/style La luz que los pueblos del fin del mundo llevaban en sus manos - Nota Antropológica

La luz que los pueblos del fin del mundo llevaban en sus manos

 

La luz que acompañaba a cazadores-recolectores fueguinos en sus desplazamientos, cacerías nocturnas y ceremonias, hecha con materiales del bosque austral. Imagen: generada con IA. 


Durante siglos, en el extremo austral del continente americano, hubo quienes aprendieron a domesticar el fuego de una manera muy particular. No solo lo encendían para calentarse o cocinar. También lo transportaban. Lo llevaban consigo en sus caminatas por la estepa, en sus navegaciones por los canales y en sus ceremonias más sagradas. Lo hacían mediante un objeto sencillo pero cargado de conocimiento: la antorcha.


Un equipo de investigación integrado por Carlos Bonet, Anna Franck, Antoni Palomo y Raquel Piqué se dio a la tarea de rastrear la historia de estos dispositivos entre los pueblos cazadores-recolectores de Tierra del Fuego y Patagonia. Para ello, revisaron crónicas de viajeros, relatos de misioneros y estudios etnográficos. También examinaron piezas conservadas en museos de Europa y América. Lo que encontraron es una ventana a un mundo donde el fuego no era un simple recurso, sino un compañero de vida.


En la región fueguino-patagónica, el clima es hostil. Los vientos soplan con fuerza y las temperaturas rara vez superan los siete grados. Quienes habitaron esas tierras durante milenios —los selk'nam, los yagán, los kawésqar, los haush— desarrollaron estrategias para sobrevivir en ese entorno. Y el fuego fue parte central de esas estrategias.


Los relatos etnográficos describen dos formas principales de fabricar antorchas. Una de ellas utilizaba ramas de un arbusto llamado murtilla, cuyo nombre científico es Empetrum rubrum. Las ramas se juntaban, se ataban con cuerdas trenzadas de junco y se rellenaban con pasto seco y líquenes. El resultado era un haz de unos ochenta centímetros o más, capaz de arder durante largo rato.


La otra forma empleaba corteza de árboles del género Nothofagus, como la lenga o el coihue. Con cuñas de hueso se extraían tiras de casi un metro de largo. Luego se juntaban tres de ellas, separadas por pequeñas piezas de la misma corteza para que circulara el aire, y se ataban formando un manojo. Quienes las usaban debían agitarlas de vez en cuando para mantener viva la llama.


¿Para qué servían estas antorchas? Los usos eran variados. Servían para iluminar el camino durante los desplazamientos nocturnos. Eran también un medio para trasladar el fuego de un campamento a otro, algo vital en un territorio donde encender una nueva fogata podía ser una tarea ardua. Los grupos canoeros, como los yagán y los kawésqar, mantenían el fuego encendido dentro de sus embarcaciones sobre una base de arena y césped húmedo. Al llegar a la costa, llevaban brasas o una antorcha a la choza que construían para pasar la noche.


Uno de los usos más llamativos era la caza nocturna de aves. En las oscuras noches fueguinas, los cazadores se acercaban a los acantilados donde dormían los cormoranes. Encendían sus antorchas de manera repentina. Las aves, deslumbradas, caían al agua o al suelo, donde eran capturadas. En estas cacerías podían participar hasta treinta personas entre hombres y mujeres, y obtener cientos de presas en una sola noche.


Las antorchas también tenían un lugar en las ceremonias. Durante el Hain, el ritual de iniciación masculina de los selk'nam, los participantes representaban a espíritus que aparecían de repente blandiendo antorchas encendidas. La luz danzante en la oscuridad de la choza ceremonial causaba una impación profunda en los jóvenes iniciados. Algo similar ocurría en las ceremonias de los yagán y los kawésqar.


El trabajo de los investigadores no se limitó a leer documentos. También analizaron las antorchas que aún se conservan en museos. En el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello de Punta Arenas estudiaron dos ejemplares de ramas de murtilla. En el American Museum of Natural History de Nueva York identificaron cinco fragmentos de antorchas de corteza, recolectados a principios del siglo XX por el explorador Charles Wellington Furlong. En museos de París, el Vaticano y Gotemburgo hallaron otras piezas similares.


Uno de los hallazgos más interesantes tiene que ver con la presencia de restos de murtilla en sitios arqueológicos. En el sitio Ewan, en Tierra del Fuego, aparecieron ramas, hojas y frutos carbonizados de este arbusto en una estructura que pudo ser una choza ceremonial. Los investigadores plantean que esos restos no provienen del consumo de sus frutos, sino de la quema de antorchas utilizadas durante los rituales. Esa diferencia es importante porque muestra que no se trataba de un uso doméstico cualquiera, sino de una práctica ligada a momentos especiales.


La fabricación de estas antorchas requería planificación. Había que seleccionar las ramas del grosor adecuado, trenzar las cuerdas de junco, extraer las tiras de corteza con cuidado. No era algo que se improvisara en el momento. Además, como mostró una investigación experimental, una antorcha de murtilla recién hecha no enciende bien: necesita varios días de secado antes de poder usarse. Eso implica que quienes las fabricaban debían prever su uso con antelación.


Lo que esta investigación pone de relieve es que la relación de estos pueblos con el fuego era más compleja de lo que suele pensarse. No se limitaban a encender fogones. Diseñaban dispositivos específicos para transportar la llama, para iluminar la noche, para cazar, para celebrar. Y lo hacían con un conocimiento detallado de los materiales que tenían a su alcance. Sabían qué corteza ardía mejor, qué ramas duraban más, qué líquenes ayudaban a prender el fuego.


Las antorchas fueron, en cierto sentido, una extensión de sus manos. Una forma de llevar la luz adonde la noche lo cubría todo. Una manera de mantener vivo el calor en uno de los lugares más fríos del planeta. Y también un objeto cargado de significado, capaz de transformar una reunión comunitaria en una experiencia inolvidable.


¿Y tú alguna vez has pensado en lo que significa llevar la luz contigo en medio de la oscuridad? Si esta historia te hizo mirar de otra manera el fuego que usas a diario, compártela con alguien que aprecie los conocimientos antiguos.


Fuente: Bonet, C., Franck, A., Palomo, A. y Piqué, R. (2025). Antorchas en las sociedades cazadoras-recolectoras fueguino-patagónicas. Chungara. Revista de Antropología Chilena, Vol. 57, Arqueol. y Patrim., e0325.

Publicar un comentario

Designed by OddThemes | Distributed By Gooyaabi Templates