivieron durante décadas. Ambos apelaban a aspectos distintos de la misma figura. El pastor hablaba de salvación, de cuidado, de cercanía. El maestro hablaba de autoridad, de conocimiento, de una nueva ley que aprender.

A la caída del Imperio Romano, Occidente entra en una profunda crisis de identidad en que tres elementos se enfrentan, se condicionan mutuamente y nunca llegarán a confundirse: lo romano, lo germano y lo cristiano.


Todo cambió con la Paz de la Iglesia.

A partir de las primeras décadas del siglo IV, con el cristianismo convertido en religión permitida primero y luego en culto oficial del imperio, la imagen de Cristo experimentó una transformación radical. El joven pastor y el sabio filósofo fueron desplazados por una figura nueva. El Cristo emperador.

Los mosaicos de Santa Pudenziana en Roma, de San Vital en Rávena, muestran ahora a un Cristo entronizado. Su vestimenta es la del dominus romano. A su alrededor, los apóstoles se disponen como cortesanos. El ábside de la iglesia se convierte en un aula regia. Las cortinas se corren para revelar la escena. Todo el aparato visual del poder imperial se traslada al cielo.

La basílica de Santa Pudenziana, con el espléndido mosaico del ábside, podría ser la iglesia cristiana más antigua de Roma. 


Manzi sostiene que esta transformación no fue casual. La eclesia, como institución, avanzaba hacia el centro del poder. Necesitaba una imagen que reflejara ese nuevo estatus y la encontró en las sacrae imagines del imperio, en los retratos de Constantino, de Teodosio, de Galerio. El soberano celestial comenzó a parecerse al soberano terrenal.

No todos los historiadores están de acuerdo. Algunos, como Thomas Mathews, sostienen que esta imagen no es una exaltación del poder imperial, sino una apología del Dios cristiano que compite visualmente con los dioses paganos. Pero la evidencia inclina la balanza. En un mundo donde los retratos de los emperadores estaban en las monedas, en los arcos de triunfo, en las plazas, resulta difícil sostener que quienes crearon la imagen de Cristo entronizado no estaban mirando ese modelo.

Lo interesante es que ambos rostros, el del joven pastor y el del emperador, no desaparecieron. Coexistieron. En San Vital de Rávena, por ejemplo, el ábside muestra al Cristo helenístico tronando sobre el orbe mientras que en el arco de acceso aparece el Pantocrátor barbado. Dos imágenes en el mismo edificio. Dos modos de entender quién era Jesús.

El mosaico de "Cristo entronado, rodeado de ángeles" en la Basílica de San Vitale en Rávena es una obra maestra del arte bizantino temprano, datada en el siglo VI. 


La teología también se fue escribiendo en ese rostro. La Constitución pastoral Gaudium et spes, uno de los textos mayores del Concilio Vaticano II, sostiene que el misterio del hombre solo se aclara en el misterio de Cristo. El investigador Eloy A. Santiago, en su análisis de este documento, subraya que la categoría central de esta antropología es la imagen de Dios. El hombre fue creado a imagen divina, pero esa imagen se deformó y Cristo, el hombre nuevo, vino a restaurarla.

Por eso el rostro de Jesús no es solo un asunto artístico. Es también un asunto antropológico. Cuando una cultura construye una imagen de Cristo, está diciendo algo sobre su propia imagen del hombre. El pastor helenístico habla de una humanidad que necesita ser conducida. El emperador bizantino habla de una humanidad que necesita ser gobernada. El Cristo sufriente de la Edad Media tardía habla de una humanidad que se reconoce en el dolor.

Juan Manuel García de Alba profundiza en esta línea al explorar la antropología del propio Jesús. Lo que encuentra es una visión del ser humano radicalmente distinta a la que después impuso la filosofía griega. Para el predicador galileo, el hombre no está compuesto de alma y cuerpo como dos piezas separadas. Es una unidad. Un todo que piensa, siente, decide. Un ser que se define por sus relaciones con Dios, con los demás, con el mundo que habita.

Esa antropología unitaria, tan ligada a la tierra y al cuerpo, contrasta con las representaciones posteriores que tendieron a espiritualizar la imagen de Jesús. Pero ambas tradiciones han navegado juntas durante siglos. La del Cristo cercano, que toca al leproso y llora ante la tumba de Lázaro. Y la del Cristo distante, que desde la cúpula de Santa Sofía juzga al mundo.

El rostro de Cristo siguió transformándose en la modernidad. Olegario González de Cardedal, en su libro sobre el tema, analiza cómo grandes pintores enfrentaron el desafío de representarlo. El Greco, en El Expolio, lo sitúa en medio del caos con una serenidad que parece no pertenecer a este mundo. Velázquez, en su Cristo en la cruz, lo eleva con una belleza clásica que casi oculta la violencia del suplicio. Grünewald, en cambio, muestra un cuerpo deformado por la tortura que resplandece con la luz de la resurrección.

El Expolio es un lienzo pintado por Doménikos Theotokópoulos, el Greco, ​ para la sacristía de la catedral de Toledo, donde continúa actualmente

Tres pintores. Tres rostros. Tres maneras de entender la relación entre lo divino y lo humano.

Pero la tradición no solo construyó imágenes para la contemplación artística. También construyó imágenes para la devoción. Las leyendas de las achirotopoietas, las imágenes no hechas por mano humana, como el Verónica o el Mandylion, buscaban legitimar un retrato auténtico. Una cara verdadera. La mística carmelitana, desde Santa Teresa hasta Teresita de Lisieux, encontró en la Santa Faz un camino de unión con Dios a través del sufrimiento. El rostro, entonces, no solo se mira. Se habita.

El arte cristiano primitivo ya había establecido esta función. Las imágenes, decían los primeros teólogos, servían para ejercitar la memoria, para la evocación simbólica, para la elevación espiritual. No eran ídolos. Eran puertas y esa función se ha mantenido a lo largo de los siglos. Cada imagen de Cristo ha sido una invitación a pasar de lo visible a lo invisible.

Sin embargo, cada imagen también ha sido una elección. Elegir un rostro es elegir una interpretación. El Cristo pastor dice algo distinto del Cristo emperador. El Cristo sereno de Velázquez dice algo distinto del Cristo torturado de Grünewald. No hay un rostro verdadero. Hay rostros que cada época, cada poder, cada sensibilidad ha considerado verdadero.

Los evangelios callaron y ese silencio permitió que el rostro de Jesús fuera siempre un espejo. Un espejo donde cada generación pudo mirarse y encontrar, no solo a Dios, sino también su propia idea de la humanidad.

¿Y tú? ¿Qué rostro llevas en la memoria cuando piensas en Jesús?

Para algunos, su imagen es la del poder y la majestad que todo lo gobierna. Para otros, la del compañero que camina junto al que sufre.

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Fuentes:



Manzi, O. (2002). La Cotidianeidad de una imagen: el rostro de Cristo. Mirabilia.

Santiago Santiago, E. A. El hombre, imagen de Dios, a la luz de Cristo. Antropología cristocéntrica de la Gaudium et spes.

García de Alba, J. M. Hacia una Antropología de Jesús.

González de Cardedal, O. (2011). El rostro de Cristo. Fundación Las Edades del Hombre.


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