El ocaso de los cholos: ¿qué pasó con las pandillas que dominaron las calles del Valle de México?

 


Una pandilla sobreviviente cuenta por qué ya nadie quiere pelearse por el barrio

Por Redacción Nota Antropológica 

Durante las décadas de 1990 y los primeros años del 2000, los jóvenes con ropa holgada, paliacates al cuello y cuerpos tatuados eran dueños de las esquinas en la zona metropolitana del Valle de México. Se hacían llamar cholos. Se organizaban en pandillas que llevaban nombres como México 31, Loca Tristeza Mexicana o Los Niños Locos. Controlaban territorios. Se enfrentaban a golpes, con cadenas y navajas. Su presencia era tan intensa que la televisión nacional llegó a hablar de un "tiempo de guerra de las pandillas". Las autoridades calculaban que solo en la Ciudad de México y el Estado de México existían cerca de cuatro mil agrupaciones de este tipo.

Hoy, tres décadas después, la escena es otra. Quien camina por Nezahualcóyotl, Iztapalapa o Chimalhuacán difícilmente se topa con un grupo de cholos listo para la pelea. Las pandillas no solo disminuyeron en número. También dejaron de ser un problema de seguridad pública. ¿Cómo ocurrió este cambio?

Los investigadores Ignacio Cano, Christian Ascensio y Fátima Morales, de la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidade do Estado do Rio de Janeiro, se propusieron responder esta pregunta. Para ello convivieron durante meses con integrantes de una pandilla a la que llamaron México 31, asentada en Nezahualcóyotl, uno de los municipios más densamente poblados del país. También entrevistaron a 26 policías municipales que llevaban al menos veinte años patrullando las mismas calles. El resultado es un retrato de dos miradas que, aunque distintas, coinciden en lo fundamental: las pandillas de cholos se extinguieron o se transformaron de manera radical.


Cuando cada esquina era una trinchera

Quienes vivieron aquellos años lo recuerdan como una época de violencia constante. Los pandilleros de mayor edad, ahora cercanos o pasados los cuarenta años, describen un escenario en el que cada colonia tenía su propia agrupación. Las paredes delimitaban territorios con grafitis. Cruzar al barrio equivocado podía significar una golpiza o un balazo.

"En los noventas se llamó el tiempo de la guerra de las pandillas, lo sacaron hasta en la tele", cuenta uno de los entrevistados. En ese entonces, pertenecer a un grupo como México 31 implicaba estar siempre listo para el enfrentamiento. Las peleas eran con manos, con palos, con cuchillos. Las armas de fuego comenzaron a aparecer después, pero no eran la regla.

La violencia no era instrumental. No buscaba robar ni extorsionar. Se trataba de defender un nombre, un símbolo, un territorio. Era una guerra por el honor del barrio. Y en esa guerra, muchos cayeron.


Los motivos del silencio en las calles

Los propios pandilleros ofrecen varias explicaciones sobre por qué sus grupos comenzaron a desvanecerse. La primera tiene que ver con la muerte. Cuando los enfrentamientos se volvieron demasiado letales, muchos decidieron que no valía la pena seguir. "Veías que ya llegaban y 'ay no, ya nos mataron a cinco. Ámonos'. Muchos por eso se retiraron", relata un miembro de México 31.

También mencionan la presión policial. En las últimas dos décadas, la vigilancia aumentó. Operativos como los Dispan buscaban dispersar a los jóvenes reunidos en las esquinas. La policía vecinal de Nezahualcóyotl, un modelo de proximidad reconocido a nivel nacional, comenzó a conocer de cerca a los líderes de las pandillas y a mediar en los conflictos.

Pero hay un factor que aparece una y otra vez en las conversaciones con pandilleros y también con policías: la llegada del crimen organizado. Alrededor de 2008, grupos como la Familia Michoacana comenzaron a operar en la zona oriente del Valle de México. Nezahualcóyotl, por su ubicación estratégica y su densidad poblacional, se convirtió en un territorio atractivo para el narcomenudeo.

Los carteles no llegaron a reclutar pandillas enteras, como ocurrió en otras ciudades como Ciudad Juárez. Lo que hicieron fue acercarse a los pandilleros de manera individual. Les ofrecieron dinero, armas, poder. Les propusieron un salto a "otro nivel". Para muchos, la oferta fue tentadora. Para otros, fue una imposición: una vez dentro, no había posibilidad de regresar.

