Silvia Federici y la vida cotidiana de las mujeres como punto de partida

 

Silvia Federici, pensadora feminista que analizó cómo el trabajo doméstico y las redes de cuidado sostienen la vida social y económica. 

La experiencia doméstica, la organización feminista y el trabajo comunitario en distintos países ayudaron a formular algunas de las ideas más influyentes del feminismo contemporáneo.

Por Redacción Nota Antropológica 

Las grandes teorías no siempre nacen en bibliotecas silenciosas. A veces comienzan en la cocina de una casa, en una conversación entre vecinas, en una asamblea de mujeres que comparan su día a día. Algo así ocurrió con las ideas de Silvia Federici, una pensadora que puso la vida cotidiana en el centro de la discusión sobre economía, trabajo y sociedad.

Durante décadas, gran parte del debate sobre el capitalismo se concentró en fábricas, salarios y mercados. El trabajo que ocurre dentro del hogar quedaba fuera del análisis. Cocinar, limpiar, cuidar a niñas, niños o personas enfermas parecía una actividad natural; casi invisible.

Federici comenzó a hacerse una pregunta sencilla. Si millones de personas trabajan cada día dentro de sus casas para sostener la vida familiar, ¿por qué ese esfuerzo no aparece en las cuentas de la economía?

Esa inquietud empezó a tomar forma en la década de 1970, cuando participó en círculos feministas en Estados Unidos y Europa. En reuniones comunitarias, grupos de discusión y encuentros entre mujeres apareció un tema común. Muchas compartían jornadas que no terminaban al salir del empleo remunerado. Al volver a casa iniciaba otro turno; uno que no recibía salario ni reconocimiento.

A partir de esas experiencias colectivas surgió una iniciativa internacional conocida como International Feminist Collective. Desde ese espacio se impulsó la campaña Wages for Housework, una propuesta que planteaba algo inusual para la época. Si el trabajo doméstico sostiene la economía, entonces merece ser reconocido como trabajo.

La discusión iba más allá del dinero. La campaña buscaba cambiar la forma de entender el hogar. Para muchas participantes, la familia no era solo un espacio privado. También funcionaba como un lugar donde se organizaba una parte del trabajo que mantiene en marcha a la sociedad.

La experiencia de organización feminista llevó a Federici a mirar con otros ojos el funcionamiento del sistema económico. Las tareas de cuidado, la crianza, la preparación de alimentos, el acompañamiento emocional. Actividades diarias que permiten que otras personas puedan salir a estudiar o trabajar.

Con el paso del tiempo esa observación se transformó en una idea central. El capitalismo no se sostiene únicamente en fábricas o empresas. También depende de lo que ocurre dentro de los hogares.

Años después, su mirada se amplió al viajar a África. Durante la década de 1980 trabajó como profesora en la University of Port Harcourt, en Nigeria. Allí observó cómo las comunidades organizaban la vida colectiva alrededor de la agricultura, la cooperación y redes de apoyo entre mujeres.

El contexto social estaba marcado por cambios económicos impulsados por organismos internacionales. Privatización de tierras, reducción de servicios públicos, aumento de trabajos informales. En medio de esas transformaciones, muchas comunidades mantuvieron prácticas colectivas para sostener la vida diaria.

Federici convivió con grupos feministas locales vinculados al movimiento Women in Nigeria. Las conversaciones con estas mujeres mostraban algo significativo. A pesar de las dificultades económicas, persistían formas de organización basadas en la ayuda mutua.

Huertos compartidos, redes de cuidado infantil, trabajo colectivo en la producción de alimentos. Pequeñas prácticas que permitían enfrentar cambios económicos amplios.

Estas experiencias reforzaron otra de sus ideas. El capitalismo no aparece solo como un sistema de producción. También interviene en la manera en que las comunidades usan la tierra, los recursos naturales y los espacios comunes.

Federici comenzó entonces a hablar de los bienes comunes. Territorios, recursos o prácticas colectivas que pertenecen a la comunidad en lugar de empresas privadas. La defensa de esos espacios se volvió un tema central en sus escritos.

Otra parte de su investigación la llevó hacia la historia. En su libro Caliban y La Bruja analizó los procesos de persecución contra mujeres acusadas de brujería en Europa entre los siglos XVI y XVII.

En esos juicios aparecían con frecuencia parteras, curanderas o mujeres que vivían fuera de los modelos familiares establecidos. Federici interpretó estos hechos dentro de un contexto mayor. Durante el surgimiento del capitalismo, la sociedad europea estaba reorganizando el control sobre el trabajo, la reproducción y el cuerpo de las mujeres.

El argumento planteaba una relación entre esos episodios históricos y la transformación económica de la época. Para Federici, la subordinación femenina no fue un fenómeno aislado. Formó parte de un proceso social más amplio que reorganizó la producción, la propiedad de la tierra y la vida familiar.

A partir de estas experiencias históricas, comunitarias y militantes, Federici desarrolló una idea que hoy ocupa un lugar central en los estudios feministas. La reproducción social.

El concepto se refiere a todas las actividades que permiten sostener la vida cotidiana. Cuidado de personas, alimentación, educación informal, mantenimiento del hogar. Actividades que no siempre aparecen en estadísticas económicas; sin embargo, permiten que la sociedad continúe funcionando.

Su propuesta cambió la conversación sobre economía. Si el trabajo de cuidados sostiene la vida social, entonces comprender la economía implica mirar también lo que ocurre dentro de los hogares, las comunidades y los espacios de cooperación.

Hoy sus ideas circulan en debates sobre trabajo doméstico, economía del cuidado, redes comunitarias y derechos laborales. En distintos países, movimientos feministas utilizan estos planteamientos para discutir políticas públicas relacionadas con el cuidado de la infancia, el trabajo doméstico remunerado o los sistemas de bienestar.

En ese recorrido, la teoría nunca quedó separada de la experiencia cotidiana. Las conversaciones entre mujeres, la organización colectiva, las prácticas comunitarias. Todo eso se convirtió en materia de reflexión.

Porque a veces la pregunta más importante surge en el lugar menos esperado. En la mesa del comedor, en el mercado del barrio, en la charla entre amigas que comparan sus jornadas.

Si millones de personas sostienen la vida todos los días, ¿por qué ese trabajo casi nunca aparece en el centro de la conversación?

¿Y tú habías pensado alguna vez en todo el trabajo que ocurre dentro de un hogar antes de que empiece la jornada laboral?

Si esta reflexión te hizo pensar en alguien que sostiene la vida cotidiana a tu alrededor, comparte esta nota o deja tu comentario. La conversación apenas comienza.


Referencia

Federici, S., 2004. Calibán y la bruja. Las mujeres, el cuerpo y la acumulación primitiva. New York. Autonomedia.

2 comentarios :

  1. Las mujeres somos tejido social, y ante todo cuidadoras para un mundo mejor.

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  2. Eso es verdad. Las ideas significativas a veces surgen en los lugares más comunes, y no en centros educativos. Unas mínimas observaciones en el texto: en el párrafo 5, faltan el nombre de la iniciativa y la campaña. En el 9, el nombre de la escuela (?) de Nigeria. Y en el 11, el nombre del movimiento.

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