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| Muebles que dividen opiniones y generaciones. La línea entre lo nuestro y lo de ellos se cruza en la sala de estar. |
Una mirada antropológica a la guerra silenciada que libramos a través de los muebles
Mary Douglas pasó gran parte de su carrera observando cómo las personas construyen su mundo a través de elecciones que parecen triviales. La antropóloga británica, fallecida en 2007, dedicó páginas enteras a descifrar el lenguaje oculto de los objetos domésticos. Su trabajo sobre el gusto en el mobiliario, recopilado en el libro Estilos de pensar, propone una idea que puede resultar incómoda: cuando alguien dice "ni muerto me dejarían ver con eso puesto" o "no tendría eso en mi casa ni que me pagaran", no está expresando una simple preferencia personal. Está mostrando su posición en un conflicto cultural.
La autora observó que nuestras reacciones más intensas no surgen ante lo que nos gusta, sino ante lo que rechazamos. Esa antipatía instantánea, esa molestia que sentimos al entrar en una casa decorada de determinada manera, es el material con el que se construyen las identidades culturales. Lo curioso es que el objeto rechazado no tiene por qué ser feo, ni estar mal hecho, ni ser barato. Su problema es otro: pertenece al grupo equivocado.
Para explicar este fenómeno, Douglas recurrió a ejemplos que cruzan siglos y continentes. En la China del siglo XII, la corte Song del norte producía delicados incensarios de porcelana blanca con ornamentación elaborada. Cuando los invasores nómadas derrocaron esa dinastía, la nueva corte establecida en el sur desarrolló un estilo distinto: cerámicas verdes de superficies lisas y formas depuradas. El cambio no respondía al cansancio de una moda. Era una decisión política. Los nuevos gobernantes necesitaban distanciarse de lo que consideraban la decadencia del régimen anterior. Su elección de objetos sencillos comunicaba que ellos eran diferentes, que no repetirían los mismos errores.
Algo similar ocurrió en la Holanda del siglo XVII. Los comerciantes protestantes habían acumulado riqueza, pero su religión les exigía moderación. ¿Cómo mostrar el éxito sin caer en la ostentación condenada por su fe? La solución fue un estilo de una sobriedad extrema: trajes negros de tejidos caros, encajes blancos inmaculados, interiores impecablemente limpios. Cada objeto comunicaba dos ideas a la vez: "tenemos dinero" y "somos virtuosos".
La investigadora señaló que los patrones del gusto siguen lógicas reconocibles incluso en contextos contemporáneos. Un estudio realizado en Chicago durante los años setenta identificó dos estilos de salas de estar claramente diferenciados. Por un lado estaba el estilo tradicional, con cortinas lisas, muebles franceses y pianos. Por otro, el moderno, con cortinas geométricas, arte abstracto y equipos de alta fidelidad. Lo interesante es que cada estilo tenía su versión para personas de ingresos altos y para personas de ingresos bajos, pero las combinaciones posibles no eran arbitrarias. Había objetos que simplemente no podían convivir en el mismo espacio. Un piano no compartía habitación con un equipo de música moderno. Las plantas en macetas competían con las enciclopedias.
Esta incompatibilidad no es estética. Es cultural. Douglas propone que existen cuatro formas estables de organización social, cada una con sus propios valores, sus propias reglas y su propia manera de entender el mundo. La cultura jerárquica, por ejemplo, valora la tradición y la formalidad. Sus objetos están diseñados para dar solemnidad a las relaciones sociales, para marcar las ocasiones especiales, para mostrar la continuidad familiar. En el extremo opuesto, la cultura igualitaria rechaza la pompa y la ostentación. Su gusto es deliberadamente sencillo, como una forma de protesta silenciosa contra el poder establecido. La cultura individualista, por su parte, necesita espacio para la innovación y desprecia lo que considera la rigidez de las tradiciones.
Entre estos mundos no hay neutralidad posible. Cada elección implica también un rechazo. Quien elige un mueble de líneas simples y colores apagados está diciendo, aunque no lo sepa, que no quiere parecerse a quienes prefieren las molduras recargadas y los tonos saturados. Quien decora su casa con objetos heredados de sus abuelos está afirmando la continuidad de una historia familiar frente a la fugacidad de las modas.
En América Latina, estas disputas culturales se expresan con matices propios. En cualquier ciudad de la región, las salas de las casas familiares suelen conservar el "comedor formal" que solo se usa en Navidad o en cumpleaños importantes. Ese espacio con vajilla guardada tras vidrieras y cubiertos que nunca se tocan no es un capricho. Es una declaración de que la familia tiene historia, tiene tradición, tiene algo que mostrar cuando llegan las visitas. La sala formal latinoamericana dice: nosotros respetamos las ocasiones especiales.
También está el caso de las réplicas de pintores famosos que adornan las paredes de innumerables hogares. La reproducción de "Las Meninas" o de "La última cena" en un comedor no busca engañar a nadie sobre su autenticidad. Busca decir que allí vive alguien que valora la cultura, que tiene vínculos con algo más grande que su propia historia. Es una forma de mostrar pertenencia a una tradición que trasciende el barrio o la ciudad.
En las zonas rurales, el contraste se hace más visible. Las casas de familias que han vivido por generaciones en un lugar suelen conservar muebles heredados, imágenes religiosas antiguas, objetos que han pasado de abuelos a nietos. En cambio, las viviendas de quienes han migrado recientemente a la ciudad suelen llenarse de muebles comprados en tiendas por departamentos, todos iguales, todos nuevos. No es que unos tengan mejor gusto que otros. Es que unos necesitan mostrar continuidad y otros necesitan mostrar que han logrado acceder a lo nuevo.
Los jóvenes que decoran sus departamentos con pósters de películas o con muebles desarmables están tomando distancia de las salas formales de sus padres. Dicen, con sus elecciones, que ellos valoran lo contemporáneo, lo desechable, lo que no ata a ninguna tradición. Y sus padres, al visitarlos, suelen sentir esa incomodidad de la que habla Douglas. No es que el departamento sea feo. Es que comunica algo que ellos no comparten.
Las decisiones sobre el mobiliario, la ropa o la comida no son entonces asuntos sin importancia. Son el espacio donde ocurre una disputa silenciosa por definir qué tipo de sociedad queremos habitar. De. Dice que la tía abuela de Douglas, Ethel, que se negaba a usar sombrero y vestía ropas hechas mano en plena era industrial, no era una persona excéntrica y aislada. Formaba parte de un movimiento más amplio que rechazaba los valores de la producción en masa y la uniformidad de la cultura burguesa. Su gusto era su forma de participar en ese movimiento.
Los historiadores del arte suelen sentirse incómodos con esta manera de abordar la estética. Prefieren hablar de la evolución de las formas, de las influencias entre artistas, de las innovaciones técnicas. Pero Douglas sostenía que esa incomodidad también es significativa. La molestia que produce pensar los objetos como señales de pertenencia cultural, como marcas de posición en un conflicto, indica que hay algo en juego que preferiríamos no reconocer.
¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez esa incomodidad al entrar en una casa decorada de manera muy distinta a la tuya? Déjame saber si te ha pasado.
Fuente: Douglas, Mary. Estilos de pensar: ensayos críticos sobre el buen gusto. Barcelona: Gedisa, 1998.

Si, hay lugares que me repugnan, especialmente los relacionados con espiritismo y brujería, siento asco por las vibras, los símbolos y energia que cargan esos objetos per se, pues no solo son estéticamente horrendos sino contrarios a mis valores espirituales, académicos y energéticos!
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