"Ahí sí de que entrabas era porque entrabas o salías con las patas hacia adelante", recuerda un pandillero. El riesgo de muerte era mayor que en las guerras entre cholos. Pero también lo era la recompensa.

El cambio de estética y el fin de una era

Quienes se quedaron en la pandilla vieron cómo sus compañeros comenzaban a vestir distinto, a usar el pelo corto, a moverse en camionetas. La estética chola, con sus pantalones holgados y sus tatuajes visibles, empezó a ser vista como cosa del pasado. Las mujeres, antes atraídas por el "gangster" del barrio, ahora preferían a los jóvenes con dinero y ropa elegante.

"La morra ya te ve guango y 'pinche mariguano'", dice con resignación un pandillero de México 31. Y añade: "Yo veo que la gente lo agarra como moda y pocos lo agarramos como una cultura. Por eso siento que se fue acabando".

Los policías lo confirman. Para ellos, el declive de las pandillas también tiene que ver con un cambio generacional. Los jóvenes de ahora se reúnen en el mundo virtual. Juegan en línea. Se identifican con reguetoneros o con grupos de motonetas. Ya no hay una disputa clara por el territorio. Las peleas callejeras, cuando ocurren, son entre otros actores.

"Antes como que se marcaba el terreno, y ahora no", señala un oficial. "Los jóvenes por donde quieran, en las motos, en los carros esos".


Lo que queda del barrio

No todo desapareció. Pandillas como México 31 aún existen, pero de otra manera. Sus miembros, ahora adultos, se reúnen los fines de semana. Organizan eventos culturales. Enseñan a los más jóvenes a pintar grafitis o a reparar bicicletas. La violencia se dejó atrás. Lo que permanece es un sentido de pertenencia, una identidad que se resiste a morir.

"Ya ahorita hasta en los grupos están ellos mentándosela: 'Ya no haces nada tú por el barrio'", cuenta un pandillero. "Ya nada más están así, o sea que ya nada más es como juego de niños".

Pero para las autoridades, ese "juego de niños" es un alivio. La seguridad pública ya no tiene como prioridad a los cholos. El foco ahora está en el crimen organizado, en el narcomenudeo, en la violencia que mata con fusiles y no con cadenas.

Dos caminos, un mismo punto de partida

Los investigadores concluyen que los pandilleros de la zona metropolitana del Valle de México enfrentaron, en algún momento, una disyuntiva. Quienes optaron por alejarse encontraron en el trabajo, la familia o la paternidad un motivo para dejar atrás las peleas. Quienes decidieron continuar en el mundo delictivo dieron el salto hacia estructuras más peligrosas pero también más rentables. Entre ambos extremos, el espacio para la pandilla tradicional se fue reduciendo hasta casi desaparecer.

¿Y tú, conoces algún barrio donde todavía se junten los cholos? ¿O crees que esa imagen ya solo vive en los recuerdos de quienes crecieron en aquellos años?

Para algunos, la desaparición de las pandillas representa una victoria de la seguridad y el orden. Menos balaceras, menos jóvenes muertos por rencillas de esquina. Para otros, significa la pérdida de una forma de organización juvenil que, aunque violenta, ofrecía identidad y pertenencia en contextos de exclusión. Lo que antes era una guerra por el territorio ahora es una disputa silenciosa por no olvidar.

Si esta nota te trajo algún recuerdo o reflexión, compártela con alguien que haya crecido en aquellos años o con algún joven que hoy se pregunte quienes eran los cholos.


Fuente: Cano, I., Ascensio, C. y Morales, F. (2026). Declive de las pandillas de cholos en el Valle de México (ZMVM). Estudios Sociológicos, XLIV, publicación continua. El Colegio de México.


2 comentarios :

  1. Sin duda un cambio social de impacto

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  2. Yo soy originario de cd nezahualcoyotl viví esa etapa en la infancia y la adolescencia fueron tiempos muy diferentes a los niveles de violencia que actualmente se pueden ver en las calles antes había honor en las peleas callejeras ahora cualquiera te mata por nada actualmente tengo 39 años y una familia además de un empleo estable y en gran parte la ola de violencia del 2008 fue en gran medida lo que me orillo a encontrar en la estabilidad de una familia y un empleo la mejor salida de esa vida en las calles

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